Te odio: La reina del burdel de Londres 13
99%

13

—Emma, podemos hacer esto cualquier otro día, no hay prisa —mencionó Hugo cogiéndola de la mano.

Emma le dedicó una sonrisa sincera, sabía que él tenía razón, pero ella quería empezar su matrimonio purificada.

Al igual que las tribus africanas realizaban rituales iniciáticos para aquellos que alcanzaban la pubertad, para los que se casaban y para aquellos que abrazaban los dulces labios de la muerte. Ella también necesitaba aquel ritual.

—¿Ya lo tienes todo? —preguntó Emma.

Hugo abrió su caja de madera, frunció el ceño y asintió.

Emma también abrió su caja, en ella solo había papeles, al igual que en la de Hugo, pero cada papel encerraba un secreto de su pasado, un secreto capaz de hacer peligrar el futuro enlace con Hugo.

La idea había provenido de Martha, la antigua nodriza de Emma, la cual había sugerido que cada uno apuntara sus más oscuros secretos, los metieran en una caja y los lanzaran al Támesis.

Emma sentía curiosidad por los secretos de Hugo, pero no quería saberlos, no quería saber nada que no fuera sobre el futuro de su prometido e inminente esposo. Los secretos, al igual que el pasado, debían ser ahogados. Solo así podría emerger a la superficie un porvenir luminoso.

—¿Preparada? —preguntó Hugo alzando su caja.

Emma echó un vistazo alrededor, su elegante vestido de novia debía llamar la atención de los transeúntes, pero aquello era Londres, y la Puerta de los Traidores tenía asuntos más acuciantes que dos pipiolos a punto de desposarse.

—Estoy preparada para pasar el resto de mi vida contigo, Hugo Belrose —susurró Emma mientras se acercaba y acariciaba los labios de Hugo con los suyos.

Hugo le devolvió el beso y, acto seguido, dejó caer su caja. Emma le imitó y juntos vieron cómo el Támesis se contaminaba un poco más con los desechos humanos de los dos enamorados.

—El dichoso cura nos estará esperando —gruñó Hugo.

—¿Algún problema con los curas? —preguntó Emma.

—En absoluto —dijo Hugo con una sonrisa mientras le dedicaba una última ojeada al curso del río.

—¿Asustado por lo que te espera esta noche? —preguntó Emma mientras Hugo la abrazaba.

—La verdad es que sí, la sangre me da bastante repelús.

—Tranquilo, seré muy cuidadosa contigo, apenas notarás nada —rio Emma mientras Hugo la alzaba en brazos—. Te quiero…

—¿Ya no me odias?

—¡Mira qué eres iluso! Odiamos aquello que no podemos controlar, aquello que nos hace comportarnos como idiotas, odiamos enamorarnos…

ya que, desde en el momento que lo hacemos, nuestra vida deja de tener sentido sin la otra mitad, por eso te odiaba.

Y te sigo odiando, porque mi vida ya no tiene sentido sin ti…

y toda mi alma, mi ser, mi futuro… dependen de ti.

Odio poner mi vida en manos de otra persona, pero en eso consiste amar a alguien…

, así que, contestando a tu pregunta, te odio más que nunca.

—Yo sí que te odio —susurró Hugo.

Hugo bajó a Emma y sus labios tocaron los suyos. Durante un instante, la bruma que envolvía Londres se esfumó, permitiéndole al sol acceder a su adalid español. Fue solo una brizna de luz, pero esa chispa encendió un amor tan ardiente que ninguna lluvia podría apagar jamás.