Epílogo
—¡Papi! ¡Papi! ¡Mira qué rápido van! —exclamó el pequeño Jack Belrose.
—Sí, hijo. Este año creo que también la vamos a ganar —asintió el barbudo Hugo Belrose.
—¿Cuál fue en la que participaste tú, cariño? —preguntó Emma Belrose mientras rodeaba a su marido con el brazo.
—¿No ganaste, papi? —preguntó Jack.
—¿Quién ha dicho que no gané? Puede que perdiera la regata, pero no me importó, pues el año anterior había ganado en el juego de la vida, cuando me casé con tu madre y después, cuando naciste tú —respondió Hugo cogiendo a su hijo en brazos.
—¿Quién ganará este año? —preguntó Jack alzando su pañuelo azul oscuro.
—Oxford, por supuesto —contestó una voz femenina.
—¡Abuela! —exclamó Jack mientras se lanzaba a los brazos de Rose.
—Mi pequeño Jackie, ya tienes nueve años y vas camino de los diez, no puedo contigo, ya eres todo un hombre —dijo Rose dejando a su nieto en el suelo.
—¿Todo a su gusto, lady Belrose? —preguntó Emma.
—¡Oh, cariño! No podrías haber elegido mejor sitio, este lugar es magnífico. La villa Limes es sin duda el mejor sitio desde donde ver la competición —respondió Rose.
—Me alegro mucho de que sea de su agrado. ¡Jack! Corre, que ya les queda poco, vamos a verlo desde allí.
Emma cogió a Jack y se alejó con la excusa de ver mejor la regata.
«Esta chiquilla es más lista que el hambre», pensó Rose.
—Nunca pierdas a tu mujer, hijo. Jamás encontrarás otra igual —susurró Rose.
—Eso no hace falta que me lo digas, madre. Te recuerdo que fui yo quien la eligió.
—Sí, tú la elegiste y yo te la conseguí.
Hugo miró a su madre, luego gruñó y siguió mirando al Támesis.
—Hugo… tenemos problemas…
—Si se trata de Magda, no me interesa… Sabes que ya dejé esa vida —espetó Hugo.
Rose asintió mientras sacaba su pipa y se disponía a fumar.
—Los problemas no desaparecerán por el mero hecho de que los ignores, hijo… Al final será tu vástago el que los resuelva por ti.
—No metas a Jack en esto.
—No seré yo quien lo haga… pero si fuera necesario… le prepararé como hice contigo para que sepa valerse por sí mismo… por si algún día os pasase algo a Emma o a ti.
«Por si Magda os matase», pensó Rose.
—Me alegra saber que siempre podré contar contigo para cuidar de él —mencionó Hugo.
—Claro, hijo.
«Al fin y al cabo lleva mi sangre… al igual que tú», pensó Rose conteniendo una lágrima secreta.
—Bueno… solo quería advertirte hijo… Parece que Oxford ha vuelto a ganar otro año más —mencionó Rose viendo a Emma y a Jack acercarse.
—¡Papi! ¡Hemos ganado! —vitoreó Jack.
—Sí, hijo…, hemos vuelto a ganar… y en un futuro tú serás un remero más de Oxford.
—¿Nos vamos, cariño? —ordenó Emma en forma de pregunta.
—Sí, haríais bien, lo único que ensombrece el día de la regata, aparte de la bruma londinense, es la aglomeración final de la retirada —añadió Rose.
—Ven con nosotros, madre. No me gustaría dejarte a solas con tanta algarabía.
Rose asintió y, cogiéndose del brazo de su hijo, fue llevada hasta un coche de postas.
La barahúnda londinense alcanzaba su mayor pico en la regata anual, por lo que el bullicio era tal que no había manera de avanzar.
Cuando ya estaban cerca de su casa de Chelsea, se bajaron y siguieron andando.
Por el camino se toparon con un grupo de cinco mujeres y dos niños, ambos de la edad de Jack.
Entre las mujeres, la vestimenta de la más mayor, así como su forma de moverse, indicaban que era la líder de la manada.
Madame Belrose y madame Roux cruzaron por un momento las miradas.
No se dijeron nada, ambas sabían demasiados secretos la una de la otra, pero ninguna los había lanzado al Támesis. Las dos se odiaban, tanto como se habían llegado a amar en su juventud, un amor fraternal que se había dado la vuelta a su reverso oscuro.
Rose Fèvre no era alguien dada a dejar cabos sueltos y haría lo que hiciera falta para despejar todo atisbo de tormenta sobre su hijo y su nueva familia.
Los Roux y los Belrose estarían siempre en guerra y, al igual que Cambridge y Oxford, habría años mejores para unos y peores para otros.
Pero si algo tenía claro Rose Fèvre era que aquella guerra sería continuada por los hijos de cada familia.
Hugo y Emma habían ahogado sus secretos y ahora vivían felices en una agradable ignorancia, pero Rose se encargaría de curtir a su nieto para que, llegado el momento, fuera él quien las destripara.