12
—Hace un día magnífico, ¿verdad? —afirmó Emma mirando de soslayo a Hugo.
—Supongo que hay días en los que Londres no puede hacer otra cosa que rendirse al todopoderoso sol —dijo Hugo mirando al cielo despejado—. Aunque no puede compararse con España, allí el sol nunca deja de brillar…
—¿Las noches son también soleadas? —preguntó Emma con una pequeña risotada.
—Sí, ya que los españoles llevamos una pizca del sol incrustada en nuestro pecho. De ahí que tengamos la piel tan tostada.
Emma giró por completo su cuerpo y colocó su mano sobre el pecho de Hugo.
—Será por eso por lo que paso tanto calor desde que duermo contigo cada noche… —susurró Emma con una pícara sonrisa.
Hugo cogió la mano de Emma y la entrelazó con la suya.
Luego, con gran ternura y delicadeza, rodeó con sus dedos el brillante anillo que su prometida lucía bajo los rayos del sol.
La boda tendría lugar el diez de febrero y los médicos le habían confirmado que el hijo que esperaban nacería en septiembre.
«Mi sonrisa resplandecería, aunque hoy no hubiera salido el sol», pensó Hugo tumbado en la hierba junto a Emma.
Hugo miró a su prometida y confirmó sus sospechas: la felicidad no provenía del dinero, sino del amor; al igual que su opuesta, la tristeza, derivaba de la falta o ausencia de él.
Durante sus años en el orfanato, Hugo se había preguntado cómo habría sido nacer en una familia normal: cómo habría sido su infancia, qué le habría deparado la vida.
Ahora entendía que todo aquello no importaba.
Daba lo mismo nacer en un lugar u otro, daba igual ser rico que pobre.
El dinero, los bienes materiales, la comida lujosa, las bebidas que incrementan la sed en lugar de quitarla, el teatro, los conciertos de música, la lectura, las competiciones deportivas…
nada de aquello tenía el menor sentido si uno no estaba enamorado.
Hugo había sido un infeliz toda su vida, había conocido el grado más alto de la miseria humana y, aun así, había seguido adelante.
Su ansia de supervivencia, un anhelo animal y primitivo por no morir, le había mantenido a flote en aquella travesía que era la vida.
Pero ahora no vivía por puro instinto, ahora tenía un motivo por el que levantarse todas las mañanas.
Ahora sus sonrisas iban dirigidas a alguien, no eran falsas, vacías e inocuas.
Había mentiras, por supuesto, pero no falsos sentimientos.
Pero, al igual que todo aquello le había dado una razón para vivir, su carencia o ausencia de ello sería el detonante para su prematura muerte.
Los labios de Emma eran para él más letales que cualquier veneno, pues podrían matarlo con solo cerrarse. Los ojos de Emma eran el mayor abismo por el que podría caer. La sonrisa de Emma era la luz que hacía crecer su tallo.
Antes de conocer a Emma, Hugo hablaba sin pensar, sin miedo a las consecuencias; ahora medía cada palabra como un aduanero del muelle.
Sabía que su matrimonio con Emma no era ningún milagro, si Dios hubiera existido se habría encargado personalmente de lapidarlo de mil maneras posibles.
Había sido la mano del diablo la que había conseguido cerrar aquel acuerdo, una mano fría y añeja, cultivada en Francia, macerada en España y fermentada en Londres.
Que Rufus fuera el padre de Emma había inclinado la balanza, pero Hugo sospechaba que había muchas cosas en aquel enlace que él desconocía, aunque ya no le importaban en absoluto.
Había aprendido a no prestar atención a aquello que mermaba su felicidad.
Emma y él se amaban, se iban a casar con el beneplácito de ambas familias y, además, iban a tener un hijo.
¿Qué importaba ahora su antiguo pasado en el orfanato?
¿Qué importaba si había matado a un cura?
¿Qué importaba su antigua relación con Juana?
¿Qué importaba su trabajo en el burdel?
¿Qué importaba si se había alegrado de la muerte de Juana?
¿Qué importaba quién la hubiera matado?
¿Qué importaba el asesinato a sangre fría de William Seymour?
¿Qué importaba si después de la boda tenía órdenes de envenenar a Rufus?
Nada, nada importaba. Solo su amor por Emma.
Un amor verdadero.