11
La campana de la catedral de San Pablo volvió a repicar. Cada paso hacia el cadalso iba acompañado de otro toque.
Doce campanadas.
Doce pasos.
Doce apóstoles.
¿Acaso le estaba mandando Dios algún mensaje?
¿Era John North una aberración contra natura a los ojos del todopoderoso?
John no lo creía. Había leído las Sagradas Escrituras y discrepaba de la interpretación que la Iglesia había hecho de ellas en la sociedad.
¿Iría John al Infierno?
La inmensa multitud que se arremolinaba en la Puerta de los Deudores para ver su ejecución no debía albergar ninguna duda de que así sería.
John North era, para todos ellos y sus cortas mentes, un asesino; pero ese no era su mayor pecado.
Matar es algo que, dependiendo de por qué se haga o quién lo haga, puede convertirse en el acto más heroico y honorable de un ser humano o en el más nefando y deleznable.
No, John North no estaba siendo juzgado por los ojos de los londinenses por ser un vil asesino, sino por ser un sodomita y, según la Iglesia, iban directos al Infierno.
Pero ¿acaso estaba la Iglesia por encima de Cristo? ¿Tal era su soberbia que se creía superior al hijo de Dios? Sí, sin ninguna duda.
Si la Parusía coincidiese con el instante en el que el verdugo ajustaba la soga al cuello de John North, ¿quién iría al cielo y quién al infierno?
Cristo no vino para castigar a aquellos que se sacrificaban por amor.
¿Qué delito había cometido entonces John a ojos del Mesías? ¿Amar a un hombre? ¿Amar a un amigo? ¿Cuándo había sido el amor un pecado a ojos de aquel que se sacrificó por nosotros?
Cristo murió en la cruz, se ofreció por amor, para perdonar nuestros pecados y luego subió al empíreo. ¿No merecía lo mismo John?
En unos instantes conocería su destino y la respuesta a su pregunta.
John no quería cerrar los ojos antes de morir, ya lo haría el verdugo al recoger su cadáver, cuando la soga le hubiese arrancado el alma.
Antes tenía una última cosa que hacer. Nunca había querido ser el protagonista de nada, ni siquiera de su propia vida.
Por eso buscó con la mirada al hombre que se había convertido en el protagonista de su corazón.
Lo esperó en su celda por la noche, pero nadie apareció: era lógico.
Además, si hubiera aparecido, ¿de qué habrían hablado?
¿Le habría confesado John la verdad sobre sus sentimientos?
No, eso jamás. Si algo bueno tenía la muerte era que cristalizaba las mentiras y las convertía en leyendas; los secretos, en cambio, se esfumaban junto al alma del plano terrenal.
John tenía poco tiempo, necesitaba verlo antes de partir.
Un cruce de miradas, con eso le bastaba, pero ¿y si no estaba allí?
John había pasado la noche en vela, leyendo el periódico.
Se enteró de que William Seymour había sido asesinado, no decían nada de ningún sospechoso, pero John temía quién debía de ser el culpable.
«¿Puede que le haya pasado algo también a él? ¿Y si me está esperando en el cielo? No, en todo caso estaría en el infierno, y con gusto», pensó John.
El verdugo se dirigió hacia la palanca que abriría las puertas del cielo para John.
Entonces divisó la inconfundible boina de su conquistador español, pero este no estaba solo. Una hermosa dama estaba con él, agarrada a su brazo. Ambos sonreían e irradiaban felicidad y amor; aunque las lágrimas les bañaban sus rostros agridulces.
John cruzó su mirada primero con la dama.
Ella le debía tanto que jamás podría compensar su deuda; pero los favores que se hacen por amor son altruistas y no se pagan ni con dinero ni con otro favor, sino con honores y condecoraciones.
Sí, ella le pondría a su vástago un nombre en su honor.
Ese será su homenaje. Así cada vez que lo nombrara le recordaría a su amigo, al héroe que se sacrificó para que ella viviese la vida que tanto anhelaba.
John le sonrió: «Sé feliz y cuida de él», le dijo en un lenguaje secreto. Ella asintió, entendiendo todo.
Acto seguido, cruzó la que sería su última mirada en vida y, ¿con quién mejor que con su amor prohibido?
Allí estaba él, su amigo, su compañero, su amor. Él había acudido y, quizá, fuese consciente de los sentimientos que John profesaba por él. Sí, algo en su mirada le decía a John que tenía razón.
«Pensé que me repudiaría», pensó John.
Pero no, de ningún modo había maldad o repugnancia en aquellos ojos azules. Sino que había amor, diferente al que John sentía, pero amor, al fin y al cabo.
John se alegró por su amigo, ahora era feliz con su amada, algo que él no le podría haber dado nunca.
Al menos no en aquella sociedad ni en aquel tiempo.
Quizá llegase el día en el que Londres despejase sus nubes, en el que otro sol invadiese con su luz un nuevo mundo, un lugar donde el amor no tuviese cadenas, donde la única religión que imperase fuese la del amor.
Era en aquel mundo donde John sí podría haberle hecho feliz.
Las nubes cubrieron el cielo, la lluvia caía a raudales.
Las pequeñas gotas empapaban los ojos sin vida de John North, aunque había muerto con una enorme sonrisa en el rostro, sin derramar ninguna lágrima.
Quizá aquella lluvia se debía a que Dios lloraba al ver cómo sus hijos ejecutaban en su nombre a un hombre por el simple hecho de amar.