10
Emma le había pedido a Martha que le permitiera bajar sola. Ella había accedido sin dudarlo, aunque Emma sabía que sus padres le debían haber dado instrucciones explícitas a Martha para que, de ningún modo, Emma bajara a reunirse con los Belrose.
La señorita Remington bajaba los escalones de dos en dos, ansiosa por llegar al piso de abajo y descubrir qué estaba ocurriendo.
Su nerviosismo no era en balde, ya que en el piso inferior se debía de estar discutiendo sobre su porvenir, aunque no llegó muy lejos, ya que se topó en mitad del descenso con la madre de Hugo.
—Buenas tardes, lady Belrose… Es un placer conocerla… ¡Feliz Navidad…! —exclamó Emma con una leve reverencia.
«Pero ¿qué hago?», se preguntó la joven, sonrojada y avergonzada.
—Sí… Feliz Navidad… El placer es mutuo, señorita Remington…
Las palabras de aquella mujer provocaron que la fría temperatura de la calle penetrara en la casa.
—Yo… eh… Hugo… No deberíamos… ¿A dónde iba? —balbuceó Emma.
—La buscaba a usted. Me gustaría que tuviéramos una pequeña charla… a solas. ¿Le parece bien?
«No es una pregunta, sino una orden», pensó Emma al fijarse en los limonados ojos de aquella mujer.
—Claro, no hay ningún problema. ¿Bajamos? —sugirió Emma señalando hacia abajo.
—No, mejor subimos —contestó lady Belrose sin dudar.
Emma no tuvo otra opción que volver a subir, indicándole a la que esperaba que fuera su futura suegra que la siguiera.
—Conque aquí fue dónde perdiste la virginidad a manos de mi chiquillo —mencionó Belrose ojeando la habitación de Emma.
Emma no pudo evitar sonrojarse con aquel comentario.
—Tranquila, querida. Hugo no me ha contado nada, pero fue anoche, y aquí todavía huele a… amor.
—Señora Belrose…
—Llámame Rose.
Emma asintió.
—Rose… ¿qué desea exactamente de mí?
Rose soltó una pequeña risita que, lejos de tranquilizar a Emma, la hizo preocuparse. Luego fue husmeando cada rincón de la habitación, como si buscara algo en concreto.
—La pregunta que deberías hacerte, querida —murmuró mientras abría el cajón de la ropa interior de Emma—, es… ¿qué me puedes ofrecer a cambio de mi silencio?
Emma frunció el ceño.
—¿Perdone? No la entiendo, Rose.
—El juego de niña tonta solo funciona con los hombres, querida. —Rose cerró el cajón y siguió hurgando en diferentes lugares.
—No me estoy haciendo la tonta, es que no entiendo qué busca ni qué me quiere decir.
— Lo que busco… ya lo he encontrado, antes, cuando me dejaron a solas en el salón de tu mansión. Eres lista y hermosa, perspicaz y talentosa, ardiente en el amor, pero fría en la venganza. Me recuerdas un poco a mí… por eso tengo sentimientos contrapuestos con tu enlace con mi hijo.
—Amo a su hijo más que a mi propia vida.
—Te creo —aseveró Rose.
—¿Entonces cuál es su problema conmigo? —gruñó Emma aumentando su irritación.
—Es muy sencillo, querida —dijo Rose con un suspiro—. Londres es un monstruo capaz de engullir al más hábil de los héroes que intentan conquistarlo cada día. Mi familia lleva aquí poco tiempo y hemos hecho lo posible para sobrevivir. Ya conociste a mi hermana hace poco…
Emma asintió, recordando el encuentro con la temible mistress Roux.
—Me dedico al negocio textil para la alta sociedad y, aunque tengo varios entramados a la vez, necesitaré del apoyo y seguridad económica de los Remington.
No puedes separarte de tu familia, no puedes renegar de quién eres.
Al igual que Hugo no puede enfriar su sangre española.
Debes domar a tus padres, por vuestro bien… y el de vuestros descendientes.
Rose le dedicó una curiosa mirada al vientre de Emma.
«Es cierto que Hugo derramó su semilla en mi interior anoche…», pensó Emma dubitativa. Aunque la idea de tener un vástago de Hugo no la asustaba, al contrario, le entusiasmaba.
—Creo que empiezo a entenderla, pero se equivoca conmigo. No tengo pensado dejar a Hugo en la estacada.
—Oh, claro que tú no. Pero… ¿puedes decir lo mismo de tus padres?
Emma se mordió la lengua, sabía que no podía.
—¿Cómo sabe siquiera que van a aceptar el casamiento?
—Les amenacé con algo que tu madre teme desde hace tiempo, eso nos dará tiempo. Pero el que me preocupa es tu padre. Ya sabrás a qué dedica sus salidas nocturnas… pero lo que no sabes es que ha dejado preñada a su amada prostituta…, que, además, resulta ser mi sobrina.
Emma se tapó la boca con la palma de la mano.
«¿Cómo era posible? ¿Tan idiota era su padre para haber dejado embarazada a una ramera?», pensó, furiosa.
—¿Está usted segura?
—Completamente. Hugo puede corroborarlo, él y tu padre son… buenos amigos.
—¿Cómo dice? —preguntó Emma, sorprendida.
—Ya te lo contará mi hijo, a su debido tiempo. Lo que nos apremia ahora es actuar antes de que el idiota de tu padre os abandone y se lleve toda tu merecida herencia. Te aseguro, señorita Remington, que la malvada de mi hermana no parará hasta conseguirlo.
—¡¿Que mi padre nos va a abandonar?!
—Os va a dejar con una mano delante y otra detrás… Todo lo que ves irá para el hijo de Mary. Sí, así se llama la querida fulana de Edward Remington, una joven que tiene menos edad que su propia hija.
Emma tuvo que sentarse en la cama, no podía creerse todo lo que le estaba contando aquella mujer.
—¿Mi madre lo sabe?
—Tu madre sabe lo que necesita saber, pero no todo lo que debería saber.
—Necesito pensar…
—No hay tiempo para eso. Hoy mismo debemos formalizar el compromiso entre vosotros dos; os casaremos este mismo mes, y al poco tiempo… tus padres tendrán que… sufrir un accidente.
Emma abrió los ojos de par en par.
—¡¿Cómo ha dicho?!
—¡Oh, por favor! No me vengas con remilgos ahora, señorita Remington.
Sí, has escuchado bien. Estamos hablando de asesinar a tus padres.
Matar a tu madre será fácil, sé de buena tinta que tiene un problema con las drogas.
Tú le darás una dosis letal. Con tu padre será más complicado: debe hacerse antes de que vuelva a ir al burdel de mi hermana, déjalo en mis manos.
Emma se levantó, furiosa. Se acercó a lady Belrose y le gritó a la cara.
—¡¿Cómo se atreve a planear algo así?! ¡¿Cómo osa siquiera hablar sobre un asunto tan malévolo con tanta calma y sangre fría?! Es usted una desalmada, cruel y pérfida bruja…
—Y me lo dice la que apuñaló a sangre fría a mi hija en las callejuelas de Whitechapel…
Las palabras atravesaron la coraza que Emma había erigido alrededor de aquel recuerdo; la rompieron en mil pedazos, esparciéndolos por cada poro de su piel, provocando que un escalofrío recorriera cada fibra de su ser.
Para Emma aquel acontecimiento no había ocurrido, sino que solo existía en sus sueños, en aquellas pesadillas recurrentes que enfrentaban las personas que han arrebatado la vida de otras.
Su conciencia era capaz de olvidarse de aquel suceso de una forma oscura y peligrosa, de una que hasta la propia Emma se había asustado.
Sí, ella había asesinado a Jane Belrose en Whitechapel.
La había apuñalado por la espalda con la daga que le había sustraído a lord Remington.
John North la estaba distrayendo y Jane no lo vio venir.
William apareció de pronto, pero Emma ya se había ocultado entre las sombras; por lo que William solo vio a John sosteniendo el cuerpo sin vida de Jane: no hicieron falta más pruebas para incriminar a John.
Emma había mirado a John desde su escondite y había visto en sus ojos la palabra «huye»; y eso fue lo que hizo.
¿Sentía Emma pena por John?
Sí, pero eso no le impedía mentir: tenía mucho por lo que vivir.
—Eso es…
—No me mientas —espetó Rose agarrándola por los hombros—.
Fui yo la que te dio la dirección de dónde estaría mi hija…
Fui yo quien retrasó lo suficiente al idiota de William para que llegara más tarde…
Fue mi mente la que preparó el plan y fue tu mano la que lo ejecutó.
Somos cómplices, querida. Además, abajo, en la pequeña colección de dagas que ostenta tu padre, falta una, solo una. La misma que ensartó a Jane.
—Usted… ¿permitió el asesinato de su propia hija? —preguntó Emma, consternada.
—¿Matarías tú a tus propios padres por amor? —respondió Rose alzando una ceja.
—Yo…
—Permití que muriera por el amor que siento por Hugo. Ella le estaba haciendo la vida imposible y, además, se había aliado con mi hermana. Ya mataste una vez por amor, ¿qué te impide hacerlo de nuevo?
Emma agachó la cabeza. Rose tenía razón, nada le impedía volver a hacerlo. Nunca había sentido amor por sus padres, solo odio y resentimiento.
—¿Le va… a contar a Hugo lo que ocurrió entre Jane y yo? —preguntó entre titubeos Emma.
—No, todo lo que hablamos aquí quedará entre nosotras.
Emma, quiero que te quede claro que yo soy la que manda en esta familia…
pero que no te subestimo. Sé que por tus venas corre la sangre de una luchadora y, por tu actitud y tus acciones, sé que la mejor herencia para mi hijo es dejarlo en tus manos.
—Rose se inclinó y abrazó a Emma, para su sorpresa—.
Me hace muy feliz vuestra unión, querida. Pero debemos trabajar juntas.
Emma asintió.
—¿Cómo sabía lo de la daga? —preguntó de improvisto.
Rose sonrió, se desabotonó el abrigo y hurgó en uno de sus bolsillos internos. Al instante, sacó una daga ensangrentada, la misma que Emma había usado para apuñalar a Jane.
—Te recuerdo, querida, que tú mataste a mi hija. La policía me fue a buscar de inmediato y yo pude llegar a la escena del crimen mucho antes que mi hermana. Tengo buenos contactos entre la policía, por lo que pude quedarme con la daga sin levantar sospechas.
—Madame Roux era solo un señuelo, ¿verdad? Era usted la que dirigía toda la red de prostitución y burdeles de Londres… y que ahora quiere abandonar.
Rose sonrió y, esta vez, fue una sonrisa sincera.
—Sí, ya basta de secretos entre nosotras.
Pero es cierto que he dejado atrás ese mundo, ahora mi hermana tendrá que luchar contra madame Cole y madame Brown por el reinado de la perversión y la lujuria de Londres…
Es una mala pécora, por lo que acabará prosperando.
Pero eso ya no me atañe, ahora tengo otros asuntos que atender.
Rose abrió la puerta de la habitación y le indicó a Emma que bajara. La señorita Remington aceptó de buen grado, sabiendo que pronto se convertiría en Emma Belrose. Algo que le hacía inmensamente feliz.