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Hugo tenía la sensación de que aquello no iba a llegar a buen puerto: era una tarea imposible que los Remington dieran el visto bueno a su matrimonio con Emma, ni aun sabiendo que ambos habían yacido y que era probable que Emma pudiera estar embarazada.
Nada de eso importaba, ya que en aquellas esferas lo único relevante era el apellido.
El apellido Belrose era famoso y ahí radicaba su problema: era conocido entre la aristocracia londinense por el negocio secreto que los Belrose escondían bajo las telas y las boutiques.
Rose Belrose llamó a la puerta sin perder un ápice de su elegancia. La puerta se abrió al momento y un criado de piel tostada les dedicó una agradable sonrisa.
—¿En qué puedo ayudarles? —preguntó con una ligera inclinación.
—Dile al señor de la casa que Rose Belrose y su hijo quieren charlar con él y con su esposa —ordenó Rose con la barbilla altiva.
El criado asintió y volvió a internarse en aquella mansión lujosa en la que Hugo pretendía penetrar como si de un conquistador se tratase.
El monstruo que tenía como enemigo era un aristócrata podrido de dinero e inflado de poder, mientras que él había traído como arma secreta a su madre. Casi le daba pena el monstruo.
La puerta se volvió a abrir y esta vez apareció Evelyn Remington.
—Largo de mi casa —escupió mirando de arriba abajo a Rose.
—Encantada de conocerla, lady Remington —dijo con una voz fría Rose—. Me encantaría poder entrar a tomar el té y charlar con su señor esposo.
—¡Fuera o llamo a la policía! —exclamó Evelyn.
Hugo ya estaba perdiendo los nervios mientras que su madre mantenía la misma sonrisa y el mismo tono que al principio.
—Buena idea, Evie —dijo Rose sin desviar la mirada—. Llámela. A la policía le encantará saber que el comercio de esclavos sigue más que activo en su familia…
El rostro de Evelyn palideció.
—No sé de qué habla usted…
—Su marido tiene la lengua muy suelta… sobre todo cuando bebe…
—No se atreva…
Madame Belrose le dedicó una sonrisa a Evelyn Remington.
Ambas miradas se encontraron y, en ellas, parecía ocultarse un lenguaje secreto al mundo de los hombres.
Un idioma reservado a las mujeres. Por lo que Hugo no llegó a entender cómo Evelyn Remington asintió y les permitió la entrada, sin decir nada más, sin dar ninguna explicación.
Otro criado, igual de tostado que el primero, los llevó hasta unos divanes en los que les hicieron esperar mientras les servían té.
Hugo miraba hacia todos lados, buscando a su querida Emma, pero solo consiguió ver una ostentosa y pomposa casa decorada de forma tan estrafalaria como lo estaba la parte subterránea de su antiguo lupanar.
De forma inconsciente, Hugo metió la mano bajo su levita hasta tocar el metálico y frío revólver que ocultaba. No sabía por qué lo había llevado consigo a aquella reunión, pero se sentía más seguro sabiendo que lo tenía a mano y que, además, sabía usarlo.
—No estés tan nervioso, hijo —murmuró Rose mientras le daba pequeños sorbos a su té.
Hugo había sido incapaz de probar el suyo, no porque creyera que estuviera envenenado, sino porque odiaba el té.
—No veo a Emma por ningún lado…
—Es normal, estará maquillándose los golpes…
—¿Qué golpes? —preguntó Hugo en un tono más alto de lo que pretendía.
—Te estás volviendo tonto de tanto estudiar, hijo… Antes eras más avispado. —Rose volvió a sorber su té, haciendo ruido, como a ella le gustaba—. ¿Dónde están tus queridos suegros?
—Ni idea…
—¿Por qué no vas a buscarlos?
Hugo sabía que no era una pregunta, sino una orden.
—No conozco la casa, madre.
—Tampoco la conocías anoche, y bien que entraste por la puerta grande —apuntó Rose alzando una de sus inquisitivas cejas—. Además, en un futuro la vas a heredar…
Hugo respondió con un gran suspiro. Su bravura había quedado en la habitación de arriba, junto a Emma. Ahora era manso como un buey. Por lo que se levantó y, sin saber bien por dónde ir, se dirigió por el primer pasillo que vio.
No había rincón en aquel lugar que escapara al boato de la aristocracia londinense: numerosas y enormes pinturas adornaban las paredes.
Hugo no conocía los artistas, pero sabía que debían de tener un inconmensurable valor: dioses griegos, hermosos cuerpos desnudos, escenas religiosas, bellos paisajes, variopintas escenas con personajes trajeados y elegantes…
También había tapices egipcios, vasijas y jarrones orientales y armas de distintas procedencias.
Hugo deambuló por la enorme casa hasta que, atraído como un ciervo por el murmullo de un riachuelo, oyó unas voces que le sirvieron de brújula.
—¡Te he dicho que no puedo, Evie! —gruñía un hombre.
—No lo entiendo, Ned —chillaba entre dientes una mujer—. Ese rufián ha mancillado a tu hija y ha puesto en evidencia a nuestra familia. Va a traernos la deshonra. Seremos el hazmerreír de todo Londres… y vas tú y decides no intervenir…
—Si voy ahí te juro que lo mato… No seré capaz de contenerme…
—Bah, mentiras y más mentiras. Me estoy cansando de tus calumnias. Esa mujer te conoce… Sabe cosas nuestras que, de hacerse públicas, serían mucho peores que casar a Emma con el chico…
—Ahora eres tú la que mientes… Sé de buena tinta que tú lo que temes es que te separen de tus negruzcos amantes…
—¿Acaso piensas que soy idiota? Sé bien lo que haces por las noches, Ned… Sé a dónde vas…
Hugo puede que estuviera perdiendo facultades, pero no tantas como para no saber que se trataba de los padres de Emma.
Todavía no había conocido a lord Remington, así que no se le ocurrió mejor idea que interrumpir la conversación y presentarse como era debido.
Pero, al abrir la puerta, sus miradas se encontraron y todo cambió.
En aquel instante, Hugo se olvidó por completo de Evelyn Remington. Fijó toda su atención en lord Remington. Ahora entendía la risa de Rose, ahora entendía muchas cosas.
—Rufus… —musitó Hugo mirando al padre de Emma, el mismo con el que tantos momentos había compartido, aquel que había dejado preñada a su prima Mary y de la que estaba locamente enamorado.
Hugo ya no era un pirata intentando abordar el barco, ahora tenía el timón en sus manos y el antiguo capitán se encontraba maniatado en la bodega, con las ratas. Y ese no era otro que Rufus o, mejor dicho, Edward Remington.