8
La mejilla derecha le ardía a Emma tanto como sus muslos, la bofetada de su madre había sido certera y poderosa. Aunque más le dolía a Emma su otra mejilla, aquella que mencionaba la biblia, la cual había sido abofeteada por el reverso de la mano de su querido padre.
Lord Remington había rugido como un león cuando se había enterado de lo sucedido. Era la primera vez que había golpeado a su hija en toda su vida, la primera vez que dañaba el rostro de aquella que nació de su semilla.
Emma poseía recuerdos de su infancia en los que veía cómo Edward Remington le propinaba el mismo tipo de bofetadas cruzadas a Evelyn Remington.
¿Qué dolía más? ¿La bofetada? ¿O saber que provenía de tu propio padre?
El dolor del rostro menguaría, la sangre se secaría y la herida cicatrizaría.
Pero ¿sanaría el rencor hacia aquel que alzó la mano?
Emma estaba cansada de ser una Remington.
Harta de los caprichos de sus padres. Hastiada de tanta parafernalia, de tanto aparentar, de tanta hipocresía.
Habían llamado a la puerta inferior de su ser y, con ella, los labios divinos habían sido abiertos.
Con la primera menarquia, la mujer sufría un severo cambio, pasaba de niña a doncella.
Se convertía en una pulcra e inocente virgen que debía obedecer en todo y ser sumisa ante los mandatos de los hombres.
Pero todo aquello cambiaba una vez que Lilith penetraba en su alma.
La sangre demoníaca fluía por los muslos, impregnada de palabras sumisas y, en su cráter, ahora yacía un fluido divino, cargado de poder.
La doncella no pasaba a mujer, sino a diosa.
Alzada sobre un pedestal, no aguantaba más idioteces mundanas.
Los labios de Venus abrían las puertas al placer mientras que los de Minerva lo hacían para la guerra.
Emma se puso en pie, agotada de escuchar vulgares insultos hacia su persona.
—¡Aquí la única ramera eres tú, madre! —señaló Emma mientras apuntaba con su dedo incisivo a Evelyn.
—¡¿Cómo te atreves?! Serás desgraciada…
—¡Pídele perdón a tu madre o juro por Dios que te mato aquí mismo! —clamó su padre.
—¡Serás hipócrita! —bramó Emma mirando a su padre—. ¿Cuándo te ha importado a ti ella? Antes la golpeabas cada noche… Ahora mancillas su honor con tus aventuras nocturnas…
El golpe llegó de improvisto y, esta vez, no fue con la mano abierta.
Emma despertó al rato; estaba tumbada en la cama y tenía un paño frío en la mejilla. Martha estaba sentada a su lado, leyendo un libro.
—¿Qué ha ocurrido, Martha? —preguntó Emma mientras se tocaba la mejilla hinchada.
—¡Ay, querida! —exclamó Martha cerrando el libro y golpeando la mano de Emma para que esta no se tocara la herida—. Su señor padre perdió el control… Los criados tuvieron que sujetarlo para que parara de darle golpes…
Emma iba a decir algo, pero, al incorporarse, se dio cuenta de que sentía un gran dolor por todo el cuerpo.
—¿Qué más ocurrió? —preguntó entre quejidos.
—La golpeó en el rostro… y cuando cayó usted al suelo… siguió… le dio varias patadas en el costado y en la espalda… Su madre no intervino…
Emma asintió, no esperaba menos de sus padres.
—¿Qué harán conmigo, Martha? Me van a matar un día de estos… Me mandarán fuera… Me mandarán a un convento… Tú seguro que has escuchado algún caso parecido al mío, ¿verdad?
Martha asintió con frenesí.
—La mayoría de los jóvenes se desfloran antes del casamiento…
pero los padres suelen arreglarlo casándolos entre ellos o con algún otro de baja alcurnia que no sea tan exquisito con ese tema…
pero usted los ha ridiculizado. Si William Seymour siguiera vivo, entonces no habría problema.
Pero ahora usted es una carga para sus padres…
No la van a matar, le harán algo mucho peor…
Emma no sabía qué podía ser peor, para ella lo único peor que la muerte era perder a Hugo: eso le helaba la sangre. Si William estuviera vivo sí sería un problema, pero, por suerte, el destino estaba de su lado. No sabía los detalles exactos de la muerte de Seymour, pero tampoco le importaba.
«No pueden hacerme nada si me suicido antes», pensó, mirando por el balcón.
Martha siguió con la mirada a Emma, luego se levantó y oteó las vistas que la ventana del balcón le ofrecían.
—La caída no la mataría, señorita. Si de verdad quisiera acabar con su vida… le recomiendo veneno… es más rápido y… efectivo.
—¿Dónde voy a conseguir yo veneno, Martha?
—¿Acaso hay algo que no se pueda conseguir en los muelles de Londres, señorita? —respondió Martha sin girarse.
—Tú…
—Sin dudarlo. Estoy para servirla a usted. Yo la amamanté cuando nació. Yo la he cuidado desde el momento en que su diabólica madre la dio a luz… Yo la quiero como a una hija. Por eso, haría lo que usted me pidiera. Al igual que hice la otra noche… cuando ocurrió aquello…
—Gracias, Martha.
Martha hizo el amago de girarse, pero entonces vio algo por la ventana que atrajo su interés.
—¿Qué ocurre, Martha? —preguntó Emma levantándose a duras penas.
—Parece que Dios ha venido a salvarla, señorita.
—Ese no sirve a Dios, sino al diablo —mencionó Emma mientras sonreía al ver a Hugo bajarse del coche junto con la que debía de ser su madre.
—Ayúdame a vestirme y a maquillarme, no puedo permitir que me vean así —dijo Emma mientras se desnudaba con premura.
Martha no respondió, simplemente hizo lo que su ahijada le había pedido.