7
Hugo despertó de su magnífico sueño. Había pasado largo tiempo en el reino de Morfeo y este le había mostrado su deseo más ansiado: ver desnuda a Emma Remington. Hugo había sido bendecido con los hermosos atributos femeninos de una mujer que, incluso, le había hecho dudar de su ateísmo.
El joven estiró sus brazos mientras que, con un largo bostezo, le daba los buenos días al mundo; pero cuando sus manos se toparon con una cálida carne, se dio cuenta de que todavía seguía soñando.
A su lado yacía Emma, desnuda, con sus senos perfectos al aire; ahora entendía por qué había tanta claridad en la habitación: eran los pechos de la hermosa joven los que iluminaban la estancia; brillantes y como dos soles, aquellas estrellas alumbraron también la sonrisa de Hugo.
Como un perro que acabara de salir del río, Hugo zarandeó la cabeza: no funcionó. Emma seguía allí, igual de hermosa. Hugo se volvió a tumbar, acurrucándose junto a su compañera mientras con sus manos bordeaba las perfectas figuras geométricas. Eran reales, todo era real.
Morfeo no le había regalado un sueño, lo había hecho realidad.
Hugo comprendió entonces que acababa de perder la virginidad. Sí, había yacido cientos de veces con Juana, o al menos eso era lo que él creía.
Qué equivocado había estado todo este tiempo.
Con Juana solo había copulado. Había sentido el placer que emanaba del acto sexual entre un macho y una hembra y, como dos perros, ambos se habían dejado llevar por sus instintos en más de una ocasión. Pero a ojos de Hugo, él había sido virgen hasta aquella noche.
Al despertar, la gente suele recordar la última parte del sueño o su final, pero nunca el comienzo.
Nadie recordaba cómo había llegado a aquel estado ni qué senda había tenido que recorrer para terminar así de bien o así de mal.
El principio no interesaba, el viaje no tenía sentido, ya que en el mundo de los sueños lo más valioso era una única cosa: alcanzarlos.
No importaba si había hecho falta matar a los compañeros en la escalada o si había que haberse comido su carne para sobrevivir al frío.
No, lo único que le importaba al ser humano era alcanzar la cima.
Hugo estaba en la cúspide, y no solo la había alcanzado, sino que, además, había descubierto que preferiría morir a volver al punto de partida. No volvería al mundo de allí abajo, no volvería a vivir sin Emma Remington.
Los hombres tenían la costumbre de decir cualquier cosa para engatusar a una mujer con el fin de acostarse con ella y, en algunos momentos, sentían un deseo tan fuerte que serían capaces de matar por un beso de los labios de la propia Afrodita.
Cuando la mujer terminaba accediendo, ellos se dejaban llevar por la lujuria y el deseo irrefrenable de que su vida ya había sido completada; podrían morir allí mismo, en aquel instante, y sería una gran forma de dejar el mundo.
Pero cuando habían derramado su semilla, cuando Dionisio había abandonado sus cuerpos y los había dejado de nuevo en aquel mundo frío y material, entonces ellos perdían todo amor, todo deseo, y volvían a pensar de nuevo en ellos mismos.
Todo lo que habían hecho por la mujer que tenían enfrente se volvía estúpido y vergonzoso.
Luego se marchaban, y el ciclo se repetía una y otra vez.
Nadie le habría echado en cara a Hugo que se hubiera vestido y se hubiera largado sin decir nada.
Es más, al antiguo Hugo no le habría extrañado que una voz en su cabeza le susurrase que el objetivo ya había sido cumplido, pero Emma, con sus embestidas, había matado a aquella voz; cualquier duda sobre su futuro con una mujer de alta alcurnia había sido abrasada por los muslos de Emma.
Por eso, Hugo no podía creer que su mayor deseo en aquel momento fuese estar acurrucado junto a ella, esperar a que esta despertara y volver a besarla.
Hugo quería verla cada día de su vida, cada noche, cada momento de su existencia quería compartirlo con ella.
Él también había sido desterrado, como Romeo, pero no de Verona, sino del mundo de los tristes, de los amargados, de los infelices.
Ahora el amor guiaba su corazón, ya no se regía por la razón.
¿Qué harían los Capuleto cuando lo vieran allí metido? ¿Cómo reaccionarían los Remington? A Hugo le daba igual. No le importaba que la madre de Emma entrara por la puerta o que el padre desenfundase una espada y le amenazara allí mismo. Hugo ya solo temía una única cosa: perder a Emma.
Hugo se acercó al rostro de Emma con calma y, con excelso cuidado, le dio un beso en la mejilla.
Con la mano derecha bajó levemente las sábanas que le cubrían el vientre y allí posó su mano.
Su meñique rozaba la hilada cobriza del pubis de Emma y, con su palma allí apoyada, Hugo hizo algo que jamás pensó que volviera a hacer en su vida: rezar.
No rezó a Dios, ni a Jesucristo. No, no quería la ayuda de ningún dios pusilánime, y menos la de su hijo llorica.
Rezó a entes más poderosos. Le imploró a Cloto que cogiera un rizo cobrizo del vello de Emma y que con él tejiera una nueva vida.
Le suplicó a Láquesis que midiera un poco más que el de Hugo.
Y, por último, le pidió a Átropos que, si tenía que torturar a alguien en el lecho de muerte, fuese a él.
Unos golpes en la puerta de la habitación alteraron a Hugo y sacaron a Emma de su plácido sueño.
—Señorita Emma, ya es hora de despertarse. El desayuno la espera —anunció la criada.
Emma abrió los ojos y sus miradas se cruzaron.
Hugo le dio los buenos días con una sonrisa y Emma contestó de igual manera.
—Me visto y bajo, gracias, Martha —contestó Emma sin apartar la mirada de Hugo.
—¿Necesita que la ayude a vestirse, señorita?
—No, gracias, Martha. Descansa un rato.
—Gracias, es usted muy amable, señorita Emma.
Hugo oyó cómo los pasos de Martha se iban diluyendo a medida que se alejaba de la habitación.
—Una parte de mí temía que hubieras escapado por la ventana… —susurró Emma.
—Una parte de mí temía que lo de anoche solo hubiera sido un sueño…
Emma dejó escapar una pequeña risotada.
Hugo grabó a fuego aquella imagen: aquel hermoso rostro de mejillas rosadas y resplandeciente sonrisa.
—Te quiero —dijo sin pensárselo.
—Veo que también sabes decirlo en inglés…
Hugo abrió los ojos de par en par. Acto seguido, desvió la mirada, sonrojado.
—Te odio —susurró Emma.
—¿Tan mal estuve anoche?
—¿Qué hombre me querrá ahora? Desflorada sin haber pasado antes por el altar.
Pobre William Seymour… Ya no podrá casarse conmigo…
con la ilusión que me hacía. —Emma era incapaz de no reírse con sus palabras—.
Ahora tendré que pedirle a mi padre que te dé la bendición para casarte conmigo… Me has arruinado la vida, Hugo Belrose.
«Sí, pobre William», pensó Hugo.
Emma se mordía el labio mientras miraba de forma inquisitiva a Hugo.
—Lo siento… ¿Hay algo que pueda hacer para compensar todo el dolor que te he causado? —preguntó Hugo devolviéndole la sonrisa.
Emma fingió pensar.
—Sí, sé un buen marido y no me engañes con ninguna furcia.
Hazme el amor cada noche. Bésame como un caballero en público mientras que en privado bebes de mis labios como si fuera agua en el desierto.
Jamás me hagas daño. Trátame con respeto.
Dame hijos. Aléjate de la bebida y las drogas, pues tu único vicio debo ser yo.
Hugo no pudo contener una carcajada.
—¿Nada más? Me parece poco… ya que por ti daría mi vida.
Emma se inclinó hacia él y lo besó con dulzura.
—A cambio, jamás volverás a sentir frío, jamás volverás a ver un día nublado —añadió Emma.
—Sabes que vivimos en Londres, ¿verdad?
Emma le mordió el labio.
—¡Levanta de una vez, niña! —gritó una mujer entrando por la puerta—. Tu padre quiere hablar contigo inmediatamente. ¡Ay! No sabes lo que le ocurrió ayer al pobre William…
La expresión de la madre de Emma habría sido imposible de inmortalizar en una estatua.
Primero vino la estupefacción, causada por la desnudez de su hija junto a un desconocido, también desnudo.
Luego, el cerebro de la madre pareció darse cuenta de que no era un sueño y reaccionó pasando por un estado de ira y enajenación desorbitados.
De aquel ánimo provinieron los gritos que alertaron a toda la casa; también fue ahí cuando comenzó a lanzarle a Hugo su ropa, abofeteó a Emma y pegó sendos puntapiés a la cama, a la cómoda y a todo aquello que estuviera a su alcance.
La ira dio paso al llanto, como suele ocurrir, y la madre de Emma cayó de rodillas, con el rostro anegado en lágrimas; gritaba, desconsolada, como si hubiera muerto su hija.
Hugo sabía que debía salir de allí raudo.
Miró a Emma y esta asintió, como si le hubiera leído el pensamiento.
Hugo se vistió con presteza, como un amante al oír las pisadas del marido.
Luego, saltó como un verdadero rufián por el balcón.
La caída fue dolorosa, pero el césped mullido del jardín de los Remington ayudó a amortiguar el golpe.
Agarrándose la boina, el tostado joven corrió como una liebre perseguida por un galgo.
No se detuvo a mirar hacia atrás en ningún momento.
Tampoco pidió disculpas cada vez que chocaba con algún transeúnte.
Derribó más de un puesto del mercado, tumbó a más de un zagal, hizo volar más de un sombrero, pero, al final, Hugo llegó a su casa sano y salvo.
Con el corazón en un puño, jadeando, y más vivo que nunca, Hugo llamó a la puerta de la habitación de su madre.
Rose abrió y permitió entrar a su hijo sin hacer preguntas.
—Recupera el aliento, hijo —dijo Rose—. Tengo noticias para ti, al igual que tú debes tenerlas para mí.
Rose se sentó en su elegante diván, mientras sacaba su pipa y fumaba con calma.
—Se… trata… de Emma —jadeó Hugo.
—Sí, eso estaba claro. Has pasado la noche fuera, por lo que imagino que has avanzado en tu relación con la señorita Remington.
Pero, antes de nada, debes saber que tu tía ha tomado cartas en el asunto del asesinato de Juana.
Además, el juicio de John North se ha adelantado, se celebrará hoy en Old Bailey.
Será una farsa, ni se te ocurra asistir.
—Madre… yo…
Hugo quería decir muchas cosas a la vez, pero las palabras no le salían.
—Sí, imagino que le habrás hecho el amor a la hermosa hija de los Remington; esperemos que también la hayas dejado preñada, sería un punto a tu favor.
—Rose exhaló una gran bocanada de humo—.
También querrás saber si Magda ha matado a William.
Sí, ayer alguien le pegó un tiro en la cabeza.
Supongo que ha sido Magda o alguna de sus pupilas…
mis antiguas niñas. —Madame Belrose miró de reojo a su hijo, suspiró y se encogió de hombros—.
En cuanto a tu querido amigo… no hay nada que hacer.
Hay fuerzas más poderosas en juego. Será ejecutado mañana a primera hora frente a la Puerta de los Deudores en Newgate.
Si quieres ir a verlo a la prisión tiene que ser esta misma noche, mientras espera la horca.
Una vez suba al cadalso, ya no podrás despedirte de él…
Hugo intentó procesar toda aquella información a la vez.
El asesinato de William había sido un éxito, estaba claro que madame Belrose sabía más de lo que decía.
El achacar la fechoría a Magda era un doble juego para, en caso de que la policía preguntase o si alguien escuchaba algo, la culpa recayera sobre Magda o sus pupilas.
Luego estaba el caso de su amigo. John North sería colgado por un crimen que, a ojos de Hugo, no tenía sentido que hubiera cometido; aunque sabía que madame Belrose no opinaba igual que Hugo sobre aquel asunto.
¿Se atrevería Hugo a ir a ver a su amigo?
¿A preguntarle si de verdad había matado a Juana?
¿Le preguntaría…? «No, no puedo preguntarle si me ama», pensó Hugo meneando la cabeza.
Sabía que de aquella pregunta no podría salir nada bueno.
Si la respuesta era que no, entonces la muerte de Juana no tendría sentido.
¿Por qué la había matado? Y si no había sido él…
¿quién había sido? ¿Seymour? ¿Con qué fin?
Si la respuesta era que sí… entonces todo cobraría sentido.
Y la amistad que Hugo creía tener con John se convertiría en algo…
distinto a sus ojos. Él no amaba a John de esa manera, pero estaba en deuda con él.
Hugo tenía sangre española y si había algo que odiaba era el deshonor y la cobardía.
Su mejor amigo iba a morir en la horca por él.
Le debía unas últimas palabras mirándole a los ojos.
John North nunca moriría para Hugo y se sentía en la obligación de luchar por preservar su recuerdo.
En cuanto al tema de Emma, solo quedaba una solución.
—Madre… quiero que vayamos esta misma tarde a casa de los Remington… Quiero pedirle matrimonio a Emma… y quiero… necesito… tu ayuda.
Rose alzó las cejas y escrutó con su mirada astuta el rostro de su hijo.
—Haré lo que haga falta para que consigas casarte con esa mujer. Te lo prometo, hijo.
Hugo se tumbó en el diván con la boina cubriéndole el rostro.
—¿Qué ocurrirá con el burdel? ¿De qué viviremos? Perderás tu posición…
Rose siguió fumando sin inmutarse.
—El burdel se lo dejaré a tu tía a cambio de que nos deje en paz.
Ambas tenemos demasiada información con la que hacernos daño.
Nosotros no volveremos a pisarlo. He acumulado mucho dinero durante este tiempo que, junto con la información secreta que poseo de media aristocracia londinense, usaré para catapultar mi empresa textil.
Montaré también unos grandes almacenes de lujo donde mis prendas se venderán a las grandes damas.
—Necesitarás mucho más dinero para eso, madre.
Rose asintió con un gruñido.
—Cuento con que el amor que profesa el señor Pierce por mis muslos sea más que suficiente para eso. Si su plan sale bien… nos bañaremos en oro, hijo.
—Sí, y seguro que también tienes un plan para deshacerte de él…
—Sabes de sobra que sí…, pero lo importante es… que tengo todo planeado. Además, los Remington son muy ricos…, contaremos con su apoyo económico también.
—Tienes mucha fe en que lord Remington acepte mi proposición.
Rose comenzó a reír de una forma estrepitosa.
—¿Qué ocurre? —preguntó Hugo sin entender nada.
—Date un baño, luego un coche nos llevará a la mansión de los Remington.
Rose seguía riendo, pero Hugo seguía sin entender nada.