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Emma solo sabía lo que su mente le decía, ya que el corazón funcionaba de distinto modo; este llevaba una velocidad diferente a la del pensamiento.
No procesaba los datos, los vivía. No meditaba sobre las consecuencias, sino que disfrutaba de los placeres.
No avisaba a la mente, ya que sabía que lo estropearía todo con preguntas y dudas.
Para amar había que apagar la mente; para dudar, el corazón.
La luna había comenzado a expulsar al sol de aquella habitación y la oscuridad empezaba a florecer alrededor de Emma.
Ella sabía de dónde salía tanta negrura, aquel olor a culpa y a peligro que emanaba de cada brizna de egoísmo que corría por las venas de alguien enamorado.
No había luz suficiente para extinguir semejante oscuridad y ninguna lámpara de aceite podría eclipsarla.
Solo el haz perverso y lujurioso de la luna podía penetrar en aquella estancia; ella era la única digna de observar los acontecimientos que iban a tener lugar esa noche.
La sangre siempre ha de verterse bajo la luna, nunca bajo el sol.
La tabla de sacrificio era mullida, el cuerpo de la anfitriona estaba tan caliente como la llama del candil, el fuego estaba protegido por un cristal y la pasión ardiente de Emma hacía temblar al viento que, inconsciente, se atrevía a invadir la habitación.
El viento rugía como respuesta, debía huir de allí, pues solo una persona podía perpetrar aquella gesta.
Emma deambulaba con agitación, como el retumbar de los truenos sobre las nubes que anuncian que, en algún momento de la noche, caería un relámpago: un destello de luz y calor tan potente como efímero, pero que permanecía en el brillo de los ojos hasta que estos perdieran su luz con la vejez y, aunque habría muchas tormentas en la vida de un enamorado, ninguna sería igual a la primera; ninguna podría igualarse al primer trueno, al primer retumbar bajo las nubes, al primer relámpago incidiendo en el cielo abierto al descargar la primera lluvia, a la majestuosa calma que llegaría cuando todo hubiera pasado.
Pero esta tormenta no sería tan hermosa si no hubiera habido antes una cruel batalla entre las fuerzas de la naturaleza.
¿Acaso hay mayor fuerza que la pasión entrelazada entre dos personas que se aman? No, no hay nada más poderoso.
Un haz de luz osó internarse por el balcón, aunque no había sido arrojado por la luna ni tampoco provenía de ningún fuego: se trataba de la oscura luminosidad que emanaba de la figura de Hugo Belrose.
—Emma… —musitó nada más entrar.
Emma se adelantó y, con su tembloroso dedo índice, le volvió mudo por una noche.
Tenía tantas cosas que decirle y tantas cosas que no decirle.
Había tanto que hacer y tan poco tiempo hasta la salida del sol: había que decidir y esta vez no fue el corazón quien lo hizo, tampoco la razón.
No, esta vez le tocaba a la diosa interna que cada mujer oculta entre las piernas; aquella que fluía bajo las faldas del monte de Venus.
Aquel músculo era el encargado de someter a los demás.
Nadie podía rebelarse bajo su influjo, nadie podía replicarle nada.
Sus labios dictaban la ley, y estos no pararían hasta que alguien los besara, que acallase el rugido de sus ruegos; no cesarían hasta que alguien los derribara con su ariete.
Y el caballero acababa de llegar. Todavía no había desenvainado su espada española, pero los hombres sabían que el arma había de llevarse siempre afilada, por si acechaba algún peligro imprevisto. No había traído caballo, pero aquello no significaba que no fuera a cabalgar.
Hugo volvió a intentar abrir los labios, pero esta vez Emma se los selló con un beso.
Fue efímero, como una estrella fugaz en el horizonte.
Aunque dicha estrella fue la vanguardia del ejército que, con su gallardía y osadía, rompió las filas y la defensa de aquel que observaba sin participar, a la espera de qué rumbo tomaría la batalla.
Emma se había cansado de mirar, quería participar, quería ser la protagonista.
Ella era la reina, no necesitaba esperar a que el rey moviera; él era lento y siempre pensaba demasiado su siguiente movimiento.
Ella podía desplazarse con la rapidez de un alfil y con la fuerza de una torre.
Ella dominaba el tablero, ella marcaba la diferencia, ella coloreaba un mundo en blanco y negro.
Sus labios danzaron como sombras paganas alrededor de una hoguera.
No hicieron falta cánticos en lenguas extrañas para atraer a la lluvia, pues el amor la llamó en su propio idioma, y ella acudió e inundó el volcán, mezclándose con el ardiente fragor de aquella fragua dadora de vida que era la mujer.
La boina saltó por los aires, como la tapa de una cazuela en ebullición.
La levita se enredó entre los zarzales que protegían el jugoso fruto de Emma.
La camisa fue desabotonada poco a poco, como las leyes de los hombres.
Los zapatos dejaron de soportar el peso del desamor y los pantalones cedieron a la presión y levantaron armas.
Emma empujó al caballero, ya que él estaba atado a las normas medievales, y mientras este se tumbaba en la cama, las diosas inundaron la estancia para asistir a Emma.
Freya le desanudó el vestido.
Afrodita robó dos estrellas del cielo y las engarzó en el pecho de Emma, dejándolas al descubierto para que inundaran la sala con su luz.
Venus desalojó su monte. La hierba había crecido allí, con un tono cobrizo, digno de una diosa. Venus lo rozó con sus dedos, y con un beso, lo bendijo.
Emma estaba lista.
Hugo respiraba agitado sobre la cama.
Emma se lanzó hacia su presa, con suavidad, pero con firmeza.
Hacia aquel minotauro que habría hecho palidecer a las más bellas y hermosas mujeres.
Pero en aquel momento ella era una deidad y no iba a dejarse intimidar por una bestia, sino que iba a beber de ella, iba a succionarle toda su esencia vital, a debilitarla hasta hacerla suya.
La luna iluminó la espalda desnuda de la hembra que, con firmeza, apretaba las muñecas del macho contra el colchón de plumas; este se revolvía e intentaba ocupar su lugar, él debía ser el que llevara las riendas de aquella gesta, él tenía más experiencia, las normas de los hombres dictaban que él había de tomar a la hembra.
Y no al revés. Pero allí imperaba la ley de la madre naturaleza, aquella a la que los hombres llevan siglos intentando domar con sus inútiles cadenas.
Se podría construir una presa, pero nunca detener por completo el curso de un río.
Se podrían erigir muros para resguardarse del viento, pero ninguno soportaría la fuerza de un huracán.
Se podría vallar la tierra, pero esta tiene sus propios límites y sería la que decidiese cuándo separarse o unirse.
Se podría prender el fuego, pero jamás dominarlo.
Emma ardía como un volcán, se movía como un huracán, empapaba todo como un maremoto y hacía temblar la cama como un terremoto.
Hugo solo podía disfrutar, sentir el placer que aquella bestia salvaje le procuraba.
Solo podía apretar los dientes, apretar las muñecas; nada más podía hacer, salvo sentir el traqueteo perpetuo de las embestidas de la cintura de Emma.
La lujuria de Isthar se había apoderado de Emma. Ya no era una mujer, sino que se había convertido en una harpía que rasgaba el pecho de su presa, clavándole sus uñas afiladas para pagar sangre con sangre.
Emma había sentido dolor, placer, más dolor, más placer, destellos de éxtasis, erupciones en su monte, sangre mezclada con el ámbar de los dioses discurría por las sendas de sus muslos cual serpiente húmeda.
Ahora era ella la que temblaba, poseída por un estado de delirio superior a los sueños, más fuerte que el amor, por encima de todo lo material del mundo.
Agotada, exhausta y feliz, Emma se tumbó sobre su centauro.
Él fue a hablar, pero ella volvió a besarlo: las palabras arruinarían aquel momento.
Sabía que la presencia de Hugo traería problemas, muchos problemas.
¿Pero acaso importaban? ¿Acaso el sol iba a dejar de emerger por el horizonte?
¿Iba la luna a ocultarse para dejar la noche a oscuras?
No, los astros salen sin avisar, sin miedo a las consecuencias.
¿Acaso no era ella una diosa? ¿Acaso no era su amante una bestia?
¿Qué podían temer ellos dos? Nada. No había nada capaz de asustar a dos enamorados, a dos personas que acaban de entrelazar sus almas de forma corpórea.
Las leyes, la sociedad, las normas, todo eso eran minucias ante los ojos de la pasión.
«¡Qué le jodan al mundo!», pensó Emma mientras colocaba su brazo sobre el pecho desnudo de Hugo. Acto seguido, cerró los ojos. Solo el propio Apolo tenía permiso para interrumpir aquel momento.