Te odio: La reina del burdel de Londres 5
89%

5

«Sin testigos».

William no paraba de repetirse aquella frase. Al no haber testigos tampoco habría gloria para él, por lo que lo mejor sería, sin duda alguna, hacer trampas.

«Le diré que vamos a dar cinco pasos, pero al segundo me voltearé y le volaré los sesos», pensó William mientras se acercaba al lugar indicado.

Las botas le resbalaban en el congelado camino.

La nieve se había intensificado, la visibilidad era cada vez peor y el frío helaba los huesos.

El camino serpenteaba entre fantasmas que asomaban por el nebuloso terreno desprovisto de árboles.

Pájaros de plomo repicaban en el ambiente alertando de que alguien iba a morir pronto.

William echó mano a su sombrero para que no se volara. Apretó el arma contra sí y siguió avanzando hasta una oscura figura que se divisaba un poco más adelante. La figura no era otra que la de Hugo Belrose.

—Pensé que no te atreverías a venir —fue lo primero que dijo Hugo nada más verle.

—Un Seymour siempre acepta un duelo y nunca lo pierde —manifestó William con la cabeza alta.

—Tú eres el experto entonces, así que dime, ¿cómo lo hacemos?

William se frotaba las manos en sus pensamientos.

—Nos colocamos en aquella posición, de espaldas el uno al otro, luego damos cinco pasos hacia delante, nos volteamos y… que Dios decida.

—Nunca le he caído bien a Dios —comentó Hugo mirando el lugar acordado.

William decidió ignorar las sandeces de Hugo.

—¿Por qué me has retado? —preguntó William mientras se acercaban al lugar.

—La pregunta sería ¿por qué no hacerlo? ¿No crees? —contestó Hugo sin mirarle—. La partida solo acaba cuando muere el rey; los demás, de una manera u otra, solo son peones.

—No me sorprende que te creas rey —se mofó William con una sonrisa.

—No he dicho que yo sea el rey, soy el peón que se convirtió en caballero y asaltó el castillo para así salvar a la reina de su malvado rey.

Soy más peligroso que el rey, pues me muevo como un alfil, salto como un caballo y embisto como una torre.

Pero, lo más peligroso de todo, es que, en el fondo de mi ser, seguiré siendo un peón.

—Sí, por primera vez estamos de acuerdo en algo —mencionó William colocándose de espalda contra Hugo.

—Aunque… ¿sabes cuál es la meta del peón? —preguntó Hugo sacando su arma.

—¿Morir por su rey? —contestó William sacando la suya.

—No, al revés, avanzar… avanzar hasta convertirse en otra cosa, pero no lo hace por su soberano. No, él no quiere proteger el trono, sino matar al rival…, convertirse en lo único que le está prohibido…, convertirse en rey.

—Listos… ¡ya! —vociferó William, cansado de tanta cháchara.

Ambos dieron un paso.

«Ahora, al siguiente, ¡pum!», pensó William con el corazón palpitante.

—¡Uno! —gritó William.

¡Pum!

Hugo Belrose, con la pistola humeante y todavía apuntando a William, se alzaba sobre el cuerpo inerte de Seymour que había caído a plomo al suelo por un certero impacto en la parte trasera del cráneo.