Te odio: La reina del burdel de Londres 4
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Hugo había llegado pronto. Al fin y al cabo, no tenía nada que hacer hasta que cayera la noche. Volvió a sacar su reloj de bolsillo y suspiró. Todavía quedaba un largo rato hasta la hora acordada.

El viento era feroz aquella tarde de Nochebuena y la nieve había comenzado a caer con más ímpetu. Hugo odiaba la Navidad con toda su alma y suponía que aquel rencor le venía de sus tiempos en el orfanato.

La Navidad era, según las monjas, una fiesta católica. Hugo recordaba con hastío la somnolienta Misa del Gallo de Nochebuena y cómo las monjas y los curas pecaban tanto de gula que hasta el mismísimo Satanás habría tenido que agachar la cabeza y aceptar su derrota como adalid de los pecadores.

Los huérfanos, como perros desvalidos, miraban bajo las mesas altas con los ojos acuosos y la esperanza de que cayera algo para ellos. Luego estaban los regalos de Navidad, Hugo solía recibir siempre lo mismo: carbón.

El rugido de unos disparos cercanos alertó a Hugo. Según tenía entendido, aquellos campos se usaban para prácticas militares, pero siendo Nochebuena era de esperar que estuvieran vacíos.

«Así no desentonará cuando dispare al idiota de Seymour», pensó Hugo.

Metió la mano en un bolsillo de la levita y sacó su bote de rapé, lo abrió y, después de observarlo largo rato, decidió que aquel día era especial.

Echó mano de otro de sus bolsillos y sacó un frasco de color ámbar oscuro que, a diferencia del primero, no tenía tabaco, sino que contenía láudano, sustraído del burdel.

Por orden de su madre, Hugo tenía prohibido probarlo, pero por esa misma razón una noche había robado un par de frascos y lo había probado.

Pensó que aquello era un elixir usado por sus clientes para aumentar el fervor sexual en las noches de jarana: se equivocaba.

En realidad, le relajaba, permitiéndole ver el tiempo a otro ritmo, más pausado.

Sentía mayor control sobre sí mismo y le hacía olvidar lo que era el dolor.

No tenía pensado morir en aquel terreno baldío, pero nunca se sabía y, si había de morir, mejor no sufrir en el proceso.

Hugo abrió el frasco y lo vertió por el gaznate; amargaba y picaba.

Había gente que lo vomitaba, pero Hugo estaba acostumbrado a beber aguardiente como el que bebe leche para desayunar.

Sacó el revólver del Tigre, y revisó que todo estuviera en orden; nunca lo había disparado. No importaba, ni que aquello fuese a ser un duelo justo y honorable.