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—¿Quién es, madre? —preguntó Emma desde el salón.
—¡He dicho que te largues de esta casa! —gritaba Evelyn Remington desde la puerta entreabierta de la mansión de los Remington.
Emma se dirigió a Martha, la criada, que era la que había abierto la puerta previamente.
—¿Quién llamó a la puerta, Martha? —susurró Emma.
—Un joven de piel tostada. Llevaba una levita oscura y una boina gris. Viste como un noble, pero sus ojos son los de un salvaje —contestó Martha en voz baja.
«Hugo Belrose», pensó Emma al instante.
—¡Madre, es un amigo de la universidad! —exclamó Emma corriendo hacia la puerta.
—¡Sé bien quién es ese rufián! —bufó Evelyn cerrando la puerta de un portazo—. ¡Hugo Belrose! —Evelyn lanzó un escupitajo a su propio suelo mientras que, con un ágil movimiento de su muñeca, le indicaba a la criada que lo limpiase con premura.
Como el aleteo de una mariposa, la idea fugaz de ver a Hugo había desaparecido de súbito del pensamiento de Emma.
—Es un compañero mío, además es mi amigo.
—¡Es una alimaña! Tú eres demasiado pazguata e ingenua para saber a qué se dedica esa asquerosa familia francesa. Además, recuerda que su hermana fue asesinada anoche por el sodomita de los North. ¿Sabes a qué ha venido?
—Sí, por mí…
—¡Ha venido a traernos problemas!
Emma se fue corriendo a su habitación, olvidándose de su madre.
Allí abrió las ventanas de par en par y salió al balcón en busca de su amado.
Lo vio deambulando cabizbajo por el camino empedrado de la mansión.
Emma no se lo pensó dos veces. Humedeció sus dedos introduciéndolos en su boca y emitió un silbido.
Hugo giró la cabeza, como un perro ante su dueña.
Una sonrisa iluminó el rostro de Emma cuando sus miradas se encontraron.
Hugo no parecía entender qué pretendía Emma con aquel silbido, así que esta le indicó por señas que subiera por el balcón.
Hugo alzó la mano hacia el cielo y luego sacó su reloj de bolsillo.
Emma lo entendió, le dedicó una sonrisa y se metió de nuevo en su habitación: esa noche no cerraría la ventana.
Nunca un día había sido tan largo para Emma Remington.
Intentó leer, pero no podía concentrarse en su novela.
Intentó pensar en otra cosa, distraer su mente de pensamientos perversos, pero tampoco fue capaz.
El corazón le palpitaba con tanta fuerza que la orquesta de su libido ahuyentaba la razón de su cerebro.
Abajo, otra ceremonia musical había dado comienzo, la de Evelyn Remington con sus criados.
«Bien, así no estará en condiciones de escuchar lo que sucede aquí arriba», pensó Emma tirada en la cama.
¿Qué iba a suceder allí arriba?
¿Por qué se había cambiado la ropa interior?
¿Por qué estaba poniéndose su vestido favorito?
¿Por qué estaba peinándose como si fuera a asistir a un baile donde ella era la princesa?
¿Por qué había abierto el cajón secreto en el que guardaba su madre los elixires?
¿Por qué se estaba bebiendo uno que era de color ámbar oscuro?
La respuesta era sencilla.