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Los de Scotland Yard llevaban toda la mañana en casa de los Seymour. William estaba cansado y exhausto; había pasado la noche en vela y no le dejaban ni un hueco para ir a la letrina del patio de atrás a cagar.
—Hijo, tú no te preocupes…, no tienes la culpa —le había dicho su madre varias veces ya—. Hoy sigue siendo Nochebuena y vamos a cenar sin que esto nos afecte.
«Ni que a mí me afectara la muerte de la ramera de Belrose», pensó William.
Lord Henry Seymour y lady Ruth Seymour habían pasado la mañana atendiendo a diferentes amigos que habían decidido pasarse por allí para husmear y, de paso, enterarse de todo de primera mano.
Fue después de la comida, en una de aquellas visitas inesperadas, concretamente la del viudo Peter Berkeley y su hija Ada Berkeley, cuando ya no hacía falta que fuera el propio William quien contase la historia, ya que sus padres se la sabían mejor que él.
Por lo que este se escaqueó por la puerta de atrás con el periódico del día bajo el brazo.
Un viento gélido golpeó a William. El viento, además, arrastraba los vapores mugrientos de Londres hasta el jardín trasero de los Seymour y, por si fuera poco, al feroz vendaval se le había sumado una molesta e incómoda nevada.
El día no podía empeorar más. William entró en la letrina y, por fin, pudo descansar de todo aquel ajetreo.
Cogió su ejemplar del Times y leyó la portada.
«Horrible asesinato en Whitechapel: una joven, hija de la famosa diseñadora Rose Belrose, ha sido apuñalada en Flower and Dean Street por el heredero de los North.
»Anoche, como ya viene siendo costumbre, una mujer fue asesinada en los infectos, depravados y mugrientos barrios del East End de nuestra querida ciudad. El asesino en cuestión, para sorpresa de los aristócratas del West End, no es otro que el único vástago de Victor North: su hijo, John North.
»John North apuñaló a la joven por la espalda, clavándole una daga que le atravesó el corazón. Gracias a la intervención de William Seymour, que había seguido al joven heredero de los North, el asesino pudo ser detenido.
»William inmovilizó a John y dio la voz de alarma. Los agentes no tardaron en llegar a la escena del crimen, al igual que los curiosos habitantes de aquel infame lugar. Niños descalzos, mujeres desvalidas y rufianes borrachos rodearon el cadáver de Jane Belrose antes que los agentes llegaran.
»Numerosas pertenencias fueron sustraídas de su todavía cuerpo candente por parte de la muchedumbre, dejando a Jane semidesnuda y con la daga clavada.
Aunque el arma en un principio fue llevada junto el cuerpo de la joven, Scotland Yard ha denunciado su desaparición.
Muchos testigos afirman que era una daga exótica y de un valor incalculable.
»William Seymour, además de su encomiable labor, ha declarado que seguía a John North porque sospechaba que este era un sodomita que se aprovechaba de su posición pagando a pobres madres para así poder abusar de sus jóvenes e inocentes hijos que, anclados a la pobreza extrema de sus madres, nada podían objetar.
John North ha sido llevado a la prisión de Newgate, a la espera de su juicio en Old Bailey».
William terminó de leer el artículo cuando oyó que alguien se acercaba por el jardín.
Nervioso, se tapó sus pequeñas partes con la hoja del periódico, pero la figura, en lugar de llamar o abrir la puerta, se agachó e introdujo una carta por debajo del hueco de la madera. Luego, igual que había venido, se fue.
William tiró de la cadena de su flamante inodoro, instalado por los Seymour después del brote de cólera, y recogió la carta. Era, para su sorpresa, de Hugo Belrose.
Después de leer la carta varias veces, ya que no daba crédito a su contenido, William se puso a temblar.
Hugo Belrose apelaba al honor de los Seymour y retaba a William a un duelo con pistola, sin más testigos que ellos dos.
El enfrentamiento tendría lugar al anochecer, en un campo baldío de Finsbury.
Lo más sensato sería comunicar tal fechoría a las autoridades, pero entonces los Seymour serían el hazmerreír de cualquier acto de sociedad.
William conocía y, además, había escuchado en innumerables ocasiones cientos de anécdotas sobre duelos famosos entre miembros de las grandes familias londinenses.
Es más, muchos de sus antepasados se habían batido en duelo por motivos relacionados con el honor.
Ningún Seymour había perdido jamás un duelo.
También estaba la opción de hacer como que no había recibido la carta y no asistir, pero era probable que Hugo contara a los cuatro vientos que lo había retado y que este se había acobardado.
No, William debía acudir, tenía que zanjar el conflicto sin premura. Además, con Jane Belrose fuera de juego, Hugo podía convertirse en un serio problema para su futura relación con Emma Remington.
Sí, William todavía tenía un as en la manga, podía revelar lo qué sabía a la familia real, pero hasta él sabía que la realeza no se andaba con minucias y no les costaría nada contratar a alguien para que matara a todo aquel que supiera de dicha información, William incluido.
No, revelar lo que sabía debía ser la última de las opciones, era mejor usarlo como farol. Por ello debía acabar con Hugo; tenía que meterle un tiro entre ceja y ceja. Luego podría usar la información para chantajear a la puta de Belrose.
William asintió, respiró hondo y se dirigió hacia el armario donde su padre guardaba las armas. Solía estar cerrado con llave, pero su padre estaba sumamente ocupado, por lo que no se daría cuenta de que le habían sustraído la llave y una de sus pistolas favoritas: la Purdey de cañón doble.
Barnizada, con los cañones de plata pulidos y con la « S » de la familia grabada en el lomo, aquella pistola era toda una belleza. William cogió dos cartuchos, guardó la pistola en una pequeña funda, arrojó la carta al fuego de la chimenea y salió de la casa por el jardín trasero.