Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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—Tu hermana ha sido asesinada —comunicó Rose Fèvre, en mitad del sueño, a su hijo.

Hugo no sabía si aquello era real o seguía soñando. Su último recuerdo era el de estar plácidamente dormido, habitando el confortable mundo de Morfeo, alejado de la cruel y angustiosa realidad; aunque la pregunta era: ¿qué consecuencias tenía para su vida que Juana hubiera sido asesinada?

—¿Cómo has dicho? —preguntó Hugo, incorporándose.

—Juana fue apuñalada anoche, en una infame calle de Whitechapel.

Juana, su querida amiga, amante y falsa hermana. Juana, su enemiga, su desalmada e hipócrita compañera. Juana había muerto y, junto a ella, la mayoría de los problemas de Hugo.

—¿Me estás escuchando, hijo? —preguntó Rose sentándose a los pies de la cama.

—Sí… solo que… Todavía no sé cómo debo procesarlo —susurró Hugo con la mirada perdida—. ¿Se sabe quién la mató o el motivo por el que lo hizo?

Rose suspiró y posó su mano sobre la de Hugo.

—Hijo… ¿no deberías llorar a tu hermana?

—No veo que tú llores a tu hija…

Rose se levantó, dándole la espalda.

—Yo no tengo ninguna hija —respondió seca.

—Juana… Si he de llorar sería por Juana, no por Jane —pensó Hugo en voz alta—.

Lloraría por la niña curiosa y de sonrisa brillante que me acompañó en el orfanato.

Lloraría por la amiga que escapó conmigo de Salamanca, por la chica con la que hice el amor por primera vez, por la mujer que creía que amaba.

Pero no derramaría ni una lágrima por Jane Belrose.

No, a esa… la estrangularía con mis propias manos.

—Ni se te ocurra decir eso delante de tu tía —le advirtió Rose—. Magda está consternada y buscará venganza. No descansará hasta vengar a la que consideraba su hija más querida.

—Tú y Magda…

—No, no hay nada que hacer ya… Esa relación está tan muerta como Juana.

Hugo asintió.

—Todavía no has contestado a mi pregunta. —Hugo salió de la cama y comenzó a vestirse—. ¿Quién la mató? Fue William Seymour, ¿verdad?

—Tus primas y tu tía comparten esa misma teoría…, pero lamentablemente, a ojos de la ley…, William es el único testigo —explicó Rose.

Rose no quería mirar a su hijo. Hugo sabía que su madre ocultaba algo.

—Madre, dilo ya, sin rodeos. ¿A quién acusan de asesinato?

—William ha declarado ante la policía, dice que vio al asesino en plena faena. Además, fue él quien llamó a los guardias…

—¿A quién vio William, madre? —preguntó Hugo cada vez más nervioso.

«Emma no pudo ser. No sería capaz. Además, tampoco sabía de los problemas que teníamos Juana y yo. ¿Entonces por qué me palpita el corazón como si se me fuese a salir del pecho?», pensó Hugo, agitado.

Rose suspiró y miró directamente a los ojos de su hijo.

—A John North, hijo —soltó Rose al final como si aquello fuera una carga para ella—. A tu querido amigo.

Lo primero que sintió Hugo fue alivio: no había sido Emma. Lo segundo fue un desconcierto que le dejó el entendimiento en un estado de estupefacción durante unos segundos.

No, no podía ser. No tenía ningún sentido que el bueno de Johnny matara a Juana. ¿Por qué? ¿Qué ganaba él con ello? ¿Acaso sabía John del chantaje de Juana? ¿Del complot de Juana y Seymour? No, ¿cómo iba él a saberlo?

—¡No tiene sentido! —gritó Hugo.

—Sí que lo tiene, hijo mío. Solo que tú eres algo torpe para esas cosas…

—¿A qué te refieres? —preguntó Hugo enfadado—. ¡Habla de una vez sin rodeos, madre! ¡No soy un niño pequeño!

—Conozco la sangre que corre por tus venas, sé cómo actúan los españoles cuando las cosas se complican: todo lo embadurnáis de violencia. Te hablo con calma porque no quiero que hagas ninguna estupidez.

Hugo golpeó con fuerza la pared de su habitación y los nudillos empezaron a sangrarle. Pues claro que iba a hacer una estupidez, cogería el revólver e iría directo a por William Seymour.

—¿Por qué iba a hacer John algo así? —gruñó entre dientes.

—Porque estaba enamorado de ti, hijo. Es tan sencillo como eso…

—¿Qué acabas de decir? —preguntó Hugo, estupefacto.

Rose le daba la espalda, miraba por la ventana como una bruja mira a través de una bola de cristal.

—Estabas tan absorto con Emma que te olvidaste de observar lo que ocurría a tu alrededor.

John te amaba, más que Juana, incluso puede que más que Emma.

Por eso mató a Juana, para que tú pudieras ser feliz.

Pero eso es algo que solo sé yo, y no pienso compartirlo con Magda y las demás.

Dejaré que se enfrasquen en una guerra con Seymour, así nosotros saldremos ganando.

Hugo no daba crédito a lo que decía su madre.

—¿Cómo que John estaba enamorado de mí? Pero ¡¿tú te estás escuchando?!

—¿Has visto la sodomía con tus propios ojos y todavía dudas de que un hombre pueda amar a otro?

—¡Una cosa es vicio y lujuria y otra muy distinta es el amor!

—Sabes de sobra que dices eso para no aceptar la realidad —dijo con voz calmada Rose—.

Tú ya lo habías pensado, en el fondo de tu mente, en ese rincón donde guardas los pensamientos oscuros, ahí ya sabías lo que sentía John por ti.

Pero eras incapaz de admitirlo, no solo a ojos de los demás, sino que te aterrorizaba hasta el hecho de decirlo en voz alta.

¿Qué hay de malo en eso? Tu amigo te quería, a su manera, pero te quería igual que tú lo querías a él.

—¡Yo lo quería como a un hermano!

—Querer es amar y no importa cómo amemos a las personas, importa demostrar ese sentimiento cada día. Y John ha demostrado lo que sentía por ti.

Hugo se llevó las manos a la cabeza y se puso a deambular por la habitación, nervioso y excitado, sin saber qué hacer.

—¿Qué ocurrirá con John? —preguntó mientras se vestía.

—Lo ejecutarán por asesinato… Además, William ha declarado que John es un sodomita, lo que también es un delito. Ni su apellido lo salvará esta vez.

—No… no podemos permitirlo. Aunque haya sido John… podemos culpar a Seymour.

Rose agarró a su hijo por los hombros y lo miró fijamente a los ojos.

—Te he dicho que te olvides de William, de eso se encargará Magda. No podemos meternos en más guerras. Además, piensa en tu futuro con Emma. Si tu tía y las chicas le dan un escarmiento a Seymour, tu querida Emma quedará despojada de todo compromiso y será libre.

Hugo se dio cuenta que tenía una oportunidad de oro: podía acabar con William y luego culpar a Magda por ello.

—¿Qué tienen pensado hacer esas putas?

—He oído decir que le van a cortar la polla…

Hugo asintió, a él le bastaba con darle un tiro por la espalda al infame de Seymour, no hacía falta llegar a tal extremo de crueldad.

—¿Tú estás de acuerdo con qué le hagan algo así?

—¿Yo? Si alguien te pusiera un pelo encima… lo destriparía —aseveró Rose con un brillo diabólico en los ojos.

Hugo tragó saliva, a veces olvidaba quién era su madre.

—Una última cosa… ¿Qué hacían William, Juana y John en Whitechapel en mitad de la noche? —preguntó Hugo alzando una ceja.

—William y Juana se veían allí, en un albergue cochambroso.

El joven Seymour era lo bastante inteligente como para no pisar el burdel.

John también es un chico muy sagaz y desde la frenética noche del Crystal Palace ha debido de sospechar que algo te perturbaba por culpa de William Seymour.

Debió de seguirle para ver si descubría algo que te ayudase y sus pesquisas le llevaron a mancharse las manos de sangre.

Hugo cogió su levita negra, se colocó la boina, enfundó el revólver e hizo ademán de salir por la puerta.

—¿A dónde crees que vas? —preguntó Rose.

—No lo sé… pero no puedo quedarme de brazos cruzados.

—¿Por qué no te vas a ver a Emma? Te dijo una vez dónde vivía, ¿verdad?

—¿Tú que vas a hacer?

—La asistenta me ha comentado que los Berkeley esperan abajo para darme el pésame, luego irán llegando más…

—Iré entonces a ver a Emma…

Por fin podía volver a hablar con Emma, explicarle todo y pedirle que se casara con él. Pero antes tenía que terminar de atar unos cabos sueltos.

—Cuando Magda pille a William podréis ser felices —añadió Rose—. Invéntate alguna mentira y Emma será tuya para siempre. Diles a sus padres que ella ya no es virgen, que, además, la has dejado preñada. No sé… improvisa algo.

—Sí, algo haré…, aunque es una lástima que para que yo sea feliz otras personas hayan tenido que caer en la desgracia.

—La felicidad de uno se gana gracias a la desgracia de los demás.

Hugo salió sin decir nada más. Tenía demasiadas cosas en las que pensar.