Te odio: La reina del burdel de Londres 5 #2
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—Un placer hacer negocios con usted.

Se oyó el rechinar de los sillones y, acto seguido, la puerta de la otra habitación se abrió y, como alma que lleva el diablo, Kate salió corriendo al pasillo.

—¡Oh, Katherine! Justo iba a llamarte. Haz el favor de acompañar a madame Jeffries a la salida. También quiero que le entregues un sobre con cinco libras. ¿Ha quedado claro?

—Sí, mistress Roux.

—Bien, ahora vete.

—Mistress Roux… Elizabeth está en la habitación y quiere hablar contigo de un pequeño asunto.

Mistress Roux no tardó en aparecer por la puerta. Aquella mujer, de vestimenta ostentosa y oscura, no se parecía en nada a la madre de Hugo Belrose. Roux tenía también una mirada fría, pero a la vez ardiente, candente de poder.

—Elizabeth, ¿quiénes son estos dos? —preguntó sin mirar a Elizabeth.

—Intrusos, no sabemos cómo han conseguido acceder —respondió al instante Elizabeth.

—Está claro que alguien les dio información… ¿Qué buscabais en nuestro local? ¿Quién os envía? —preguntó mistress Roux agarrando a Emma por la pechera.

—¡Madame Roux! —gritó John poniéndose en pie—. Somos amigos de su sobrino. No nos haga daño, por favor.

—¿Mi sobrino? —preguntó Roux alzando una ceja—. ¡Ah, claro! Te refieres a Hugo, ¿verdad?

John asintió con vehemencia.

—Elizabeth, ¿dónde está Jane? —preguntó Roux.

—Creo que estaba cuidando a Annie, si quieres puedo ir a…

—Sí, ve a llamarla.

Elizabeth salió de la sala y cerró la puerta.

—Este no es lugar para unos mocosos como vosotros —dijo con brío Roux lanzando a Emma de vuelta al sofá—.

¿De qué conocéis a Hugo? Esperad, por vuestras pintas creo que ya lo sé.

Estudiáis juntos, ¿verdad? Claro que sí, mira lo mojigata que es la niñita esta…

En su vida ha catado varón… y por no hablar del chico…

—Roux alzó la barbilla de John y lo miró de arriba abajo—.

Habría muchos generales que pagarían una buena suma por tus…

servicios. Fuera de aquí se te colgaría por sodomía…

pero bajo este techo podrías dar rienda suelta a tus fantasías más oscuras…

«¿Cómo era posible?», pensó John tiritando.

—Es familia de Hugo, ¿verdad? —dijo Emma con brío levantándose de improvisto—. ¿Entonces por qué diablos nos trata así? Somos amigos suyos… ¿Acaso está usted sorda?

Mistress Roux abofeteó a Emma con tanta fuerza que la volvió a sentar en el sofá.

—Vuelve a hablarme así y te arranco la piel a tiras.

—¿Sabe usted acaso quién soy yo? —gruñó Emma con la mejilla dolorida.

—Sí, una niñata malcriada y orgullosa de alguna familia de aristócratas que se creen mejores que los demás por haber salido de un coño de alta alcurnia…

—Mis padres son… —intervino Emma.

—¡Me importa una mierda quienes sean! ¡Aquí yo soy la maldita reina del Imperio británico! ¿Te queda claro? Y tengo asuntos muy importantes que atender… No tengo tiempo para estúpidos como vosotros…, pero habéis venido aquí, enviados por Hugo… ¿Para qué? ¿Para atentar contra mí?

—¡Le repito que somos amigos de Hugo! ¡¿Por qué íbamos a atentar contra su propia familia?!

—¡Emma, basta! —terció John—. No hables más.

Roux le dedicó entonces una mirada suspicaz a John que hizo que las piernas le temblaran.

—Tú sabes más de lo que dices… ¿verdad? —Mistress Roux sonrió, luego se sentó en el sillón de enfrente y, con calma, se sacó una larga pipa; como si ella fuera la única persona de la sala, prendió el instrumento y comenzó a exhalar bocanadas de humo.

Nadie dijo nada hasta que la puerta volvió a abrirse y Jane Belrose entró.

—¡Jane! ¡Menos mal que apareces! —espetó Emma nada más verla—. ¡Dile a tu tía que no buscamos problemas! ¡Qué somos amigos de Hugo!

—Emma Remington y John North… —susurró Jane cerrando la puerta—. Estáis muy lejos de casa.

Roux dejó estallar una larga carcajada al escuchar los apellidos de los intrusos.

—Jane, solo hemos venido para hablar contigo… Pensábamos que algo le pasa a Hugo y pensábamos que… —Emma se estaba dando cuenta con cada palabra de que las cosas no eran como ella pensaba.

—Menos mal que eres guapa y rica, porque si no… —la interrumpió Jane con una risita.

Emma miró a John y entonces vio la mentira en los ojos de este.

—Hugo no quiere que sepa que su tía regenta un burdel… Es eso, ¿verdad? —dijo Emma mirando a todos los allí presentes—. ¿Tú lo sabías, Johnny? Podíamos habernos ahorrado todo el viaje…

—No, Emma. Lo que le ocurra a Hugo no tiene nada que ver con el hecho de que su familia regente este antro…

—El marica tiene razón, Emmy —dijo Jane cogiendo la pipa de Roux y dándole una calada—. Mi hermanito tiene problemas más notables a los que dedicarle su preciado tiempo…

—¿Cuáles? ¡Dímelos! —exigió Emma.

—¡Claro! ¿Por qué no? —Jane se sentó, con las piernas abiertas y la mirada fija en Emma—.

¿Recuerdas a ese prometido tuyo? ¿El galante señor Seymour?

Pues me ha dejado preñada… y… bueno —Jane se reía—, yo no puedo hacerme cargo del bebé…

por lo que se hará cargo de él mi querido e ilustrado hermanito.

Lo casaremos con Annie, mi prima, que también está embarazada…

, así diremos que tuvo mellizos. Él podrá darle un futuro, aunque sea el hijo de Seymour…

pero no creo que a Hugo le importe, ¿verdad, Emmy?

—¡Serías una ramera, aunque no trabajaras aquí! —escupió Emma—. Tú estás loca, ¿verdad? ¡Maldita bastarda! ¿Cómo puedes hacerle eso a tu propio hermano?

Jane reía ante cada insulto de Emma.

—Jane, nos gustaría hablar con tu madre, por favor —rogó John con calma.

—Madre, quieren hablar contigo —dijo Jane mirando a mistress Roux.

Emma y John se miraron, sin saber cómo iban a salir vivos de allí.

—Perdonad nuestra intromisión en vuestro local —comenzó a parlotear John—.

Solo estábamos preocupados por nuestro amigo…

Ahora ya sabemos el motivo de su pesadumbre.

No queremos causar molestias ni atentar contra vuestro negocio…

Si nos dejáis ir, prometemos no decir nada a nadie sobre lo que se ha hablado aquí…

—Claro que no diréis nada —dijo Roux con voz fría—. Con un par de cartas podríamos destruir lo que tantas generaciones les ha costado a vuestras familias… Vuestros abolengos serían equivalentes a los de una ramera de Whitechapel.

—Pero una última cosa —continuó Jane—. Quiero que os olvidéis de Hugo, ambos. John, tú dejarás de ser su amigo, y tú, Emmy, no volverás a hablarle jamás. ¿Entendido?

John asintió, aunque Emma solo gruñó.

—Ahora fuera de aquí —ordenó Roux tajante.

John esperaba que entrara alguien y los arrastrara hasta un callejón inmundo de meados y, una vez allí, los arrojaran con una inusitada fuerza que les hiciera chocar con el adoquinado inmundo. Pero no ocurrió nada de aquello. Fue tan fácil como levantarse e irse por donde habían venido. Sin más.

Afuera había comenzado a llover. John no había traído paraguas y, al parecer, Emma tampoco.

Fue entonces cuando una figura se les acercó, oculta bajo un paraguas rojo, aunque su paso y elegancia delataba su sexo.

La extraña mujer les entregó su paraguas mientras se volteaba, sin decir nada, sin revelar un ápice de su rostro, ya que lo llevaba oculto con un oscuro velo azulado.

—¿Quién sería? —preguntó John mientras sujetaba el paraguas.

—Esa no es la pregunta —susurró Emma cogiendo una nota atada al mango del paraguas.

—¿Qué pone?

—Flower and Dean Street, medianoche, bufanda roja.

John y Emma se miraron, sin decir nada, sabiendo que iban a ir.