Te odio: La reina del burdel de Londres 5
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Al principio, John no reconoció a Emma. La hermosa y elegante Remington se había vestido con un vestido marrón largo, simple y recatado que le tapaba todo el cuerpo y el color era tan apagado que hacía que Londres fuera luminoso en comparación.

Llevaba unas botas negras de cuero y, en la cabeza, una oscura gorra cuáquera le ocultaba el cabello rojizo.

—¿De qué vas disfrazada? —preguntó John.

—Me gusta pasar desapercibida —murmuró Emma mirando hacia los lados.

—¿Es la primera vez que sales sola?

Emma dudó, luego agachó la cabeza y mintió como una bellaca.

—Yo… he salido con mis amigas alguna que otra vez.

John suspiró, no podía culparla, había que tener mucho valor para aventurarte hacia el interior de las venas del palpitante Londres, aunque fuera hacia un barrio del acomodado West End.

—No te separes de mí en ningún momento —dijo John con voz firme mientras sacaba una pipa.

—No sabía que fumaras.

John prendió la pipa, inhaló el humo y, después de toser de forma estrepitosa, gruñó como lo haría lord North en su butaca a la luz de las llamas.

—Yo tampoco lo sabía… Supongo que nadie lo sabe… hasta que un día empieza a fumar. —John agarró la mano de Emma—. En marcha.

Mientras la extraña pareja se dirigía hacia las iluminadas pero siniestras calles del Soho de Londres, John comenzó a pensar en un plan.

No podía delatar a Hugo, jamás le haría algo así a su querido amigo, por lo que quedaba descartado comentar nada acerca del burdel y de la profesión de madame Belrose.

John debía de inventarse alguna mentira sobre por qué Hugo visitaría un lugar como La Maison de l’Amour .

Una mentira que no implicara destrozar la relación que tenían Hugo y Emma.

—No devuelvas las miradas a los hombres… —murmuró John al ver cómo oscuras figuras ataviadas con levitas negras desviaban sus cabezas y violaban con los ojos a Emma.

—No tengo miedo a esos hombres…, solo temo perder a Hugo.

«Ya somos dos, querida», pensó John con un suspiro.

—¿Hasta dónde tienes pensado llegar con él? Tengo entendido que estás prometida con William.

—Seymour no es problema, ya encontraré el modo de librarme de él… En cuanto a Hugo…

Emma no dijo nada más, tampoco fue necesario. John entendió bien que Emma estaba enamorada de verdad de Hugo, y no la odiaba, solo la envidiaba.

—Déjame hablar a mí. Con suerte quizá pueda encontrar a alguien que nos lleve hasta Jane Belrose o hasta la madre de Hugo… —explicó John una vez estuvieron cerca del burdel.

Emma no contestó.

John tenía que ser franco consigo mismo: iba a interferir en un pacto de matrimonio entre los Remington y los Seymour, además de intentar blanquear a la oscura familia Belrose para Emma; aunque, llegados a aquel punto, John no albergaba ninguna duda de que Emma aceptaría a Hugo aun sabiendo a lo que se dedicaba su familia.

Pero a John lo que verdaderamente le dolía era el hecho de perder a Hugo, aunque sabía que su anhelo era fútil en aquel mundo, que allí no había cabida para su amor.

John tenía una idea diferente de lo que era el amor y también tenía la certeza de que él sería una pieza fundamental en el rompecabezas apasionado entre Emma y Hugo.

No podría poseer a Hugo como a él le gustaría, pero podría hacerle feliz, y ese era, al menos para John, el auténtico significado del amor verdadero.

—¿Qué buscáis aquí dentro? —gruñó un hombre alto ataviado con un oscuro sombrero.

John estaba tan ensimismado en sus pensamientos que no se había percatado de que sus piernas le habían conducido directamente al burdel de Belrose.

«¿Contraseña?», pensó John.

Sí, ahora lo recordaba. Hugo había gruñido algo de que él no necesitaba contraseña, que él era el hijo de Belrose. Pero también recordó que, hasta que Hugo no dijo la contraseña, no lo dejaron pasar.

—Picos pardos —contestó John en un perfecto español.

El portero asintió y les permitió el paso.

—¿Qué le has dicho? —susurró Emma al oído de John.

—Ni idea… pero alguien me dijo que debía decir eso —mintió John.

El lugar era tal y como John lo recordaba, aunque la imagen de lujuria y libertinaje le hizo acordarse de la noche que había ido con Hugo.

—¡Dios mío! —exclamó alterada Emma ante su primera visión de aquel lugar.

—No te asustes… Nadie te invitará a unirte a la fiesta si no quieres —le susurró John para tranquilizarla.

Emma se apretó fuerte contra John.

—No me digas que Jane trabaja aquí. ¿Por eso está así Hugo? ¿Su hermana es una… ramera?

John trató de pensar lo más rápido que pudo, pero al final lo más sencillo fue asentir.

—¡¿Y William lo sabe?! —preguntó Emma alzando las cejas.

John se encogió de hombros.

—Seguro que lo sabe… y seguro que le da igual —gruñó Emma—. ¿Ahora qué, Johnny?

John suspiró. ¿Estaría acaso la hermana de Hugo en el burdel? ¿Qué ocurriría si por mala fortuna acabaran topándose con Hugo? ¿Era aquel plan un absoluto desastre?

Sí, al menos para eso último tenía respuesta. John tenía un buen recuerdo de lady Belrose. Si daba con ella puede que aquel viaje no hubiera sido en balde.

¿Por qué había permitido John que las cosas se salieran tanto de quicio? ¿No hubiera sido mejor que él hubiera hecho de celestino y hubiera intentado convencer a Hugo para que le contara sus problemas, y luego contárselos John a Emma?

No, Hugo jamás haría eso.

¿Pero sacarían algo de aquella gesta? John lo dudaba.

—Deberíamos subir al piso de arriba… aunque no se me ocurre ninguna manera de sortear a los guardias de las escaleras —pensó John en voz alta.

—¿No te sabes más contraseñas?

—No, sé bajar al sótano, aunque no te lo recomiendo.

—Déjame a mí, ven y actúa como un hombre.

—¿Qué quieres decir? Soy un hombre.

—Ya sabes a lo que me refiero, bobo.

«Lo sabe», pensó John.

Emma avanzó hacia las escaleras, con paso firme y sin miramientos.

—¡Vamos, querido! ¡Busquemos algo más de intimidad! —exclamó Emma con una sonrisa en un tono bastante alto.

John fingió una sonrisa de lujuria y apretó contra él el cuerpo esbelto de Emma. Un hombre con una camisa abotonada y oscura les dedicó una mirada recelosa, pero se apartó y los dejó subir. John vio por el rabillo del ojo cómo el mismo hombre le susurraba algo a una chica que pasaba por allí.

«¿Tendrá algo que ver con nosotros? ¿O estará pidiendo algo para él?», pensó John.

—¿Ahora qué? —preguntó Emma.

Un largo pasillo repleto de puertas cerradas se abría ante ellos.

—No lo sé… —murmuró John—. Emma, creo que lo mejor es dejarlo y seguir a Hugo un día hasta su casa…

—¡No podemos dejarlo ahora! —clamó Emma.

—Lo sé, pero…

—¿Os habéis perdido? —preguntó una chica detrás de ellos.

John se giró para ver quién era: se trataba de la mujer que había hablado con el guardia de las escaleras.

—¡No, solo habíamos salido a tomar algo de aire! —mintió Emma cogiendo a John de la mano.

—¿Qué ocurre, Kate? —preguntó otra chica que acababa de salir de una de las habitaciones.

—¿Dónde está madre, Eli? —ordenó Kate—. Estos dos se han colado… y no me fío de ellos.

—Está con… alguien muy importante… No convendría molestarla ahora mismo —susurró Eli con una voz fría—. ¿Qué hacemos con ellos?

John miraba a ambos lados, buscando una manera de escapar de ellas.

—Yo que vosotros me portaría bien —amenazó Kate sacando una afilada daga de debajo de la ropa.

—No pasa nada —titubeó Emma—. Tranquila, ya nos íbamos…

—¡Claro que os vais a largar! —exclamó Eli—. Pero no hasta que lo ordene mistress Roux.

«Mistress Roux es la tía de Hugo», pensó John.

—De acuerdo, llevadnos con lady Roux. Iremos encantados —dijo John de improvisto.

Emma miró a John sin entender nada, pero este le guiñó un ojo, lo que pareció tranquilizar a Emma.

—Eli, condúcelos hasta la habitación contigua, esperaremos allí —ordenó Kate.

Eli asintió, sacó otra daga afilada, idéntica a la de Kate, y les guio con un movimiento del arma.

—Vamos…

John y Emma siguieron los pasos de Eli, flanqueados en la retaguardia por Kate. John sabía que su nuevo objetivo era recopilar información y sobrevivir, aunque ambas cosas dependerían de la relación que tuviera Hugo con su tía.

Eli le indicó con una señal a Kate la habitación donde debía de estar mistress Roux. Kate asintió y, acto seguido, les hizo entrar por una puerta que daba a una habitación contigua.

—Entrad y no abráis el pico —ordenó Kate tocando con la punta de la daga la espalda de John.

Un sudor frío cayó por la nuca de John hasta perderse por su rabadilla. Aquellas meretrices no se andaban con minucias: eran peligrosas de verdad.

John y Emma se sentaron en el sofá, cogidos de la mano. John notó que Emma escondía la otra mano bajo la ropa y, además, se dio cuenta de que no parecía estar asustada.

—… la joven se llama Lily y acaba de alcanzar la edad núbil —se oyó a través de las paredes.

—¿Madame Jeffries? —preguntó Kate en un leve susurro a su hermana Eli, a lo que esta asintió.

Kate alzó las cejas y suspiró.

—El cliente ha solicitado que su virginidad debe venir acreditada por un informe médico —añadió la que debía de ser la tía de Hugo.

—No hay problema, mistress Roux. Le aseguro que contamos con profesionales que le entregarán todo lo que necesite.

—Me importa una mierda que la muchacha sea virgen de verdad o no, madame Jeffries. Lo que realmente me importa es que nuestro cliente se lo crea. Ahora vayamos a lo importante, ¿cuánto me va a costar?

Hubo un silencio que inundó hasta la sala contigua.

—Cómo usted verá, yo no me dedico a ir a los barrios pobres a robar niñas pequeñas… por lo que tengo que pagar también a las personas que hacen ese trabajo sucio por mí…

—¿Cuánto?

—Veinte libras.

—Olvídelo, quédese a la niña y haga con ella lo que quiera. El cliente no me pagará más de diez libras.

—Pues que sean diez libras.

—¡Venga ya, Jeffries! ¿Entonces qué gano yo?

—Está bien… cinco libras. Pero si ocurre algo, si alguien denuncia… o si la niña se muere… no quiero que la mierda me salpique… ¿Ha quedado claro?

—Por supuesto, una vez que pase a ser de mi propiedad, yo quedaré a cargo con todos los problemas. Cinco libras entonces. Ahora mando a una de mis chicas a por el dinero.