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—Tú… podrías ayudarme, ¿verdad? —preguntó Emma.
Emma se sentía sucia y asqueada. No había nada tan desagradable para ella como rebajarse ante Seymour.
—¿Por qué crees que yo puedo ayudarte? ¿Qué me importa a mí lo que le pase al zafio y vulgar de Belrose? —preguntó William con una afilada sonrisa.
—Tú… y su… su hermana… —balbuceó Emma sin saber qué decir.
—Sí, Jane Belrose me gusta, y la veo con frecuencia. Pero ¿qué importa eso?
—Tú puedes concertarme un encuentro con ella… Me gustaría hablar con alguien de su familia.
—¡Claro! ¿Pero qué gano yo con todo esto? Ya tengo a mi esposa de alto abolengo, tú. Y también tengo a mi sensual y ardiente amante, la que calentará mi cama más a menudo. ¿Qué me importan a mí tus dichosos problemas?
Emma se apoyó contra la fría pared de piedra de la universidad mientras veía cómo William se alejaba.
«¿Ya está? ¿Esto es todo lo que puedo hacer por amor? ¿Tan poco significa Hugo Belrose para mí?» pensó, resignada.
Un viento gélido le meció el cabello. Aquel frío le recordó lo que llevaba oculto bajo la ropa, lo que había cogido en la noche cuando su padre había salido y su madre estaba en su cúspide de alcohol y drogas: una exótica daga Khanjar que lord Remington tenía guardada.
¿Para qué la había cogido Emma? Ni ella misma lo sabía.
Cuando estaba pensando en cómo devolverla sin ser descubierta, vio a Hugo. Su amor imposible deambulaba al lado de su fiel e inseparable amigo John North. Emma cayó entonces en la cuenta de que no necesitaba hablar con un familiar de Hugo, solo tenía que preguntarle a John.
Lo pilló en el servicio de caballeros, mientras este se retocaba el cabello.
—Johnny, necesito tu ayuda.
—¡Emma! ¿Qué haces aquí? —preguntó alterado John.
—Johnny, ¿qué le pasa a Hugo? Seguro que tú lo sabes.
John agachó la cabeza, incómodo ante su propia mirada.
—No me cuenta mucho… Solo sé que tiene problemas en casa…
Emma bufó como un jabalí furioso.
—¿Sabes dónde vive Hugo?
John miró su propio reflejo en lugar de mirar a Emma.
—No, nunca he ido a su casa…
—Mientes.
John tragó saliva.
—Llévame a su casa, Johnny, esta noche.
John negó con la cabeza.
—No sé dónde vive, te digo la verdad.
—Necesito hablar con su hermana… o con su madre —imploró Emma.
—William podría ayudarte mejor que yo…
—No seas necio, Johnny. Él hará todo lo posible por no ayudarme. Te lo suplico, por favor…
John suspiró, terminó de lavarse las manos y salió del baño.
—Quedamos esta noche en Piccadilly Circus, a las diez. Ven sola. No te prometo nada, pero sé de un lugar en el que… es posible que nos topemos con algún familiar suyo…
—Gracias, Johnny. Sé lo mucho que te importa Hugo y me alegro de que tenga un buen amigo como tú a su lado.
—Por eso mismo lo hago, Emma. Sé que si no te ayudo harás alguna locura y si te pasara algo por no haberte ayudado… eso destrozaría a Hughie. No quiero verle sufrir, quiero que sea feliz…
John North se fue, sin decir nada. Aunque Emma no necesitó escuchar más, ya que entre enamorados no hacen falta palabras. Ella no era la única que sufría por un amor imposible.