Te odio: La reina del burdel de Londres 3
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—Hoy te encuentro diferente, estás muy callado —señaló Rufus.

Hugo respondió con un gruñido.

—¿Lo ves? A eso me refiero… Normalmente eres un parlanchín odioso, pero hoy no eres más que un fantasma.

—No tengo nada que decirte, Rufus. Ni a ti ni a nadie…

Rufus suspiró.

—Mira, chico —dijo Rufus chasqueando la lengua—. No es que te haya cogido cariño ni nada parecido. Ni tampoco es que vayamos a ser familia por el hecho de fornicar con tu primita. Pero de hombre a hombre, no permitas que las mujeres manipulen tu vida.

—¿Cómo sabes qué mis problemas se deben a las mujeres? —preguntó Hugo, sin alzar la cabeza y con una voz desprovista de emoción.

—Porque esa es la definición de «problema». Todo lo demás son pequeñas molestias, pero las hembras…, ellas son las verdaderas causantes de nuestro sufrimiento… y, por supuesto, de nuestro placer.

—¿Son como la ginebra? —preguntó ensimismado Hugo.

—Sí, solo que la mujer deja peor resaca.

Por primera vez en todo el día, Hugo sonrió.

—Imagino que tú estás casado, Rufus. ¿No tenías ya bastantes problemas con una mujer en tu vida?

La mención a su esposa no alteró los bigotes de Rufus.

—Mi esposa dejó de ser mi mujer hace ya tiempo. Vivimos juntos, compartimos el mismo lecho, pero ya no recuerdo ni su desnudez ni sus labios, ni siquiera una palabra de afecto. No vengo aquí por vicio, ni por depravación, sino por necesidad.

—¿Por qué no la dejas entonces? ¿Por qué continuar con la farsa del matrimonio?

—¿Pero tú te estás escuchando, chico? ¿Crees que a la sociedad le importa acaso nuestro sufrimiento, nuestros sentimientos o nuestros placeres? No, ni mucho menos. A la sociedad solo le importa el reflejo de nuestra alma. Las apariencias, chico, lo son todo en esta vida.

Hugo meditó largo rato sobre aquello que había dicho Rufus. ¿Era aquello cierto? Antes creía que no, pero ahora ya no sabía en qué creer. Su brújula había perdido el norte, no porque no funcionara, sino porque su sol había dejado de brillar.