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En los días siguientes, Hugo se fue comportando de forma cada vez más extraña.
Primero era distante, seguía hablando con Emma, aunque su sonrisa era falsa, y sus palabras, vacías.
Después, justo antes de las vacaciones de Navidad, las sonrisas fueron desapareciendo y las palabras dieron paso a los silencios.
Emma comenzó a sospechar que algo pasaba y, lo peor de todo, era que ella sabía que no era culpa suya.
«No tiene nada que ver con el beso, no podría tenerlo, ¿verdad?», pensaba Emma cada noche.
William Seymour se fue recuperando de las heridas y, aunque Emma ignoraba la razón, había corroborado la versión de que se había caído.
Emma no era tonta y había hilado los acontecimientos hasta suponer que el cambio repentino de Hugo se debía a algo externo, algo que William debía de saber.
Emma no quería tener que deberle nada a William, ni siquiera quería mediar palabra con él.
Por eso lo intentó primero con Hugo, aunque fuera por las malas.
—¿Qué te pasa conmigo? —le preguntó metiéndose en el servicio de los caballeros.
—No deberías estar aquí…
—Responde.
Hugo terminó de lavarse las manos y, sin mirarla siquiera, intentó salir.
—¿Tan malo son mis labios que has decidido que ya no existen para ti?
—Sí, apenas sabes besar —dijo Hugo con una voz fría y sin sentimiento—. Se nota que eres una niña consentida que ha pasado toda su vida leyendo novelas y cuentos, pero que a la hora de la verdad se sonroja ante su propia desnudez…
—¿De qué hablas? Mientes… No haces más que mentirme —titubeó Emma.
—¿Cómo sería fornicar contigo, Emma? ¿Con la luz apagada? ¿Te quitarías siquiera la ropa? No sabes satisfacer los deseos carnales de un hombre… Solo eres una niña rica. —Hugo apartó a Emma, sin suavidad, sin tacto—. Búscate un idiota con el que casarte… En cuanto a mí… olvídame.
—¿No… no… no me quieres? —sollozó Emma.
—No, en todo caso te odio. —Hugo escupió cada palabra, perforando con cada silaba el corazón de Emma—. Odio a las mojigatas como tú.
Aquella noche Emma lloró como ninguna otra en su vida.
Emma sabía en el fondo de su corazón que Hugo mentía, pero si la mentira dolía, más lo haría cuando esta se hiciera verdad.
Si Emma no encontraba la raíz del problema, si no daba con el titiritero cuyos hilos manipulaban a Hugo, entonces descubriría lo que era el verdadero dolor.
Ni la muerte la salvaría, pues moriría dejando a su amado atado a una vida sin ella.
Había algo que, sin que nadie se lo dijera, había descubierto sobre Hugo.
La sangre española le corría por las venas, pero no era ningún noble español.
No, Hugo no era más que un rufián que había sabido ascender en la vida.
Emma lo había visto con sus propios ojos la noche en que casi mataba a William.
Aquel salvajismo no era propio de un joven educado, sino de una bestia que había luchado por sobrevivir en este mundo cruel.
¿Sería eso lo que temía Hugo? ¿Acaso pensaba que a ella le importaría en lo más mínimo su abolengo?
Era posible, al fin y al cabo, vivían en una sociedad donde el apellido era la mayor de las virtudes de un ser humano.
Si se descubría, los Remington jamás permitirían que su hija se casase con un malaje de baja ralea.
¿Qué podía hacer Emma? ¿Qué podía hacer una mojigata como ella?
Hugo había sido capaz de vivir entre ellos, entre los adinerados. ¿Acaso no podía Emma convertirse en una salvaje, en una bestia?
¿Por amor? Claro que podía.