Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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El trayecto en carruaje hasta la enorme y lujosa casa que la familia Belrose tenía en Grosvenor Square fue tan silencioso como una procesión en Semana Santa.

Hugo escrutaba las tinieblas por la ventana, con los puños apretados bajo su levita; su respiración se asemejaba a la de un jabalí y, de forma intermitente, empañaba el cristal del coche.

—Señorita Belrose, señor Belrose, hemos llegado —anunció el cochero—. Son dieciocho chelines.

—Tome una libra, quédese con el cambio —dijo Hugo bajándose del carruaje—. Gracias.

—Gracias a usted, señor Belrose.

Una vez el cochero había doblado la esquina, Hugo agarró a su hermana del brazo y se la llevó al parque que había enfrente de la casa.

—¿No sería mejor hablar en casa? —preguntó Juana intentando zafarse, sin éxito, del agarre de Hugo.

—No sé si Magda y las chicas estarán en el burdel o en casa, y no querría que tuvieran nada que ver con lo que vamos a hablar —contestó Hugo.

—¿Es qué vas a pegarme a mí también? —espetó Juana empujando a Hugo.

—Pero ¡¿acaso eres idiota?! —bramó Hugo furioso—. ¡¿Tú te estás escuchando?!

Hugo deambulaba en círculos, esperando, quizá, que así su enfado fuera disminuyendo poco a poco, pero la ira, como el alcohol en sangre, tardaban largo tiempo en desaparecer.

—Me insultas. Me agarras con dureza. Me dices lo que puedo o no puedo hacer. —Juana escupía cada frase como una serpiente—. Eres tú el que debería mirarse a un espejo.

—¡Solo intentaba protegerte! ¡Creía que ese malnacido estaba abusando de ti!

—Otro igual. —Juana exhaló un largo suspiro—. ¡Yo era la que te estaba protegiendo a ti, idiota!

—¿Cómo? ¿Dejándome en ridículo? ¿Siendo el chisme de toda la universidad cuando se supiera que William se había beneficiado a mi hermanita? ¿Esa es tu forma de proteger el apellido Belrose?

—El apellido Belrose era precisamente lo que iba a proteger. —Juana se acercó y golpeó a Hugo en el pecho con su dedo índice—. Además, iba a ser yo la que tragara mierda. Era mi deber proteger a la familia. Yo iba a sacrificarme por vosotros, por ti.

—¿Cómo? ¿Siendo una puta ramera de Whitechapel?

—¡Sí! ¡Joder! ¡Eso es lo que somos! ¿No?

—Juana estalló y con cada frase golpeaba más y más a Hugo—.

Las mujeres Belrose somos expertas en abrir las piernas para que el señorito se pasee por la universidad como si fuese el maldito rey de España.

¿Qué sabrás tú de sacrificarse? ¿De hacer algo en contra de tu voluntad?

Has acabado siendo aquello que odiaste: un estúpido niño mimado.

—¡No me vengas con sandeces! Seymour no es ninguna amenaza para nosotros. ¿Qué coño puede saber él? Todos los aristócratas engreídos conocen y temen a madre. ¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué cojones te ha podido decir el pusilánime de Seymour para qué te abrieras de piernas?

Juana sonrió, pero no fue una sonrisa dulce.

—Sabe lo de Bertie…

—¿Bertie? ¡¿Y quién diablos es ese?!

—¿Cuánto hace que dejaste de ser Hugo Salamanca?

Te importa una maldita mierda lo que nos ocurra, ¿verdad?

A ti solo te interesa seguir tu jodida vida de niño rico.

Pasearte por los bailes y enseñarles a las niñas malcriadas cómo usa la verga un hombre hecho y derecho.

Estás encantado con tu nueva vida, reconócelo.

¡Pero que no se te olvide que tus dichosos caprichos los sustentamos nosotras con nuestros coños!

Hugo no entendía nada de lo que decía Juana.

—¡¿De qué hablas?! ¡Tú jamás has trabajado como meretriz!

—Ah, ¿no? ¡Porque yo creo que llevo siendo tu puta desde el día en el que te conocí!

Hugo calló. Aquello no era solo por lo que acababa de ocurrir en el baile. Juana estaba sacando todo lo que tenía guardado.

—Vayamos por partes… —murmuró Hugo—. ¿Quién es Bertie y qué ocurre con él?

—Bertie es el hijo de la reina Victoria, por tanto, es el maldito príncipe del Imperio británico.

—¿El príncipe Eduardo? Tendrá como trece años.

—Sí, pero eso no le impide dejar preñadas a las putas con las que jode.

Hugo palideció ante lo que acababa de escuchar; empezaba a entender la situación.

—No me digas que una de nuestras chicas… —murmuró Hugo.

—¡Lo que has oído, mentecato! —exclamó Juana—. Alguien lo trajo al burdel y se encariñó de Annie. El zagal era virgen y Annie lo desvirgó por una ingente suma de dinero. Solo madre, Magda, las chicas y yo sabemos esto. No sé cómo William se ha enterado.

—¿Pero Annie está embarazada de él? ¿Estáis seguras?

—¿Acaso tienes que venir tú a explicarnos por qué nos sangra la raja del coño ahora? ¡Claro qué está segura, imbécil! Annie era virgen. Madre la estaba reservando para alguien importante.

Hugo primero se enfadó, nadie le había comentado nada, pero luego comenzó a elucubrar planes que nadie le había pedido.

—Lo retaré a un duelo y lo mataré…, así zanjaremos el tema —susurró Hugo—. Además, Annie debe abortar… Tener a ese criajo es demasiado peligroso para nuestra familia…

—Ella decidirá si abortará. No tú.

—Madre será la…

—Ella está bajo la protección de Magda, no de madre.

—Y Magda está bajo las órdenes de madre.

Juana bufó.

—Cada día eres más necio. —Juana se dio la vuelta con intención de irse—.

Ya lo sabes todo. William me amenazó con contarlo, sus padres son buenos amigos del rey Alberto.

Si esta información se hiciera pública… no hace falta que te explique las consecuencias.

Fue por eso por lo que accedí a las peticiones de William. No por ti, sino por la familia.

—¿Ya no te importo? Por fin sale a la luz la verdadera Juana…

—¿Cuánto llevas engañándome con la mojigata esa? ¡Eh, Hughie!

Aquello no era posible. ¿Cómo podía saber eso Juana? ¿Le habría dicho algo Rose? No, no podía ser.

—No sé de qué me hablas…

—Siempre creíste que era una niña idiota, guapa pero tonta.

La facilona de Juana. La que se deja meter de todo por su agujero sin rechistar.

Solo me usabas para tus caprichos. Para satisfacer tus deseos, para escapar de Salamanca, para vivir la vida que siempre habías querido.

Di la verdad, Hugo. Lo mejor para ti sería que me hubiera ahogado en el río Tormes.

—Eso no es cierto…

—Basta de mentiras —rugió Juana, furiosa, pero sin alzar la voz—.

Yo te quise, de verdad que te llegué a amar.

Pero ahora te odio. Te odio con todas mis fuerzas.

¿Y sabes qué, Hugo? Ahora me toca a mí joderte a ti.

Ahora me toca a mí ponerte a cuatro patas y darte por culo.

Quieres a esa niñata, ¿verdad? ¡Pues te jodes!

No te vas a librar de mí y no te vas a casar con nadie en tu miserable vida.

Enamórate de ella, retoza con ella, dedícale cada maldito pensamiento de tu vida despreciable, así cuando la mate te dolerá más.

—Si le tocas un pelo a Emma… Juana, te juro que…

—Ah, sí, ¡Emma!… Seguro que William va a disfrutar mucho de ella cuando se casen.

—Hugo se quedó sin palabras—. Sí, me comentó que iba a casarse con la tipeja esa.

Aunque, por alguna razón, el señorito quedó prendado de mí.

También me dijo que yo sería su putita, su amante.

Creo que así mataba dos pájaros de un tiro.

—Pero ¡¿tú de qué lado estás?!

—Del de mi familia, de la que tú ya no formas parte.

—¡Entonces olvídate de mí!

—Una mujer no olvida, se venga. Deberías saberlo, Hughie. Hasta mañana. Nos vemos en casa, supongo.

Juana se marchó sin decir nada más, sin mirar atrás, sin miedo a que Hugo la detuviera.

Hugo sabía que le tenía cogido por los huevos.

En aquel momento había perdido todo por lo que vivir.

Pensó en drogarse hasta morir, en andar hasta el Támesis y ahogarse en sus aguas contaminadas.

Pero entonces recordó a Emma y el beso que se habían dado.

¿Iba a permitir que su pasado fastidiara su futuro?

No, de ninguna manera. El pasado había que enterrarlo y olvidarse de él.

Aunque sabía que las amenazas de Juana no eran en balde.

¿Debía olvidarse de Emma para protegerla?

¿Debía separarse de alguien a la que amaba para que ella pudiera vivir una vida tranquila y feliz? ¿Era aquello el amor verdadero?

Hugo conocía la respuesta y descargó su descontento golpeando con todas sus fuerzas el tronco de un árbol.