Te odio: La reina del burdel de Londres 7
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Emma volvía a ir agarrada de la mano de Hugo, ambos corrían en busca de Jane y William.

¿Por qué no había mencionado Hugo a su hermana nunca? Emma lo ignoraba, aunque ella tampoco le había preguntado si tenía hermanos o hermanas; no podía culparlo.

Una parte egoísta y retorcida de Emma deseaba que Hugo le pegara una paliza a William.

Sabía que estaba mal pensar aquello, pues significaría que la pobre Jane habría sufrido por culpa del depravado de Seymour.

Pero Emma ansiaba ver a Hugo con los puños bañados en sangre, a William con la nariz rota, de rodillas y suplicando piedad.

¿Residía aquella maldad en todas las mentes femeninas? ¿Era aquel pensamiento propio del ser humano enamorado? ¿Era ella una persona especial?

Emma había leído mucho, pero no tenía ni idea de la vida, ni del amor, ni de la venganza, y mucho menos de la maldad humana. Ella no era más que una niña mimada que tenía prohibido deambular por el East End sola y que tampoco podía ir a ningún lugar público sin su carabina.

¿Qué sabía una joven como ella de los valores de la vida real? ¿Del verdadero Londres? ¿De los hombres? Nada, Emma no sabía nada.

Por eso se aferró con fuerza a la mano de Hugo.

Durante todo este tiempo había nadado a la deriva en aquel oscuro océano que era la vida, pero ahora tenía un tiburón al que agarrarse.

¿O era ella el tiburón? ¿Era ella la que había olido la sangre y ya no iba a soltar a su presa?

¿Cuán lejos estaba dispuesta a llegar por Hugo Belrose?

—¡Es aquí! —señaló John apuntando a una cabaña que debía de servir para los jardineros—. Lo vi arrastrarla hasta aquí.

Hugo soltó la mano de Emma y, sin dudarlo, pateó la puerta.

Dentro de la cabaña, iluminada por la luz de la luna que atravesaba los ventanales, estaban Jane y William, semidesnudos y retozando.

—¡Jane! —gritó Hugo entrando como un toro.

—¡Hu… Hu… go! —gritó Jane tapándose los senos con el vestido y apartándose de William.

—¿Qué haces aquí, Hughie? Largo de… —empezó a mandar William.

No le dio tiempo a terminar de hablar.

Hugo Belrose hundió su puño en la barbilla de Seymour y lo lanzó contra la pared de madera. El choque provocó que el arrogante William cayera al suelo. Hugo podía haberlo dejado ahí, pero se agachó y siguió golpeando a su contrincante indefenso.

—¡Hugo! ¡Para! —gritaron Jane y John a la vez.

«No pares, sigue», pensó Emma.

Los golpes se sucedían unos a otros, como un martillo contra un clavo, con una fuerza y ritmo firmes. Entre golpe y golpe, Hugo siempre esperaba el mismo tiempo, como si fuera un artista cuya habilidad fuera apalear.

William Seymour siempre se había jactado de ser un hombre rico y atractivo; ahora solo podría presumir de dinero.

John se armó de valor y consiguió, con la ayuda de Jane, sujetar a Hugo.

Fue entonces cuando Emma echó un vistazo al resultado: era excelente.

William tenía la cara ensangrentada, la nariz torcida, los labios rotos y las mejillas hinchadas.

Apenas podía articular palabra. Si no hubieran parado a Hugo, lo habría acabado matando.

«Mejor lisiado que muerto», pensó Emma.

Emma sabía que no podía sonreír en público. No, ella era una dama. Debía fingir preocupación.

—¿Te ha hecho daño? —preguntó Emma a Jane.

—¿No tienes ojos? ¿Tú has visto que me estuviera haciendo daño? ¡¿Además, tú quién coño eres?! —espetó Jane muy enfadada.

—¡La puta que me parió, Jane! —exclamó Hugo cogiendo a su hermana por los hombros con fuerza—. ¡¿Acaso estás sugiriendo que habías accedido a fornicar con este tipo?!

—¿A ti qué te importa con quién joda o deje de joder yo? —Jane empujó a Hugo y lo mandó contra John—. ¡Ni que fueras mi puto padre!

—Ya hablaremos tú y yo en casa… —gruñó Hugo con un tono amenazador.

—¿Qué hacemos con… él? —preguntó John señalando al suelo—. Sus padres harán preguntas. Muchas preguntas.

—Se ha caído por las escaleras y se ha golpeado contra las piedras del jardín —dijo Hugo saliendo de la cabaña—. ¿Verdad, Emma? Tú estabas con él, tú lo viste. ¿No?

Emma se quedó atónita. ¿Esperaba Hugo que ella mintiera por él? ¿Era ella acaso su marioneta? Su mente dudaba, pero su corazón no.

—Claro, William y yo estábamos solos, buscando algo de intimidad. Estaba muy oscuro y… fue cuando pasó —contestó Emma por instinto.

—Bien, gracias —dijo Hugo sin mirarla—. Yo estaba con John y mi hermana, intentando formalizar su relación. Eso diremos. ¿Johnny? —John asintió sin dudarlo—. Jane y yo nos vamos sin decir nada a nadie. Ya hablaremos en clase.

Emma no dijo nada más. Solo vio cómo Hugo y Jane se alejaban.

Luego, John la ayudó a llevar a William hasta el lugar dónde supuestamente se había caído.

Llamaron a los padres de William. Comenzó a llegar mucha gente para ver al chico y, cómo no, había varios médicos en la sala que lo atendieron.

La gente murmuraba. La versión de Emma avivó los rumores. En definitiva, fue una noche magnífica.