Te odio: La reina del burdel de Londres 6
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La música estaba sonando cuando Hugo la había visto: ella estaba inmóvil, inerte en una esquina; iba vestida con un hermoso vestido y un corsé tan apretado como el puño de Hugo.

¿Dónde estaban Juana y John?

A Hugo le daba igual.

¿Dónde estaba William, el acompañante de Emma?

¿A quién le importaba?

Madame Belrose había aparecido como un fantasma y le había susurrado al oído un lamento frío: «Voy a conocer a los padres de tu querida Emma». Hugo no había visto todavía a los Remington, ni deseaba verlos, no hasta que Emma fuera de blanco.

Se había acercado a ella, ¿con qué intención?

No lo recordaba.

Solo sabía que quería bailar con ella, danzar como un pájaro macho que corteja a la hembra, colorida y emplumada.

Hugo era un rebelde, pero en aquel momento deseaba obedecer los designios de la naturaleza; anhelaba dejarse llevar por sus instintos primarios y copular con aquella mujer, allí mismo, delante de todos.

Sabía que no podía, que no debía hacer nada delante del público.

«¿Por eso la rapté? ¿Por eso me la llevé lejos de la mirada de los demás? ¿Por qué ella no se zafó? ¿Por qué no gritó ni me insultó? ¿Por qué me siguió?», pensó Hugo.

¿Acaso importaba? ¿Cuándo le han importado las respuestas a aquellos que ya han conseguido su objetivo? ¿Saber la razón cambiaría algo?

No.

Hugo prefería disfrutar del momento, de aquel beso, de aquel recuerdo eterno, inextinguible para su memoria.

Emma había tomado la iniciativa. Hugo le rodeaba la cintura con sus brazos y se deleitaba con la miel de sus labios.

Aquel beso fue diferente al del bosque porque no había sido robado, porque procedía de los deseos de la hembra.

Ellas eran las adalides del amor, las diosas terrenales que los hombres temían y encadenaban por miedo.

¿Qué temían los hombres?

Hugo lo entendió en aquel momento, con aquel beso.

Él ya no tenía posesión de su cuerpo, de sus decisiones ni de su vida. Ahora él pertenecía a aquella mujer, a una forma de vida candente que se movía e iluminaba tanto como el propio sol. No, aquel era su sol, su estrella. La que le decía cuando acababa el día y cuando comenzaba la noche.

Aquel era el poder de la mujer, de las hembras que antaño dominaron el mundo, de las dadoras de vida.

Nada escapaba de sus labios. Los hombres creían conquistarlas, pero era una falacia permitida por ellas.

No se puede conquistar el amor de una mujer, sería como encerrar al sol dentro de una lámpara.

Hugo no quería despegarse de los labios de Emma, no quería que se hiciera de noche en su corazón. No importaba que la luna brillara en el firmamento, jamás podría igualar el calor de Emma. Quería que aquel beso fuera eterno, pero lo único eterno en este mundo era el amor.

Primero oyó los pasos, luego la voz y, por último, un toque en la espalda.

—Hugo…

Hugo no necesitó mirar hacia atrás para saber que se trataba de John North.

«¿Nos habrá visto Juana?», fue el primer pensamiento de Hugo.

—No es buen momento, Johnny —gruñó Hugo.

—Lo sé y lo siento en el alma. —John jadeaba—. Es Jane…

«Mierda», pensó Hugo.

—¿Quién es Jane? —preguntó Emma.

—Mi hermana. ¿Qué ha ocurrido?

«Dilo, Johnny. Hazlo rápido, es hora de acabar ya con este tormento», pensó Hugo apretando los puños y cogiendo aire.

—William… William Seymour me vio bailando con ella y…y… él… se… se la llevó a la fuerza —balbuceó John.

«Al menos no nos ha visto», pensó la parte egoísta de Hugo con un suspiro.

—No me importa que baile con el idiota de Seymour —masculló Hugo.

—No va a bailar con ella, Hugo —intervino Emma—. William es un hombre horrible y depravado… Él intentará abusar de ella. Lo sé.

La Juana que Hugo conocía le clavaría un tenedor en el ojo al primero que intentara tocarla sin su consentimiento. ¿Acaso William sabía algo capaz de hacer a Juana agachar la cabeza y tragar? ¿Había chantajeado el idiota de Seymour a Juana?

Eso no importaba ahora. Puede que Hugo ya hubiera decidido romper con Juana y, de hecho, aquel beso lo había ratificado.

Él amaba a Emma y solo a Emma. Pero una cosa era amar a Emma y otra desearle algún mal a la que había sido su acompañante desde los inicios de su vida.

No permitiría que nadie le hiciera daño a Juana, además, a ojos de todo el mundo, era su hermana.

¿Qué hombre permite que le hagan daño a su hermana?

Ninguno que merezca llamarse a sí mismo «hombre».

—¿Sabes dónde están? —preguntó Emma.

John asintió con premura.

—Llévame hasta ellos —ordenó Hugo.