Te odio: La reina del burdel de Londres 5
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«Esto no está bien», pensó Emma.

El corazón le latía con frenesí, al ritmo de la música que emanaba de los timbales del corazón del palacio.

Con cada paso que daba sentía la sangre bullir por cada vena de su cuerpo, ardiente y acalorado.

Los pies, descalzos y en contacto con el suelo sin alfombras de aquella zona alejada, le proporcionaba un frío reconfortante que le hacía recordar dónde estaba la tierra que pisaba, dónde estaban las leyes y cimientos en los que debía de basarse la vida que debía de vivir Emma Remington.

Llevaba los zapatos en la mano. No debía perderlos, no sería propio de una dama. Su otra mano se había unido a un destino incierto y Emma, atada por los nudos del deseo y la rebeldía, seguía las riendas de un caballo desbocado que no era otro que Hugo Belrose.

Corrían por pasillos de cristal, sus respiraciones rebotaban en las paredes, al compás de sus pasos apresurados. Hugo apretaba la mano de Emma con firmeza, como si estuviera en un precipicio y él fuera su única salvación.

«¿A dónde me lleva? ¿A dónde nos llevará esto? ¿Por qué no me importa?», pensaba Emma con una sonrisa.

Hugo no conocía aquel lugar, al menos no debería.

Emma sabía que tenía que moverse por instinto, como un ladronzuelo entre callejas desconocidas.

Pero Emma confiaba en él, confiaba en que, si las cosas se torcían, Hugo pelearía por ella, lucharía e, incluso, moriría por ella.

A diferencia de William, Hugo no pretendía someterla ni imponer su yugo, sino conquistar su amor, ser suyo, besar sus pies y adorarla.

Eso era lo que ella buscaba en su afán de diosa griega; Emma deseaba ser alabada, reverenciada, ser la protagonista de los pensamientos de Hugo, ser su razón para vivir o su razón para morir.

Salieron al jardín. El viento nocturno les meció los cabellos y la hierba húmeda les provocó a ambos el mismo escalofrío.

¿O quizá fuera debido al éxtasis del momento?

Emma no había probado nunca las drogas, pero intuía que ninguna podría competir en adicción, placer y remordimiento con el todopoderoso amor.

Hugo la condujo hasta la orilla del lago y, una vez vieron sus rostros reflejados en las aguas, se miraron el uno al otro. Emma no había hablado en toda la noche con él. ¿Cómo había sabido Hugo Belrose que necesitaba salir de aquella jaula de cristal? ¿Qué podía decirle en ese instante?

Nada.

En aquel momento cualquier cosa que dijeran estropearía la magia, destruiría el recuerdo. Sobraban las palabras, pues, la lengua es esclava del corazón y este le dice cuándo hablar o cuándo besar.

Debía ser ella, esta vez le tocaba a Emma, él lo había prometido: jamás volvería a besarla sino salía de ella y a Emma le gustaban los hombres que cumplían su palabra.

La luna reflejó su esencia sobre el agua. Emma atrajo a Hugo hacia su cuerpo y le despojó de su sombrero mientras ella arrojaba sus zapatos también a la hierba.

Emma le miró a los ojos y, sin más preámbulos, le besó.

Sin decir nada, diciéndolo todo.