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—¡Este sitio es magnífico, Hugo! —exclamó Juana aferrada a su brazo.
—Solo es un edificio de cristal, Juana —murmuró Hugo.
Un codazo en las costillas le indicó a Hugo que, si iba a usar la lengua, debía ser para decir algo de provecho.
Hugo, Juana y madame Belrose habían entrado juntos, aunque Rose se había esfumado nada más pisar el suelo alfombrado del salón en busca de aristócratas con dinero de sobra y frustraciones sexuales.
A diferencia del frío invernal que llenaba las callejuelas londinenses, el Crystal Palace era un horno con un infinito verano en su interior.
Cientos de lámparas de bronce pululaban por toda la estancia y, en el centro, una gigantesca lámpara de araña pendía sobre lujosos vestidos y falsas risotadas.
Hacía más calor allí dentro que en el burdel de madame Belrose.
Luego estaba la música. Hugo no era precisamente un fanático de las orquestas de piano, violín y demás parafernalias; prefería una guitarra española a la luz de la lumbre junto a una botella de aguardiente.
Pero allí estaba un tipo de pelo largo, barba rasurada y rostro duro que dirigía al grupo de músicos con lo que parecía una varita mágica.
—¿No me vas a presentar a tus amigos? —preguntó Juana mirando a ambos lados.
—No veo a ninguno… —mintió Hugo.
Justo enfrente de ellos estaban Arthur Russell y Margaret Howard, junto a Harold Courtenay y Sarah Campbell.
Las parejas charlaban, reían y se profesaban miradas cómplices, pellizcos y caricias.
Hugo, en cambio, había acudido con la que formalmente era su hermana y, si alguien los veía mostrándose algo de cariño, sería su ruina y la de madame Belrose. Más le valía a Juana comportarse.
—¡Hughie! —gritó John de lejos alzando la mano.
Hugo agarró a Juana y la intentó llevar hacia otro lado, con la excusa de comer algo antes del baile, pero John no se dio por vencido.
—Señor mío, parece que huye de mí —saludó John con su agradable tono—. ¿Quizá tema que le robe a su querida hermanita?
Hugo respondió con un gruñido, mientras que Juana sonrió e incluso se sonrojó ante el halago de John.
—Johnny, te presento a mi hermana… —Hugo miró a Juana y sabía que si la presentaba como Juana recibiría una patada en sus partes pudientes—… Jane Belrose.
—Es un placer, señorita Belrose —dijo John cogiéndole la mano y besándola con dulzura.
Hugo, en aquel momento, mientras veía como adulaban a su «hermana», tuvo una fugaz, pervertida e inmoral idea: si prometía a Juana con alguno de aquellos ricachones podría dejarla diciendo que era por el bien de ella, para que tuviera un futuro mejor.
Él se escaquearía con clase, luego se iría con Emma, argumentando que la habría conocido después de dejar a Juana, y todos serían felices.
Por primera vez en aquel día, Hugo sonrió.
—¡Johnny! ¡Johnny! —vociferó Hugo mientras palmeaba el hombro de su amigo—. Creo recordar que no conseguiste pareja para el baile, ¿verdad? Mi hermana es una excelente bailarina y arde en deseos de conocer el océano por el que tú nadas. Tienes mi venia para agasajarla como se merece.
—Me halagas, querido amigo —respondió John—. Será un placer.
John extendió el brazo como si fuera un jarrón a modo de invitación.
—Ven, querida, disfrutemos de la música del gran Franz Liszt, venido expresamente desde Weimar para tocar para nosotros.
Juana ni miró a Hugo, se cogió del brazo de John y comenzó a pavonearse como una dama de la alta sociedad. En el fondo, ella siempre había querido salir un poco de casa y del burdel, cosa a la que Hugo se negaba una y otra vez.
Hugo no era un buen amante ni sería un buen esposo, ni siquiera era un buen hermano falso. Aunque sí era un buen embustero, egoísta y descarado bribón que pretendía robarle a los Remington su única hija.
«Cada uno tiene que saber sus puntos fuertes. Mentir a los demás está bien, pero a uno mismo es imperdonable», pensó Hugo buscando a Emma como una abeja en busca de una flor.