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El Crystal Palace resplandecía en Sydenham Hill bajo la luz de la luna londinense; aquella noche no había nubes en el firmamento, solo estrellas brillantes. Era como si Londres le hubiera dado un respiro a su cielo encapotado y, por una noche, hubiera decidido regalar algo de luz a sus habitantes.
Los North tenían buena relación con Alberto. Además, Joseph Paxton y Henry Cole eran buenos amigos de Victor North, por lo que era de esperar que su gran baile del año acabara celebrándose algún día en aquel palacio majestuoso.
«¿Qué mejor forma de inaugurarlo que con un baile?», pensó Emma.
Junto a su nada caballeroso acompañante, llegó hasta los fastuosos jardines que rodeaban el lugar.
Un pequeño lago que reflejaba el brillo fantasmagórico de aquella noche añadía un toque de magia al ambiente.
Además, para completar lo increíble de aquel sitio, habían rodeado las aguas con asombrosas e intimidantes figuras de dinosaurios.
—¿Has visto esos bichos monstruosos? —preguntó William mientras apretaba a Emma contra su cuerpo.
«Lo único monstruoso aquí eres tú», pensó Emma.
—Son dinosaurios —aclaró Emma—, animales extintos hace ya mucho tiempo.
—Lo sé, ¿acaso piensas que soy idiota? Voy a la misma universidad que tú.
—No me digas… Ya decía yo que me sonabas de algo.
William apretó aún con más fuerza la tenaza de su brazo, haciéndole daño a Emma, aunque esta no se quejó; no le iba a dar esa satisfacción.
—Tienes suerte de ser una Remington —espetó William—. Si fueras una pobretona del East End, nadie te querría ni para aliviar la polla. Las mujeres decentes saben cerrar la boca.
—Y los hombres decentes no hacen daño a las mujeres.
—No quiero hacerte daño, eres tú la que me obliga.
—Y yo no quiero estar contigo, eres tú el que me obliga.
William resopló, quizá su masculinidad le estaba implorando que abofeteara a su hermosa acompañante, pero no era tan idiota como para no saber que un ojo morado atraería demasiadas preguntas.
Además, los padres de Emma también asistirían al baile.
Aunque Emma intuía que su padre aprobaría el comportamiento de William.
Al fin y al cabo, lo único que le importaba a lord Remington era su apellido, no la felicidad de su hija.
Emma intentaba no culpar a su padre, aunque no se lo ponía fácil.
Edward Remington era un hombre atado a las costumbres de su época, pero su madre era otro cantar.
Ella debería protegerla de aquellas costumbres, tendría que velar por la seguridad de su hija y por su bienestar.
Sin embargo, Evelyn Remington era una adúltera, borracha y drogadicta que para nada representaba el papel de esposa ideal.
¿Por qué no apoyaba a su hija? ¿Por qué condenarla a repetir los mismos errores que había cometido ella?
Emma resopló, ya nada le importaba, lo había decidido: confesaría a Hugo sus sentimientos y haría el amor con él, sin pasar por la iglesia, sin preámbulos ni estupideces.
Como una ramera del Soho, se abriría de piernas y perdería la virginidad.
No sería la esposa de ningún aristócrata idiota, no seguiría empujando la rueda del cristianismo y los valores arcaicos que ensombrecían Londres más que sus nubes.
Estaba harta: rompería las cadenas y, si era necesario, se ahorcaría con ellas o se ahogaría en las oscuras aguas del lago, pero al menos lo haría con el corazón palpitando de placer.
—Hemos llegado —dijo William remarcando lo obvio.
—Señorita Remington, señor Seymour —saludó el ujier con un ademán de su alto sombrero de copa—. Sus familias ya han entrado. Pueden pasar por aquí, mi ayudante les acompañará. Bienvenidos al Crystal Palace.