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—¡Estate quieto! —gruñó Juana mientras le ataba la corbata a su compañero.
Hugo bufaba y se revolvía como un arenque, harto y hastiado del evento al que todavía ni había asistido.
—De verdad que no es necesario que vayamos, Juana —murmuró Hugo.
—Pero ¡¿qué dices?! —chilló ella estrechando el nudo tan fuerte que Hugo apenas podía respirar—. Si ardo en deseos de conocer a tus amigos de la universidad.
—Juana…, me ahogo —dijo Hugo con la voz quebrada.
—Eso es que está bien atada —zanjó Juana mientras se ponía de espaldas a Hugo—. Ayúdame con el corsé.
—Solo tengo un amigo en la universidad y dudo que tengas algo interesante de lo que hablar con él —dijo Hugo mientras aflojaba su corbata y le ataba con suavidad el corsé.
—¡Perdóname por no ser tan intelectual como tus amigos! ¡Es una pena que mientras tú te vas a leer y a aprender cosas nuevas yo tenga que estar aquí trabajando como una esclava!
—Juana, yo no he dicho eso…
—¡Deja de llamarme Juana de una maldita vez! —Juana se dio la vuelta y clavó su ceñuda mirada en Hugo—. Soy Jane, joder.
—Como quieras, Juana —añadió Hugo sabiendo que, en cuanto se diera la vuelta, Juana le propinaría una fuerte colleja.
El golpe no fue doloroso, no tanto como el hecho de que no había manera de escaquearse del dichoso baile de John North; por si fuera poco, madame Belrose también asistiría al evento en su personaje inventado de viuda adinerada dedicada al diseño de moda.
Hugo había hablado con Jack Black para que inundara el Crystal Palace de ratas y así, quizá, se cancelaría el baile; pero la madame había sido más lista y había pagado a Black para disuadirlo.
El joven salmantino se miró al espejo y suspiró, al fin y al cabo, esta sería su última noche en Londres.
Tendría que presentar a su hermana Juana en sociedad y, por tanto, a Emma.
La señorita Remington, además de hermosa, no era tonta: haría preguntas.
Juana, igual de astuta y mucho más pícara, también haría preguntas en cuanto conociera a Emma.
¿Le pediría Hugo un baile a Emma? ¿Le pediría Emma un baile a él?
Ya nada importaba, Juana acabaría matándolo en cuanto confesara su amor por Emma.
Su única salida era dar rienda suelta al perillán que llevaba dentro, al ladino ser que era en realidad Hugo Salamanca, para así embelecar a todos los que se interpusieran en su camino y en los designios de su corazón.