Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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Emma contemplaba su cuerpo desnudo frente al espejo.

Estaba sola. Nadie más que ella escrutaba sus pequeños, aunque firmes senos; solo sus delgados y finos dedos acariciaban la curva de su cintura; el bello del pubis era del mismo color que el de su cabellera y los labios inferiores compartían las mismas aspiraciones que los rosados de su rostro: ser besados por Hugo Belrose.

—¿Señorita Emma? —preguntó Esperanza llamando a la puerta.

—Un momento.

Emma sabía que necesitaba ayuda para vestirse, pero antes de eso hundió sus dedos entre sus muslos y comprobó que aquella noche quería bailar más de un tipo de danza.

«Aunque ninguna será con William», pensó mientras le daba paso a su asistenta.

Tuvo que venir también Manuela a ayudar, ya que el pomposo vestido requería de más manos. Además, el corsé debía ir bien apretado para resaltar la cintura y los pechos de la dama.

—No puedo casi ni respirar —se quejó Emma.

—Eso significa que está bien apretado, señorita —contestó Esperanza.

Emma volvió a mirarse al espejo: una larga falda oscura emanaba del corsé hasta besar el suelo alfombrado de su habitación. Por encima de la asfixiante prenda crecía una sedosa tela blanca que tapaba cada poro de la piel de la señorita Remington.

—¿Creéis que le gustará a mi pareja? —preguntó Emma pensando en su verdadera pareja.

—El señorito Seymour caerá rendido a sus pies —contestó Manuela.

—No solo él, sino cualquier mozo que pose su mirada en vos —añadió Esperanza.

Emma se mordió el labio y miró con un gesto lascivo el rostro que tenía frente a ella: su reflejo le devolvió la mirada.

Emma sabía cómo romper el futuro matrimonio con William.

Esta noche haría llorar a su padre tanto como había llorado Pleberio por Melibea; su hermosa flor estaba a punto de ser desflorada.