7
—Dios tendrá sus iglesias, pero nosotros tenemos a Satanás —se jactó Hugo extendiendo los brazos.
A diferencia de la lujosa y estrafalaria decoración de los pisos superiores del burdel, el sótano no lucía techos estucados ni pintados por artistas.
Las columnas de estilo rococó daban paso a vigas de cemento bruto; las alfombras egipcias se habían convertido en tablas de madera; las encimeras de mármol que relucían en el piso superior eran ahora de hierro oscuro; las lámparas de bronce que iluminaban las pasiones prohibidas eran insignificantes con las llamas de las hogueras que, esparcidas por las esquinas, mostraban las depravadas perversiones de la especie humana.
En aquel lugar no había tapices orientales, sino esclavas sexuales de Oriente; todas eran mujeres jóvenes en edad núbil, que, semidesnudas, deambulaban por aquella estancia sirviendo copas de licores no tan populares para el londinense medio: la cerveza daba paso al vino, y la ginebra al whisky.
Para aquellos que buscaban algo más fuerte, podían tumbarse en colchones esparcidos por el suelo, donde las trabajadoras les servían opio, cánnabis y morfina.
Los que preferían jarana y jaleo se hallaban en otra zona, provista con barriles repletos de pequeñas cápsulas que contenían belladona y ayahuasca de las que el cliente podía servirse a placer, siempre bajo la supervisión de los pechos de alguna oriental.
Estos eran los clientes más numerosos y asiduos, aquellos a los que no les interesaban tanto las pasiones de la carne, sino que preferían tener un espectáculo con buenas vistas.
—¿Qué prefieres ver? —preguntó Hugo.
John se agarró fuerte del brazo de Hugo, cosa que sorprendió a este, pero entendía el miedo de su amigo.
—Nada cerca de los opiómanos, por favor.
—Está bien, iremos a ver las apuestas.
Hugo se dirigió hacia los corrales de pelea. Miraban a los muchachos con los ojos desorbitados, pero Hugo era muy famoso allí abajo, ya que Rose y Magda no se dejaban ver mucho por allí y él era la cara visible de aquel tugurio: aquellos eran sus dominios.
—¿Sobre qué apuestan? —preguntó John mirando con nerviosismo hacia todos lados.
—Hay tres tipos de apuestas. Primero, tenemos la clásica pelea entre machos.
Dos hombres, sin camiseta, dándose mamporros hasta que uno de los dos se desmaya.
Luego, para los que buscan más acción, está la pelea de gallos, aunque se ha prohibido hace algunos años, la gente sigue queriendo ver sangre.
Pero, sin duda alguna, la preferida por todos es la matanza de las ratas.
—¿Ratas? —titubeó John.
—A montones. Ven, te enseñaré cómo funciona.
Hugo condujo a su amigo hacia una algarabía de hombres donde una perfumada y hermosa joven apuntaba las apuestas y recogía el dinero.
—¿Quieres apostar? —preguntó Hugo a su amigo.
—¿Qué se apuesta?
—¿Ves aquel terrier de allí? —John asintió—.
Es Billie, el perro del burdel, y el populacho apuesta a cuantas ratas es capaz de matar en cinco minutos.
Nuestro buen amigo Ollie irá sacando ratas de aquella jaula y colocándolas en el centro del cercado.
—Hugo señaló a una jaula repleta de ratas dónde un jovenzuelo se rascaba las mejillas mientras sus ojos resplandecían en la oscuridad—. ¡Ollie! ¡Ollie! ¿Cómo van las apuestas?
—¡Entre cincuenta y doscientas ratas, señor Belrose! —gritó Ollie.
—¿Qué pasa si pierden la apuesta? —preguntó John cada vez más interesado.
—El burdel se queda con las libras, por supuesto —aclaró Hugo—. ¡Ollie! ¿Quién ha apostado más fuerte?
—¡Lord Gladstone apostó que mataba doscientas, lord Derby dice que matará ciento cincuenta, lord Aberdeen que tan solo matará cien y Rufus apuesta por cincuenta!
La muchedumbre, cuyos sombreros de copa seguían sobre sus acaloradas y sudadas cabezas, discutían a gritos entre ellos.
—¡Palmerstone, apueste de una maldita vez!
—¡Bah, debía de haberme ido con Dizzy a dónde demonios haya ido él!
—Hugo… Hugo, ¿tú… sabes lo importante que es esta gente? —preguntó John con los ojos desorbitados.
—Pues claro, ¿no te dije que el apellido Belrose se susurra en las altas esferas? ¡Rufus! Veo que esta noche eres muy precavido. No quieres ver más sangre hoy, ¿verdad? —Hugo comenzó a reírse mientras le daba unos golpes a Rufus en la espalda.
—No soy tan idiota como para no saber lo que tramas, Belrose —contestó Rufus con su jovial tono de enfadado—. Sé quién es el hombre de la esquina.
John siguió la mirada de Rufus hasta toparse con un hombre bañado por la oscuridad.
Llevaba un sombrero de copa oscuro, abrigo verde, chaleco escarlata y calzones.
Tenía una barba frondosa y oscura, aunque lo más llamativo de su figura era la banda que cruzaba su pecho, sobre la cual resplandecían dos ratas forjadas de hierro.
—Jack Black —murmuró Rufus.
—¡Jackie! —exclamó Hugo nada más verlo—. ¡Espero que tú no hayas apostado, bribón!
Jack sacó a relucir su blanca sonrisa.
—Solo apostaría si fuera yo el que tuviera que matar a las ratas —contestó.
Hugo estalló en carcajadas y le dio un profundo abrazo a Jack.
—Te he traído una buena camada, el perro no matará más de treinta —susurró Jack al oído de Hugo.
—Mi madre te dará lo acordado, además, puedes quedarte con Billie, después de esta noche nadie querrá apostar más por él.
Jack asintió y volvió a hundir su rostro en las sombras.
Hugo volvió hacia North, iba a decirle que si quería sembrar el caos en su maravilloso baile solo tenía que llamar a Jack Black, pero entonces vio cómo una figura enmascarada robaba la atención de su amigo.
Las máscaras de nada valían allí abajo. Hugo conocía todas las sombras de cada persona, y aquella era, sin duda, madame Belrose.
«¿Por qué irá tras una máscara?», pensó Hugo, ceñudo.
—¿Te está molestando, Johnny? —intervino Hugo.
—No, Hughie, tranquilo —respondió John con una sonrisa—. Está siendo muy amable conmigo.
—Deberías calmarte, Hughie. Solo estaba conociendo a tu amigo —respondió con una voz melosa la enmascarada madre de Hugo—. ¿Por qué no vamos los tres a un sitio más tranquilo?
John North palideció ante aquel ofrecimiento, ya que él debió de pensar que era para hacer algo que, de solo pensarlo, a Hugo le entraban ganas de vomitar.
Hugo sabía que tenía que responder que no, pero intuía que su madre tramaba algo, y era mejor no enfrentarse a ella; bajo ningún concepto se podía ganar a madame Belrose en el juego de la vida.
—Claro, te seguimos —masculló Hugo.
—Hugo, Hugo… ¿A dónde vamos? ¿No nos quedamos a ver lo de las ratas? —titubeó un sonrojado John.
—Tranquilo, no muerde —respondió Hugo siguiendo a la enmascarada.
Madame Belrose los condujo hasta el piso de arriba, pero en lugar de salir por donde habían entrado usaron una de las tantas salidas ocultas.
Llegaron a una habitación iluminada por lámparas de bronce, decorada con alfombras sedosas y tapices orientales.
La madre de Hugo se sentó en un sillón acolchado, se despojó de su máscara y sonrió; acto seguido, se sirvió un whisky irlandés y bebió sin prestar atención a sus invitados.
—John, te presento a mi madre. Rose, o como la conocen en las altas esferas, madame Belrose.
—Es un placer conocerla, hermosa dama —saludó John con una sutil reverencia.
Un North reverenciando a una Belrose, aquello era el mundo al revés.
—Lo mismo digo, joven North —dijo Rose—. Tus padres son unos preciados amigos para mí, y no me gustaría manchar nuestra amistad con las travesuras de mi hijo.
—Hugo solo me estaba enseñando el pub —dijo nervioso John.
—Un pub es el Trafalgar Tavern , esto, querido, como has podido observar, no es un pub.
John asintió dejando escapar una pequeña carcajada.
—¡Hughie! —dijo Rose haciendo énfasis en el cariñoso mote que ella parecía desconocer—. ¿No me digas que has invitado al joven North para que nos invite a su preciado y anhelado baile en el Crystal Palace?
—No, lady Belrose. Vuestra familia estaba invitada desde un principio.
—¡Ah, entiendo! —Rose volvió a beber de su vaso de cristal—. ¿Entonces por qué pretendes asustar al joven North, Hughie?
—¡Madre! Ya vale… —contestó enfadado Hugo.
—¿Por qué no quieres ir con tu familia al baile, hijo?
—¡Lo sabes de sobra! —gruñó Hugo.
—Es por Emma Remington, señora —intervino John.
Madame Belrose soltó una pequeña risotada y volvió a beber su whisky.
—Sé lo de la señorita Remington, ¿pero sabes tú, Johnny, lo de Jane Belrose? —Rose alzó una ceja y miró por el rabillo del ojo a su hijo.
Hugo estaba furioso, apretaba los puños y miraba ceñudo a su madre.
—¿Tienes una hermana? —preguntó John—. Puedes traerla al baile si quieres, por mí no hay problema.
—¡Oh!, claro que Jane irá al baile, ¿verdad, Hughie? Llévala de acompañante y preséntala a la alta sociedad de la que tanto hablas. Seguro que tu hermana arde en deseos de conocer a Emma.
—Qué remedio… De todas formas, seguro que Emma va con el idiota de Seymour… Buena charla, madre. Nosotros nos vamos.
—Vete tú, hijo. Quiero que vayas a hablar con el señor Pierce y el señor Agar sobre el asunto que nos atañe —ordenó Rose—. Yo he de volver con Dizzy, pero antes quisiera hablar a solas con tu amigo un momento, luego le acompaño a la salida. Tranquilo, no le pasará nada estando conmigo.
Hugo se fue, dándoles la espalda a ambos.
Sabía que John no tenía maldad y que Rose actuaba así por el bien de Hugo. Tarde o temprano la hoguera que Hugo estaba prendiendo iba a estallar en llamas; su madre solo le estaba ayudando a avivar el fuego, a echar toda la leña y a decidir, por una vez, qué hacer con su vida.
Emma era el futuro, y Juana, el pasado. Hugo debía asimilarlo, debía ser valiente y dar el paso que tanto miedo le producía.
Se prometió a sí mismo, que en el baile del Crystal Palace rompería con Juana, le presentaría a algún compañero guapo y adinerado y haría frente al amor que sentía por Emma.
Ya no le importaría ir por las buenas, conseguiría a la señorita Remington siendo Hugo Salamanca si hacía falta.