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«¿A quién quiero y a quién odio?», se preguntó Emma tumbada en la cama.
Acababa de terminar su último libro, el que su criada Esperanza le había conseguido sin que sus padres se enteraran: La Celestina .
Emma cerró el libro y suspiró observando la ventana de su dormitorio.
«No creo que Hugo aparezca esta noche con una escalera y me lleve al huerto», pensó mientras se tumbaba boca arriba.
Lord Remington había empezado a cuestionar los hábitos y aficiones de su hija y, según él, pronto tendría que olvidarse de todas aquellas sandeces para empezar a parir hijos y vivir una vida por y para su futuro marido: William Seymour.
Sí, Emma tenía claro a quién odiaba: al idiota de William.
El joven aristócrata representaba todo lo que estaba mal en aquella sociedad.
¿Qué sociedad permitía a los padres mandar sobre los corazones de sus propios hijos? ¿Qué sociedad ocultaba la sexualidad femenina, tachándola de viperina y condenándola al ostracismo? ¿Era este un imperio idóneo dónde ver crecer a nuestras futuras hijas?
No. Emma no odiaba a William, él no tenía culpa; la culpa era de la sociedad británica, de sus padres, de la Iglesia y sus pecaminosas doctrinas.
¿Amaba ella a Hugo Belrose? ¿O tan solo lo deseaba?
Aquella era una pregunta difícil.
Hugo le había mentido, le había dicho «Te quiero», pero por algún motivo lo había disfrazado. ¿Por qué? ¿Qué intenciones tenía aquel chico moreno con ella? De los Belrose se decían muchas cosas, pero ¿qué importaban tales vicisitudes cuando se hablaba de amor? Emma deseaba a Hugo, solo a él.
«Huga soy, a Hugo adoro, en Hugo creo, a Hugo amo… y a Hugo odio».
Sí, también lo odiaba. Aquel chico era distinto a los demás y escondía algo en su corazón, algo oscuro y turbio.
Emma lo sabía porque ella también lo escondía.
¿Por qué el joven Belrose no se lanzaba a por ella?
¿Por qué Hugo no se presentaba en su casa acompañado de lady Belrose para pedirle a lord Remington la mano de su única hija?
No, Hugo no quería eso; él quería conquistarla por sus propios métodos. No necesitaba ayuda alguna.
«Es prepotente, descarado, rijoso, insolente; su sola persona inspira recelo. ¿Por qué lo deseo entonces? ¿Por qué me desea él? ¿Somos el producto de algún hechizo de alguna alcahueta? ¿Acaso Hugo pactó con el diablo para embelesarme?».