Te odio: La reina del burdel de Londres 5
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—No estoy soñando, ¿verdad? —preguntó John, incrédulo.

—¡Johnny, Johnny! —dijo Hugo colocándole un brazo en el hombro a su amigo—. Tanto tiempo viviendo en Londres y parece que no conoces nada…

—Esto es… —John tragó saliva—. No sé ni cómo describirlo.

—Creo que en la biblia lo llamaron Eden —dijo Hugo con una sonrisa de oreja a oreja.

El rostro del bueno de John North, que solía estar claro y sereno, ahora estaba tan rojo que podría haber pasado por un tomate con patas. Hugo no lo podía culpar, él ya se había acostumbrado a aquellas vistas, pero el cerebro de John podía haber colapsado con tantos estímulos.

Ni un ganadero habría visto tantas tetas juntas.

Había algunas que, incluso, si se las presionaba, ofrecían leche a sus clientes (esas eran más caras); otras estaban regadas con otra leche, la del macho, aunque eso no impedía que fueran lamidas en ciertas ocasiones.

La cantidad de posaderas descubiertas y azotadas habría levantado la sotana de un cura más rápido que un huracán en plena misa.

Un hombre está tan acostumbrado a ver su miembro que la visión de otros no suele suponer ningún problema, pero cuando un amasijo de falos es todo lo que se tiene delante, uno tiende a cerrar la boca más de lo normal.

—¿Qué… qué hacemos aquí, Hugo?

—Te dije que te iba a presentar a mi familia, y eso hago.

—¿Tu… tu familia trabaja aquí?

—No, hombre. Pero ¡¿qué cosas dices?! —contestó Hugo con una falsa molestia.

—¡Uf, menos mal!, ¿pero entonces…?

—Mi familia regenta este sitio.

John abrió tanto la boca que Hugo tuvo que darle con la mano en la barbilla para que la cerrara.

—La Maison de l’Amour , el burdel más famoso de Londres, regentado por mistress Roux. ¿No me digas que no habías oído hablar de él?

—Mistress Roux… —murmuró John—. No, no la conocía… ¿Es… es tu madre?

—No, ella es mi tía —contestó Hugo conduciendo a John a través de una puerta custodiada por dos hombres—. Seguro que si le preguntas a tu padre por madame Roux dirá que no la conoce, pero la verdad es que no hay nadie en las altas élites de Londres que no la conozca.

—¿Y qué pasa con tu madre? ¿Qué lazo une a la respetada Rose Belrose con todo este asunto? —preguntó John con nerviosismo.

—Mientras mi tía pone el culo, mi madre dirige todo desde su confortable sillón acolchado.

Dijiste que el apellido Belrose es importante en Londres, pero no es por diseñar ropa.

Belrose es un apellido que se susurra en las altas esferas, pero no con gusto, sino como medida de intimidación y persuasión.

Nadie quiere que se conozcan sus más íntimos secretos y sucias pasiones.

—¿Pero la cara pública no es tu tía?

—Sí, pero un puñado de aristócratas saben la verdad y tienen los huevos atados. Ellos vienen aquí a hacer cosas contra natura mientras mi madre les guarda el secreto a cambio de favores. ¿Cómo te crees que entré en vuestra respetada universidad?

John soltó una risotada.

—¿Por qué me cuentas todo esto?

—Somos amigos, Johnny.

—Sí, pero ¿cómo sabes qué puedes confiar en mí? ¿Cómo te arriesgas a tan…?

John paró su lengua, la visión de la nueva sala a la que Hugo le había conducido solía tener ese efecto.

—Sí, debajo del Eden se halla… el Infierno —anunció Hugo.