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—¡Madre! —gritó Emma furiosa.
La respuesta llegó a modo de sinfonía: un melodioso y palpitante sonido proveniente del piano del salón inundaba la casa y embriagaba los sentidos de Emma.
La joven Remington dio un paso hacia el interior de la estancia, volvió a llamar a su madre, pero esta siguió sin responder, aunque tampoco lo hizo el piano de cola, sino que fue el violín quien la recibió con entusiasmo.
El Bösendorfer y Guarnerius comenzaron a entablar una hermosa sonata que le permitió a Mozart volver a vivir durante la interpretación de su obra.
Golpeando el teclado del Bösendorfer estaba Raúl, con una agilidad y gracia en su forma de tocar que embelesaba la mirada y los oídos de su público.
A su lado, con el Guarnerius al hombro y una sonrisa tan hermosa como la melodía que producía su instrumento estaba Carlos.
Lady Remington, con una copa en la mano y la felicidad inundando su rostro, estaba sentada en una silla acolchada, de frente a su orquesta privada.
Ella era la ama y señora de su propia fiesta, cosa que no parecía importarle lo más mínimo.
Emma esperó, como una buena chica educada, a que acabara la sonata para molestar a su querida madre.
—¡Fantástico! ¡Magnífico! —gritaba Evelyn tras haberse puesto en pie al acabar la música—. ¡Sois fabulosos! ¡Oh, mis chicos! ¿Qué haría yo sin vosotros?
—Madre, deseo hablar contigo… de un asunto.
—Ahora no, hija —contestó su madre sin mirarla.
—¿Y padre? —preguntó Emma mirando hacia los lados.
—Se fue al pub, a una reunión de negocios.
—Es sobre el baile, madre.
—Sí, el joven William vino aquí para pedirnos permiso —mencionó Evelyn sin parar de aplaudir—. ¡Qué chico tan educado y amable! Tu padre le dijo que sí sin pensarlo.
—¡Padre no habla por mí!
—Hija, quiero disfrutar de la siguiente sonata. Así que te ruego… No, te ordeno, que te vayas a tu habitación y no me molestes.
Emma subió las escaleras de su habitación mientras la música volvía a inundar sus oídos. Furiosa, golpeó de una patada la puerta y se hizo tanto daño que se puso a llorar en cuanto se echó en la cama.
¿Lloraba por el pie dolorido? ¿O lloraba por no poder ir con Hugo al baile?
Emma sabía que el dolor físico se curaba con medicina y reposo, pero las heridas del alma solo el amor las podía curar.