Te odio: La reina del burdel de Londres 7
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Hugo podía sentir el cálido aliento de Emma en su cuello; las manos de la joven se aferraban con fuerza a su torso y, de manera inconsciente, posiblemente guiado por su diabólico salvador, Hugo apretó el cuerpo de Emma contra el suyo propio.

—Tranquila, he leído que no son venenosas —aseveró Hugo con una voz muy distinta a la de hacía un momento.

La serpiente era delgada y de color gris oscuro; un collar amarillo le rodeaba el cuello y una lengua bífida seguida de un silbido les indicaba que era mejor no acercarse a ella.

Hugo no temía a la serpiente, de hecho, le estaba profundamente agradecido, por lo que decidió que no le haría nada malo.

—¿Se… se… se ha ido?

—No, pero hay un sapo cerca de ella… Es un gran momento para observar cómo se lo come. No te muevas…

Emma se apretó más contra él y su olor a jazmín embelesó a Hugo; también ayudaba el roce de su cuerpo, ya que Hugo podía sentir los pechos de su amada contra su corazón ardiente. Sentía la imperiosa necesidad de apartarla, de acariciarle el cuello y robarle un beso prohibido.

La serpiente comenzó a reptar.

Hugo se puso a respirar de forma frenética sin apartar las manos de la esbelta figura de Emma.

El sapo croaba, incapaz de saber que no volvería a hacerlo.

Hugo alejó con cuidado a Emma, sabiendo que no tendría otra oportunidad.

La serpiente se lanzó contra su presa, rápida y letal.

Hugo cerró los ojos y se atrevió, había besado cientos de veces a Juana. ¿Por qué parecía entonces que aquel era su primer beso?

Entonces ocurrió.

Un éxtasis recorrió la mente de Hugo. Sus labios rozaron aquellos que tanto ansiaban. Con la mano derecha acarició el cuello de Emma, mientras con la izquierda se aferraba a su cadera.

Fue un beso breve, mágico e inolvidable, como observar una estrella fugaz… e igual de fugaz fue el guantazo que le propinó la señorita Remington y que le picó incluso más que si le hubiera picado la serpiente.

—¡¿Cómo te atreves?! —gritó Emma, furiosa y sonrojada.

—Yo…

«¿Debo pedir perdón? No, mejor no empezar la relación con mentiras», pensó Hugo.

—¡Hubiese preferido que me mordiese la serpiente! —bufó Emma alejándose de él.

«¿Entonces por qué me devolviste el beso durante un instante?».

—No soy venenoso…

—¡Es la primera vez que hablamos! No te conozco de nada, y tú, tú… vas y me besas como si me conocieras…

—Ya, ha sido un poco precipitado… pero ha estado bien, ¿verdad?

Emma le dio la espalda y, pasando por encima de la serpiente, siguió el camino que zigzagueaba por el bosque.

—Espera, Emma. Tampoco habrá sido para tanto… Además, seguro que beso mejor que el imbécil de Seymour.

—¡Te odio! Además, ¿qué sabrás tú sobre William y yo?

Hugo albergaba un sentimiento agridulce en su corazón. Por un lado, había sido capaz de armarse de valor y lanzarse hacia el vacío, pero, por otro, puede que hubiera estropeado toda posibilidad de relación con Emma.

—Si quieres se lo cuento yo, así podré ver la cara que pone —dijo Hugo luciendo una ensanchada sonrisa.

Emma se paró en seco, se agachó, cogió una piedra pequeña y se la lanzó a Hugo.

—¿Pero a ti qué te pasa? —gruñó Emma—. ¿Por qué siempre estás observándome? ¿Qué interés tienes en mí? ¿Acaso te crees que soy una fulana del Soho? Mira que eres odioso…

—Me pasa que… —susurró Hugo.

¿Era aquel el momento de revelar lo que sentía? ¿Debía abrir su corazón y exponerlo de esa manera?

Cuando estaba a punto de hacerlo, Hugo vio un destello rojo que cruzó justo por detrás de Emma: un zorro.

El raposo había saltado desde unos matorrales y, como alma que llevaba el diablo, se había escaqueado por unos arbustos frondosos.

Hugo había sido un zorro, había sido un astuto y picaronazo huérfano.

¿Cuándo le había salido bien ir de frente? Nunca.

—Nada… olvídalo —susurró Hugo agachando la cabeza—.

Debí darme cuenta… Yo solo soy un humilde Belrose, mientras tú eres una prestigiosa Remington.

Es normal que le debas lealtad a alguien como…

Seymour. —Hugo exhaló un largo y profundo suspiro—.

Ellos construyen un nuevo Londres, mientras tú tomas el té con la pequeña Vicky…

Hugo volvió sobre sus pasos, cabizbajo.

—No es por tu apellido, idiota.

Las palabras de Emma detuvieron a Hugo como si de un conjuro se hubiera tratado.

—¿No? Entonces peor me lo pones…

Hugo iba a seguir su camino cuando una mano le detuvo.

—No puedes besar a una chica sin su permiso… Deberías saberlo.

—Sí… En eso tienes razón.

—¿Entonces por qué todavía no he escuchado un «lo siento» de tu parte? —Emma ladeó con suavidad el cuerpo del petrificado Hugo Belrose.

—No puedo —murmuró Hugo sin mirarla a los ojos—. No puedo pedirte perdón por algo de lo que no me arrepiento. —Hugo levantó la mirada y una sonrisa asomó en su rostro—. Pero te prometo que la próxima vez esperaré a que me beses tú primero.

Emma hizo algo que Hugo jamás se habría esperado: reírse.

—Me parece un buen trato… ya que, además, yo te di un buen golpe… Por lo que estamos en paz —añadió con una sonrisa tan hermosa como el rostro que la enmarcaba.

—Prometo guardar el secreto… No le diré nada a Willie.

—William me es indiferente, pero no le digas nada a nadie, será nuestro pequeño secreto.

Los ojos azulados de Hugo se encontraron con la miel de los de Emma. El cielo se tornó dorado para Hugo Belrose. Ambos jóvenes sonrieron, fundiéndose en un inexplicable sentimiento que fluía en el aire a su alrededor.

Hugo Belrose no necesitó el cuaderno para tomar nota de aquel cortejo.