Te odio: La reina del burdel de Londres 6
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Sor Socorro se habría sentido orgullosa del comportamiento de Hugo Belrose.

Hugo no había hablado en la siguiente hora, no había blasfemado, ni le había dedicado ninguna mirada impura a la bella dama que lo acompañaba. Además, estaba tan concentrado en la tarea que no hacía otra cosa que observar animales y apuntar sus comportamientos.

Aunque no era el único.

Emma Remington parecía estar en sinergia con las actitudes de Hugo, ya que hacía exactamente lo mismo que él. Tampoco había piado, y ni siquiera le había mirado en todo el trayecto que llevaban recorrido por el bosque.

Ambos estaban a solas, en mitad de la naturaleza, observando a los animales interactuar.

«Seré imbécil», pensó Hugo mientras seguía los pasos de Emma.

Llevaba dando la tabarra desde el primer día que la vio; su vida había cambiado por completo, sus pensamientos se habían volcado en aquella mujer, e incluso estaba dispuesto a abandonar a la chica que tanto había hecho por él en su infancia por esta nueva y desconocida joven.

Todo por un amor febril que solo existía en su mente.

Ahora tenía a Emma al alcance. John le había brindado una oportunidad irrepetible, pero, en vez de aprovecharla, Hugo estaba apuntando en su cuaderno de notas cómo un arrendajo se comía una bellota.

¿Cómo iba a contarle luego a su madre que se había comportado como un patán?

¿Qué todas las enseñanzas sobre mujeres que le había brindado su variopinta familia habían caído en saco roto?

¿Acaso era necesario el hechizo de una alcahueta para que Emma cayera a sus pies?

¿Era él tan inútil que no podía ni entablar una mera conversación con ella?

¿Acaso existía Dios? ¿Era aquello un castigo a todo el mal que había causado Hugo en su vida?

¿Matar a un cura se consideraba un acto malvado?

Hugo ya no sabía qué creer.

—¡Ahh! —chilló Emma lanzándose sobre los brazos de Hugo.

—¡¿Qué ocurre?! —exclamó sobresaltado Hugo.

—¡Una serpiente! —Emma se apretó con fuerza contra Hugo—. Es… la culebra de collar que mencionó el señor Darwin.

«Gracias, Satanás», pensó Hugo con una sonrisa.