Te odio: La reina del burdel de Londres 5
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—Hola.

«¿Hola? ¿Es a mí? ¿Me ha hablado?».

El corazón de Hugo latía como si un pájaro carpintero estuviera horadando en él; tenía las manos tan húmedas como las escamas de una serpiente y, como zorro asustadizo, miraba hacia ambos lados en busca de una salida.

—Ho… ho… hola —balbuceó Hugo con voz aguda y temblorosa.

Emma Remington hizo una mueca y desvió la mirada hacia las demás parejas. Hugo creyó ver que el imbécil de William los observaba como un águila ratonera.

—Toma, tu hoja de observación —dijo Emma con una voz desprovista de cualquier sentimiento mientras le entregaba su tarea.

Hugo la cogió con manos temblorosas.

—Bien, nos veremos aquí dentro de tres horas —anunció el señor Darwin mientras se colocaba el sombrero y se internaba en el bosque con una sonrisa tan iluminadora como el propio sol.