Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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Hugo se sentía culpable, por lo que aprovechaba cada hueco que tenía a solas para pensar en lo que le producía tan dolorosos remordimientos: Juana.

La noche anterior había yacido con ella y, lo que provocaba la culpabilidad de Hugo, no era que su novia no fuera capaz de quedarse embarazada, sino que él no fornicaba con ella, sino con un cuerpo cuyo rostro se veía poseído por el de Emma Remington.

Madame Belrose le había hecho prometer a Hugo que no mencionaría a Emma delante de Juana.

Hugo se había sentido mal al principio, incapaz de continuar su vida rutinaria y anodina.

Ahora, en cambio, sabía que podía seguir con esa vida hasta el fin de sus días y, aunque seguía sintiéndose culpable, su conciencia trataba la culpa como si fuera una mosca.

Era molesta, pero no podía hacerle daño.

Hugo reflexionaba, con la espalda apoyada en el mullido sillón del burdel, hasta que alguien llamó a la puerta.

—¡Hombre, Rufus! —exclamó Hugo olvidando sus lamentaciones.

—Hugo —contestó Rufus sin emoción en la voz.

Rufus tenía el rostro plagado de pecas, además de unas hirsutas y rizadas patillas rojizas.

Vestido con una elegante casaca parda y un chaleco oscuro sobre el que pendía una cadena de oro que acababa en un resplandeciente reloj dorado, se quitó el sombrero de copa y le dirigió a Hugo su clásica mirada de desdén.

—Mi prima llegará en un momento, puede esperar aquí mientras —mencionó Hugo volviéndose a sentar en el sofá e indicándole a Rufus el sillón que tenía enfrente.

Rufus se sentó, aunque miraba hacia ambos lados, con inquietud.

—Rufus, que lleva usted viniendo aquí ya ni se sabe cuánto tiempo, deje de preocuparse —le aconsejó Hugo mientras sacaba un poco de rapé y le ofrecía a su acompañante.

—Me prometí a mí mismo que este año dejaría de venir —comenzó a decir Rufus aceptando el tabaco—, pero su… prima me tiene hechizado.

—Sí, Mary dice que ha pagado hasta el final de año para que ella sea… exclusivamente suya —comentó Hugo arqueando una ceja—. Algo sumamente insólito, Rufus.

Rufus carraspeó.

—Sí, pero ha merecido la pena. No me gustaría que nadie dejara preñada a su prima. Es muy especial para mí. —Rufus aceptó también la copa que Hugo le servía.

—Sí, además, usted fue quien la desvirgó —apuntó Hugo recordando la desorbitada cifra que había pagado Rufus por aquel falso privilegio—. No ha probado ningún otro hombre que no sea usted. Se podría pensar que quiere a Mary para casarse con ella.

Hugo dejó soltar una gran carcajada y Rufus sonrió; quizá no era tan disparatado. Hugo no conocía a Rufus a fondo, pero había oído a Magda decir que era uno de los hombres más ricos de Londres. El futuro de Mary estaría asegurado.

—¿Qué tal le va en la facultad? —preguntó Rufus—. He escuchado que sigue allí. La verdad, no esperaba que durase tanto.

Hugo asintió, nadie esperaba nada de él.

—Sí, y no era el único. Pero descubrí que allí hay algo que me atrae locamente, tanto que preferiría abandonar a mi familia antes que dejar mis estudios —comentó Hugo.

—Señorito Belrose —dijo Rufus en un tono duro y firme—.

Las mujeres de esa facultad están fuera de su alcance, ya es un despropósito que usted estudie allí.

Jamás me perdonaré haber sido partícipe, pero que, además, busque usted emparentarse con gente que le supera enormemente en la escala social… Eso es un disparate.

Hugo bebió de su copa de vino, cogió otro poco de rapé y lo inhaló.

—Sí, es cierto. Pero también lo es que usted piense que puede comprar el amor de mi prima con dinero o que un hombre que ronda los cuarenta fornique con una joven de quince años…, pero ¿sabe qué, Rufus? —Hugo se inclinó y bajó la voz—, el amor es así, un completo sinsentido.

La puerta de la estancia se abrió y Mary apareció agarrada de la mano de madame Roux.

—¡Milord! —exclamó Mary abriendo los ojos—. Siento haberle hecho esperar.

Rufus se levantó y, con un gesto de negación, le restó importancia.

—No hay ningún problema, por usted esperaría lo que hiciese falta —dijo Rufus cogiéndole la mano.

—Hugo, largo —ordenó Magda al tiempo que ella también salía de la estancia.

—¿Quién cojones es ese hombre? —preguntó Hugo cuando Mary y Rufus se fueron de la estancia.

—Sabes que no lo sé, además, aunque lo supiera no te lo diría. Órdenes de madame Belrose —gruñó con tono serio Magda.

Hugo asintió. En el fondo, no le importaba quién fuera Rufus, aunque había descubierto algo con aquella conversación: no permitiría que nada ni nadie lo separase de Emma.