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—¿Por qué actúas así conmigo? ¿Te he hecho algo malo? —preguntó William.
—No actúo de ninguna forma, solo me sorprendió tu visita… Podías habérmelo comentado en clase…
Emma había salido al jardín a tomar el aire mientras los demás se comían el pudín, pero había sido una ocasión idónea para que William también se escaqueara.
—Pensé… que… estos días los he pasado muy bien contigo… y creía… que… bueno tú y yo…
—Fui educada contigo, somos compañeros de clase…
pero no te equivoques conmigo… No soy una vaca que puedas comprar.
—Emma le dio la espalda y se apoyó en la baranda del jardín—.
No me importa tu apellido, ni tu familia ni tus relaciones.
No soy una pobre que vive en un asilo de trabajo o en una chabola.
—Tu padre no opina lo mismo.
—Yo decidiré con quién casarme, no mi padre.
—Te equivocas. Puedes mentirte a ti misma todo lo que quieras, pero sabes tan bien como yo que en nuestras familias no tenemos ningún poder. Nuestra palabra vale tan poco como la de un criado.
Emma no podía discrepar ante tal argumento, aunque, en su caso, si bien pensaba lo mismo, estaba dispuesta a remediarlo.
—Los criados fueron esclavos no hace mucho, ahora son hombres libres que trabajan por necesidad, no por el yugo de unas arcaicas cadenas blancas.
—Siguen siendo esclavos, tanto ellos como los peones, estibadores, buhoneros y todas las fulanas de Londres. Todos son esclavos, siguen usando las mismas cadenas, solo que estas ahora son invisibles a los ojos de la sociedad.
Emma no sabía si William tenía razón. ¿Acaso era ella una ilusa? ¿Alguien que vivía una vida irreal, fantasmagórica? ¿Le habían apartado los libros de la cruda realidad?
—¿Qué diferencia hay entonces entre una puta del Soho y yo? ¿Puede acaso elegir ella con quién casarse y yo no? —preguntó Emma.
—¿Quién querría casarse con una meretriz?
—¿Quién querría casarse sin amor?
—¿Amor? ¡¿A quién le importa eso?! —William se acercó a Emma por detrás e intentó colocar sus brazos alrededor de su cuerpo.
—¡Los hombres lo tenéis muy fácil! —bufó Emma zafándose del intento de abrazo de William—. Podéis casaros y luego fornicar con quien queráis. Incluso llegáis al matrimonio con experiencia. ¿Y nosotras? ¿Podemos hacer lo mismo?
—No es lo mismo…
—¿Te casarías conmigo si supieras que ya no soy virgen? ¿Qué otro hombre me ha desflorado?
William por poco no se cae de espaldas.
—Es mentira… Sé que es mentira.
—Contesta.
—No, no lo haría.
—Tú no me amas, William. Solo quieres verme desnuda, yacer conmigo, alardear de que eres el primero que lo hace. Eso soy para ti, una puta más cara que las del Soho, una que puedes comprar y tener siempre a tu disposición.
—Di lo que quieras, tu padre ya ha accedido. La próxima reunión será en mi casa, con mis padres.
—No escuchas, William.
—¿Sabes por qué nadie te cruza la cara de un guantazo, Emma? Porque entonces te dejarían marca, y tu valor menguaría.
Emma sabía que William buscaba provocarla.
—¿Acaso ahora los Seymour se creen mejores que los Remington?
—Nosotros estamos construyendo Londres, somos el futuro. La monarquía, la reina y todos sus lazos quedarán en el olvido. Londres crece, avanza, se moderniza.
—Se moderniza la urbe, pero no las mentes de sus habitantes… —susurró Emma.
—Basta de charla, he de irme. —William se acercó a Emma, tanto que esta podía sentir el aliento del joven en su nuca—. Nos vamos a casar, quieras o no… y, en la noche de bodas, vas a sangrar… quieras o no.
«No si yo te hago sangrar primero», pensó Emma mientras el joven Seymour se alejaba.