Te odio: La reina del burdel de Londres 7
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—¿Qué le pasa, señorita Emma? —preguntó Raúl mientras le recogía el plato de cordero intacto.

—¿Eh? Nada… No tenía hambre.

La sonrisa de Raúl se ensanchó e iluminó su rostro.

—No hay nada como el amor, señorita —contestó Raúl—. Le quita a uno el apetito, le roba el sueño y, además, le despoja de su propia mente… hasta que por fin llega el tan esperado «te quiero».

—¿«Te quiero»? ¿Qué significaba, Raúl? Ya apenas recuerdo palabras en español.

—Significa que esa persona te ama. Aunque no debería preocuparse tanto, al señorito Seymour se le ve muy apuesto y, además, es de buena familia. Seguro que pronto se lo dice…

—Sí…, su padre es cuñado de Thomas Brassey y, además, trabaja con él —mencionó Emma sin levantar la cabeza—. Padre disfrutó tanto de esa información como del ganso que se ha cenado.

—¿Acaso no ha invitado usted al señor Seymour a cenar? —preguntó Raúl frunciendo el ceño.

—Le pidió permiso a mi marido… y este le dijo que sí —contestó Evelyn mirando con fijación a su hija—. Creía que te agradaba William.

Emma había mentido de forma descarada a sus padres sobre William. Ahora tenía que arreglarlo.

—Y me agrada, madre… Es amable y un buen amigo… pero es eso, un amigo. Nada más. No lo quiero como futuro marido y no entiendo por qué padre aceptó cenar con él sin consultarme a mí nada.

—Hija…, es guapo, educado y de buena familia. ¿Qué más quieres de un hombre?

Emma soltó un bufido y miró cómo Raúl ayudaba a Carlos a recoger la mesa.

—Padre siempre ha odiado a esos dos criados tuyos… Me pregunto por qué permite que sigan trabajando en casa en lugar de mandarlos a trabajar a alguno de sus terrenos.

—Ya has visto lo bien que cocinan —contestó su madre mirando hacia la cocina—. No has respondido a mi pregunta.

«Sí, madre. Tienen habilidad para satisfacer los gustos de cada uno», pensó, pero prefirió no decirlo.

—¿Madre, puedo hablarle con franqueza? —preguntó Emma mirando hacia la puerta que llevaba al jardín.

—Claro, hija.

—No quiero casarme con un hombre para luego tener que yacer con mis criados. No deseo ser como usted.

Emma no sabía de dónde habían salido aquellas palabras, ni siquiera recordaba haber pensado lo que acababa de decir. Pero sabía que el guantazo que le iba a dar su madre era justificado. Aunque el golpe nunca llegó.

—Una vez te hayas casado con William, haz lo que gustes, hija. Pero eres una Remington, y harás lo que tu padre y yo te ordenemos.

—Dirá que haré lo que padre ordene…

—¿Crees que dejarte que fueras a estudiar fue una decisión tuya? ¿Acaso crees que tu futuro depende de ti? No, hija. Tú eres nuestra herencia, nuestro fruto. Estás atada a las cadenas de nuestro rango, cuanto antes lo aceptes…, mejor será para ti.

Emma quería levantarse de la mesa; quería romper los platos, tirar la comida, verter el vino. Pero era una dama educada y respondió a su madre con una afilada sonrisa.

—Nunca quisieron una hembra, siempre desearon un varón. Para ustedes soy un fracaso desde el día que vine al mundo. ¿Verdad, madre?

—Calla, que vuelven los criados con el postre.

—No creo que su lengua les incomode, madre.