Te odio: La reina del burdel de Londres 6
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—¡Más vino!

—¿Qué tal el ganso?

—Delicioso y las otras ni le cuento, lord Remington.

—Mi mujer tiene buena mano para la cocina, así me conquistó.

—¡Qué cosas dices, cariño!

—¡Ese vino! ¡Carlos, Raúl!

—Acá tiene, milord.

—Un día de estos voy a echar a estos dos gandules.

—No digas eso, esposo, son muy… eficientes. Además, ya sabes cómo está el mercado últimamente…

—Emma, querida. No has probado el cordero.

—¿Emma? ¿Emma?…

Emma no estaba; aunque se hallaba sentada en la mesa con los demás, su cuerpo se había convertido en una cáscara de nuez, vacía, sin fruto.

¿Dónde estaba su mente, su consciencia?

Donde no debía, recordando cosas que no debían haber ocurrido, que no eran correctas, pero que solo el hecho de imaginarlas de nuevo le hacían volver a desear que se repitieran, por muy malas que fueran.

—No… tengo hambre… —contestó Emma sin dejar de pensar.

—¡Hija!, el señor Seymour ha venido expresamente para cenar con nosotros —gruñó el padre de Emma—. Ese comportamiento es una falta de respeto hacia él. Entiendo que a vuestra edad la vergüenza adormece la lengua y mengua los sentidos. Pero debes espabilar, hija.

—Sí, padre —volvió a contestar Emma por instinto.

—No pasa nada, lord Remington —intervino William—. Avisé con poca antelación y entiendo la alteración de su hija.

—¿Cómo están tus padres, querido? —preguntó lady Evelyn Remington.

—Mi padre tiene mucho trabajo con la construcción del ferrocarril, los navvies no paran de quejarse.

—¡Bah!... encima que les damos trabajo, se quejan. ¿Qué cobran esos desgraciados? —preguntó lord Remington.

—Edward, no hay por qué insultarles —intervino Evelyn con gesto ceñudo.

—Veinte chelines semanales, lord Remington —contestó William con educación.

—Tienen más que suficiente, con eso les basta para comer e irse luego a las casas de placer.

Edward Remington finalizó la frase entre risas y se las contagió al joven William Seymour.

—Seguro que las meretrices fueron las que nos trajeron el cólera a Londres —mencionó William mientras vertía la copa de vino directamente en su gaznate.

—No me extrañaría… No entiendo como el gobierno no hace nada con esas malditas rameras. Habría que darle más poder a los peelers …

—¡Basta de política! —protestó Evelyn mirando a su marido—. El joven Seymour ha venido aquí para cenar y disfrutar de una hermosa velada con nuestra querida Emma.

—¡Bah!, ¿una pizca de rapé, William? —preguntó Edward mientras se levantaba de la mesa.

—Claro, lord Remington.

—Salgamos, ya que mi hija ha perdido la lengua y a mi señora le ha crecido más de la cuenta. ¡Carlos, recogiendo la mesa y trayendo los postres!

—Por supuesto, milord .