5
Emma, beoda, partió de la casa de Dorothy hacia la suya. El traqueteo del coche solo le provocaba más dolor de cabeza, por lo que, en cuanto pisó la entrada de su casa, mandó llamar a la criada: necesitaba un baño.
Martha le informó de que lord Remington y lady Remington habían salido, por lo que tenía la casa para ella sola. Emma sonrió, le encantaba estar a solas.
Una vez el baño estuvo listo, Martha llamó a la señorita y abandonó la estancia para darle intimidad.
Aunque Martha llevaba años asistiendo en el baño a la señorita Remington, pero solo cuando esta le pedía ayuda.
En aquella ocasión, Emma ardía en deseos de sumergirse en aquella bañera de cobre y disfrutar de un rato en soledad.
Al estar a solas con sus pensamientos, y sabiendo con certeza que su madre no iba a entrometerse en mitad del baño, Emma sonrió con picardía: aquel baño iba a ser especial.
La situación le pedía una copa de vino, pero el cuerpo le rogaba un vaso de agua con limón y unas uvas.
Y eso era lo que Martha, que parecía leerle el pensamiento, le había dejado preparado en una mesita al lado de la bañera.
El cuerpo desnudo de Emma se internó en el agua caliente del espacio íntimo; se sentó con la espalda apoyada en uno de los extremos y alargó el brazo para acercar la mesa.
Le dio un trago al agua con limón, apoyó la cabeza sobre el borde de la bañera y cerró los ojos, para así dejar que su mente divagara y que su cuerpo se relajara.
Aunque físicamente todavía no era consciente, su imaginación ya había trazado un plan para aquel momento, algo que llevaba en su subconsciente desde la noche anterior.
Un pensamiento que se había quedado anclado en sus músculos, esperando el momento oportuno para llevarse a cabo; y ese momento había llegado.
Emma sabía que sus muslos estaban húmedos antes de desnudarse y adentrarse en el agua. La joven abrió las piernas y su brazo derecho aprovechó la oportunidad; allí permaneció, posado en el regazo, sintiendo el vello de su pubis en el antebrazo.
Con los dedos podía palpar sus labios ocultos, aquellos en los que tantas noches había sentido un cosquilleo que le rogaban a gritos unas caricias que nunca llegaban.
Pero esa noche era distinta, los gritos venían ahora de sus dedos, que se retorcían impacientes por recibir la orden que debían llevar a cabo.
Y la orden llegó.
Emma acarició su sexo con el dedo corazón, dibujando líneas de arriba abajo como si fuera una pintora.
Fue incrementando la intensidad, la velocidad y el ritmo.
Con cada vaivén su cuerpo se estremecía, su cintura se revolvía, su espalda se erizaba como si el agua se hubiera convertido en hielo.
Emma se armó de valor, dejó de llamar a la puerta para abrirla e introducirse en ella.
Al principio, con un único dedo, ya que aquello era amor propio y tenía que salir del corazón.
Pero luego, usó a su otro soldado, el dedo anular, el que había sido creado por la sociedad para atar a las mujeres a la cárcel del matrimonio; el mismo dedo que servía para enjaularlas era, a la vez, la llave de aquella jaula, pues Emma sentía cómo su cuerpo se liberaba, cómo su llave encajaba a la perfección en una cerradura que debía haber sido abierta hacía tiempo.
Sacó los dedos, recordando las palabras de Ada que, en su máximo estado de ebriedad, le había dado instrucciones para alcanzar el máximo placer.
Emma la imitó, aquella era una tarea de precisión.
Con el dedo corazón abrió sus labios, buscando el guisante mágico de Ada, buscando una perla oculta.
Cuando la descubrió, sintió que había malgastado su vida; descubrió que los años que había pasado cambiándose las enaguas empapadas habían sido una pérdida de tiempo, ya que había encontrado la solución a sus noches calurosas de invierno, había encontrado una salida al problema del matrimonio, el remedio para las amarguras de la soledad.
Emma jadeaba, se encorvaba, se mordía el labio al tiempo que arqueaba la cabeza.
Su delicado pincel pintaba un lienzo que amenazaba con romper los estándares de la época.
El cuerpo le latía al son de aquel dedo en el que había delegado todo su poder.
Con cada sacudida, con cada nuevo masaje que aplicaba a su perla del placer, Emma empezó a visualizar una imagen en su cabeza.
La imagen no provenía de sus pensamientos, sino que violaba su mente, penetraba en ella sin permiso. Y Emma lo sabía, pues no podía parar a su dedo ni a su imaginación, ya que habían tomado el control de su ser. Pero la imagen cobró forma y Emma lo vio.
Un joven moreno de ojos azules emergió del fondo de la bañera y él era el origen de aquel placer, pero no usaba sus dedos, pues para aquel joven los labios debían ser besados.
Emma le miró a los ojos mientras que su otra mano apretaba la cabellera ondulada y castaña del joven galán, que se fue sumergiendo hasta acabar en el fondo de la bañera.
Emma experimentó entonces un enorme placer, uno que sacudió el agua, uno que hizo que con su otro brazo golpeara la mesa y arrojará al suelo las uvas.
Y todo terminó.
Emma abrió los ojos, jadeando. El agua estaba agitada, como lo estaba el latido de su corazón.
Apoyó la cabeza en la bañera y sonrió, feliz por lo que acababa de suceder.
Pero su sonrisa fue tan efímera como el placer que se había dado, ya que entonces recordó que el rostro de sus fantasías no era otro que el de Hugo Belrose.