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El vino de la familia de Dorothy calentaba las mejillas de las cinco amigas.
Emma había bebido vino anteriormente, pero solía hacerlo a solas en su habitación con la única compañía de algún libro.
Ahora tenía amigas, y su madre se había empeñado en que tenía que fortalecer los vínculos con ellas, ya que las relaciones sociales eran de suma importancia en la vida de una mujer noble.
Los padres de Dorothy estaban de viaje, por lo que, sin contar a las sirvientas, tenían la casa para ellas solas.
—¡Más vino, Jacinta! —vociferó Sarah a la criada.
Las criadas de la familia Stewart no se diferenciaban mucho de las de los Remington.
Todas eran negras y provenían de la trata de esclavos de las antiguas colonias británicas, españolas o portuguesas y, aunque esta práctica ya estaba prohibida por el gobierno, los nobles eran los que hacían las leyes, no los que las cumplían.
Emma se había criado con Carlos y Raúl, los criados personales de su madre, y con Martha, su criada personal, que era como una segunda madre para ella.
Pero Emma no era estúpida y sabía que su padre había comprado a sus criados antes de que ella naciera, pues lord Remington venía de un largo linaje de esclavistas.
El padre de Emma había usado sus contactos en la isla de Barbados para comprar esclavos a los españoles de Cuba; aunque todo aquello se lo había contado Martha a Emma cuando era más joven.
—¡Emma, apura la copa! —le gritó Ada.
Emma se dio cuenta de que era la única que tenía la copa de vino hasta arriba, así que la descargó integra y directamente hacia su hígado con una facilidad tan pasmosa que hizo que todas abrieran la boca sorprendidas.
—¡Señorita Remington! —exclamó Dorothy—. ¡¿Qué más escondes bajo ese hermoso y dulce rostro de niña buena?!
Emma se ruborizó con el comentario; por lo que bebió más vino para conseguir superar su timidez social.
—Las niñas buenas son luego las más lascivas en el lecho —mencionó Ada.
Maggie, Dorothy y Sarah se llevaron una mano a la boca y rieron hasta provocar que sus copas se derramaran sobre sus pomposos vestidos, lo que produjo más carcajadas.
—¿Lo sabes por experiencia, Ada? —preguntó Maggie.
—¿Acaso me has visto cara de niña buena? —preguntó Ada alzando una ceja y exhalando una larga bocanada de humo de su pipa.
—¿Vamos a hablar de… hacer el amor? —preguntó Sarah en un susurro casi imperceptible.
—¿Hacer el amor? —bufó Ada—. ¡Se dice «retozar»!
—O deshollinar la chimenea —añadió Maggie.
—Fornicar o joder —apuntó Dorothy.
—¿Acaso… ya os han desflorado? —preguntó Emma atrayendo todas las miradas.
Las cuatro amigas estallaron en carcajadas.
—¿Pero de qué época has salido tú? —preguntó Dorothy llorando de risa.
—¿Nunca has estado con ningún hombre, Emma? —preguntó Sarah.
Emma no sabía dónde meterse, nunca había hablado de estos temas, incluso se ruborizaba cuando se levantaba con los muslos empapados entre noche. Sus únicas nociones del sexo provenían de los libros que había leído.
—Me… me he besado con alguno —mintió Emma sonrojada.
—¿Solo besos? —preguntó indignada Dorothy.
—Quizá los besos no eran en su boca… —apuntó Maggie alzando una ceja.
—¿No me digas que han bebido de tu fuente? —preguntó Sarah levantándose con entusiasmo.
Emma agachó la cabeza esperando a que alguien la salvara, y ese alguien resultó ser Ada.
—De la mía sí que han bebido… —dijo sin darle importancia atrayendo las miradas y las preguntas de las demás—. Solo os diré una cosa: es una sensación más placentera comparada con que te desfloren.
Ada le guiñó un ojo a Emma, y esta respiró aliviada. Emma apuró de nuevo su copa de vino y le ordenó a la criada que trajera una botella entera. La iba a necesitar.
La conversación no se desvió en ningún momento del tema del sexo; fue subiendo de tono más y más hasta que Emma comenzó no solo a ruborizarse, sino a excitarse.
Ada resultó ser la que más experiencia tenía en la materia, seguida por Maggie y Dorothy; y Sarah decía no tener tanta práctica. Al final, la conversación tornó hacia los varones.
—Una pregunta, de los chicos de clase —dijo Maggie con las mejillas sonrojadas—. ¿Con quién os casaríais y… a quién dejaríais deshollinar vuestra chimenea?
—¿Qué diferencia hay? —preguntó Sarah provocando una enorme carcajada en el grupo.
—Sarah, querida —dijo Dorothy bastante achispada por el vino—. No me comería la salchicha de John North, pero me casaría con él sin pensarlo.
—Yo me casaría con William Seymour —dijo Ada mientras volvía a prender su pipa—.
Pero a los que dejaría vivir entre mis muslos serían a los fuertes, morenos y sensuales criados.
—Ada exhaló una larga bocanada de humo—.
Claro está que tendría que dejar que el señorito me la metiera alguna vez para darle algún churumbel y asegurar mi posición, pero apagaría las velas antes.
Todas estallaron en carcajadas, incluso Emma que, aunque se sentaba con William en clase, no le agradaba lo más mínimo. ¿Entonces por qué seguía sentándose allí? Emma no quería pensar en ello.
—Pues yo… —comenzó a decir Sarah muy emocionada— lo haría con Hugo Belrose.
Dorothy y Maggie escupieron el vino ante tal comentario, mientras que Emma alzó la cabeza como una felina al ver correr a su presa.
—Pero ¿qué dices? —preguntó enfadada Dorothy—. ¿James Maxwell? ¿Harold Courtenay? Son mucho más atractivos que ese rufián.
—Yo, si tenemos que guiarnos por el físico, me quedaría con Arthur Russell —mencionó Maggie.
—O con Bartholomew Stanley —respondió Emma, cuya timidez estaba siendo consumida por el vino—. O con cualquiera antes que con un malaje de tan baja ralea como ese Hugo Belrose.
—No sé… —se defendió Sarah—, su piel morena tiene algo…
un aire de pícaro… y hay algo en sus ojos azules, en su penetrante mirada, en su postura…
, algo que me dice que ha de ser todo un salvaje en el lecho.
Creo que ese hombre me haría gritar de placer, que jamás conseguiría olvidar su cuerpo desnudo…
, que yacer con él ocuparía mis pensamientos cada noche y que nunca hallaría consuelo si no fuera entre sus brazos…
—¡Uhhh! —dijeron Maggie y Dorothy a la vez.
—Alguien quiere conquistar Francia con los muslos —comentó Ada.
—¿Es francés? —preguntó Emma con una inusitada curiosidad—. Es decir, no lo parece…
—Dicen que su madre, Rose Belrose, es francesa.
Emma no quería decir nada, pero ella también se había fijado en Hugo Belrose y se había fijado de una forma que no le era posible comprender. Ahora sabía lo que pasaría si hacía públicos sus pensamientos, pues había escuchado los comentarios que la gente hacía sobre la familia Belrose.
Sarah tenía razón, había algo en aquel joven que solo se podría calificar como mágico, hipnótico. Emma se sorprendía a sí misma buscándolo con la mirada y, en más de una ocasión, se había chocado de bruces contra sus ojos cerúleos.
Eso mismo le había ocurrido en el teatro aquella misma tarde, aunque Emma no le había dicho nada a nadie.
Había visto a Hugo con la que debía ser su madre, una mujer demasiado elegante para su posición.
En el trascurso de la obra, Emma había alternado su mirada entre los actores con la del moreno francés y, en más de una ocasión, sus miradas se habían encontrado de nuevo.
—Dicen que se hizo rica comerciando de forma ilegal con esclavos —dejó caer Maggie.
—Mi padre me dijo que no me acercara a esa familia —susurró Dorothy.
—Dije que retozaría con él, no que me casaría con él —replicó Sarah entre risas.
Todas las chicas rieron, menos Emma, pues ella ya no estaba allí; su mente volaba hacia su primer día en la facultad, cuando vio el único asiento libre al lado de Hugo Belrose.
Algo en su interior le había empujado a sentarse allí, a estar cerca de aquel joven; pero cuando William le dejó un asiento libre, sintió alivio, aunque también sintió cómo su curiosidad se agitaba, ya que cada día se imaginaba sentándose junto a Hugo Belrose.