3
El traqueteo del gran carruaje que los llevaba hacia la casa de Dorothy, sumado al sonido relajante de la lluvia, provocaba que Emma se perdiera en sus pensamientos con suma facilidad.
La obra había sido magnífica, Shakespeare habría estado orgulloso.
Emma apretó su pañuelo de seda bordado contra su pecho.
Durante la representación no había soltado ni una lágrima, en cambio, cuando la leía a solas en su habitación por las noches, lloraba a mares.
Debía rebuscar en sus pensamientos; indagar en busca de la respuesta a su sequedad.
Aunque ella no era tonta y ya sabía la respuesta, pero temía pensarla en voz alta.
El arte tiene la peculiaridad de hacer aflorar pensamientos e ideas que nos pertenecían, pero que todavía no estaban lo suficiente maduras para salir a la superficie. Al ver en vivo una de las mayores tragedias de amor de la historia, Emma había comprendido mejor sus propios sentimientos.
Su padre había traído una gran variedad de pretendientes a su casa con la intención de persuadirla para que dejara la universidad, ya que lord Remington pensaba que el mejor futuro para una mujer era ser la esposa de un hombre rico; pero Emma ansiaba estudiar, aprender cosas nuevas y cultivar su mente; además, estaba convencida de que lo único que podía sentir por aquellos hombres era una absoluta indiferencia, y ahora lo entendía.
Sabía que ella no era una mujer forjada para vivir una vida sin pasión; no, ella no podía yacer con un hombre al que no amase.
Emma sentía el amor como una fiebre tifoidea en su interior; un veneno que la quemaba por dentro con un único remedio: yacer y poseer a la persona causante de dicha enfermedad.
Era una dolencia sin cura, ya que, una vez que alguien se enamoraba, no era posible deshacer el hechizo.
Podías odiar a la persona con más fuerza, pero seguirías amándola en tu interior.
El amor era similar al odio, y el odio provenía por la falta de amor correspondido.
Shakespeare le había enseñado una valiosa lección que ahora recorría todas las venas de su cuerpo hasta desembocar en su corazón: Emma no dudaría en morir o matar por amor. Por eso no había llorado esta vez, no había sido un final triste, sino un final alegre, feliz y coherente.