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Emma no prestaba atención a los comentarios de sus nuevas amistades sobre la obra que tantas veces había leído a solas en su habitación.
Solo ella y Ada sabían de antemano que habían ido a ver un mar de lágrimas digno de los tiempos del Teatro Acuático.
Emma iba con la intención de purificar su cuerpo, de enjugarse las lágrimas de los lamentos y preocupaciones de su día a día, para así limpiar su alma; pero no había derramado ni una lágrima en toda la función.