Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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El carruaje llegó a su destino. El cochero gritó algo, seguramente era un innecesario «Hemos llegado, señorita», pero el estruendo de un trueno ahogó sus palabras. El cielo lloraba y sus lágrimas chocaban con el techo del coche.

Emma Remington también quería llorar. La joven llevaba puesto un hermoso vestido de seda azul celeste y temía que se le estropeara con la lluvia.

—Señorita Emma —anunció el cochero abriendo la puerta.

Emma bajó del coche intentando por todos los medios que los bajos del vestido no acabaran en ningún charco, aunque sabía que iba a ser inútil. Estaban en Londres, allí la lluvia era una vecina más. Afuera, una luminosidad lúgubre invadía todo cuanto alcanzaba la vista.

—La acompaño a la puerta.

—No será necesario, George. —Emma cogió el paraguas que sujetaba su cochero y se aventuró hacia el edificio que tenía enfrente.

—Su padre me ordenó que no me separara de usted en todo el día —gruñó George con firmeza.

—Estamos en Londres, George. Seguro que encuentras algún pub abierto en el que te sirvan una cerveza —gritó Emma alejándose.

Emma sabía que George dudaría al principio, temeroso de desobedecer a lord Remington.

Pero la perspectiva de una buena pinta de cerveza negra en un día nublado y lluvioso era muy tentadora, y pocos londinenses podrían desestimarla tan a la ligera.

Emma no tardó en ver cómo George se colocaba su alto sombrero de cochero y se iba en busca de un pub.

El camino hacia el edificio dejó las botas de cuero de Emma tan embarradas que se prometió tirarlas cuando volviera a casa.

Mientras esperaba, la lluvia arreció con mayor intensidad.

Emma apenas podía ver con claridad, las nubes y el paraguas entorpecían su campo de visión, por eso se sobresaltó cuando alguien le pellizcó el trasero.

—¡Señorita Berkeley! —exclamó al ver a la artífice de aquella pillería bajo un paraguas oscuro y un vestido rosado.

—¡Déjate de señoritas, Emma!, no están nuestros perros guardianes cerca. —Ada Berkeley echó una ojeada alrededor y, al comprobar que no había nadie cerca, sacó una pipa del bolso—. ¿Una caladita?

Emma negó con la cabeza, la idea de probar el tabaco por primera vez en un día lluvioso le auguraba una más que probable caída al fango.

—¿Y las demás? —preguntó Emma.

Ada exhaló una bocanada de humo en la cara de Emma y se encogió de hombros.

—Ahí viene Margaret —señaló Emma hacia una mujer destocada con un vestido negro con un gran y despampanante escote.

—¡Maggie y sus dos pechugas! —pregonó riéndose Ada.

Maggie atraía las miradas de numerosos caballeros que le sostenían los paraguas a sus, no tan tetudas, acompañantes.

—Ada, Emma. Antes he visto a Dorothy y a Sarah yendo hacia la puerta. ¿Vamos?

Ada y Emma asintieron.

Maggie y Ada compartieron su pipa durante el camino hasta la puerta.

Emma contempló el teatro Sadler’s Wells, era la primera vez que venía y estaba emocionada. Aunque el edificio no destacaba por nada en particular; hasta su casa era más ostentosa que aquel lugar. Emma, en realidad, soñaba con visitar el Crystal Palace de Sydenham.

—La grandeza de este sitio está en su interior —dijo Ada leyéndole la mente a Emma.

—Mi cochero hablaba maravillas de cuando esto era el Teatro Acuático —mencionó Emma.

Dorothy y Sarah las saludaron con efusividad, ambas también estaban fumando. Dorothy llevaba un vestido rojo sangre y se había maquillado tanto que estaba irreconocible; Sarah iba con un sencillo vestido gris que resaltaba su belleza natural.

—¡Qué emocionante! —dijo Dorothy entusiasmada—. Es la primera vez que vengo al teatro.

—¡Dicen que es muy divertido! —añadió Sarah—. ¡Nos vamos a mear de risa!

—¡Vamos! —gritó Maggie con una enorme sonrisa.

Emma se quedó embobada mirando a sus amigas, luego vio cómo Ada esperaba para darle unas últimas bocanas a su larga pipa.

—¿Estas idiotas no saben que hemos venido a ver Romeo y Julieta ?

Ada se puso a toser de la risa, agarró de la mano a Emma y juntas se internaron en el teatro.