Te odio: La reina del burdel de Londres 2
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—No entiendo nada de lo que dices, hijo —espetó madame Belrose mientras sacaba otra tanda de crêpes y la servía en el plato de Hugo.

Madame Belrose adoraba cocinar, era algo que jamás le dejaba hacer al servicio.

Se había acostumbrado tanto a que le limpiaran la casa y prepararan el fuego de la chimenea, a que se encargaran de cada maldito recado, que se estaba olvidando de vivir; pero no le arrebatarían la cocina.

No, aquel era su templo, y sabía que, si acababa cediéndolo, lo siguiente sería llamar al servicio para que le limpiasen el culo después de cagar.

Hugo volvió a farfullar algo. El muchacho tenía tantas ganas de contar lo que fuera que no le daba tiempo a masticar la tortita rellena de jamón y queso que le había preparado su madre adoptiva.

Rose se había encariñado mucho con sus hijos postizos, al igual que con sus falsas sobrinas.

Pero ninguno podía competir por el amor que la madame sentía por Hugo.

También sentía aprecio por Jane, pero la joven pasaba la mayor parte del tiempo con Magda.

Hugo, en cambio, era su niño, el hijo que jamás había tenido.

En su larga época como madame, Belrose había visto cómo sus meretrices cometían el terrible fallo de permitir que las dejaran preñadas.

No había cabida para esas criaturas en un mundo tan despiadado, por lo que acababan todas abandonadas al otro lado del río Tormes, a las puertas de aquel odioso orfanato.

Y siempre era la propia madame la que se encargaba de llevar a las criaturas.

¿Habrían tenido mejor vida en la Casa de la mancebía?

Rose quería creer que no, pero el tiempo era un duro contrincante y ante sus ojos tenía la respuesta que tantos años llevaba esquivando.

¿Era acaso Hugo el hijo de alguna de sus antiguas compañeras? ¿Era Hugo uno de aquellos críos llorones, sin nombre, que madame depositaba sin ni siquiera una nota en aquel frío portón?

Eso ya no importaba, pero había algo que sí atormentaba a Rose Fèvre.

¿Era Hugo el reflejo de aquel niño deseado que murió entre sus brazos nada más nacer?

Rose era una mujer fuerte, pero palidecía ante la imagen que le devolvía la mirada en el espejo, ya que nunca había tenido el valor de comprobar el cadáver de aquel niño.

Sabía quién fue el padre de aquella criatura: un felón que ella nunca había deseado tener entre sus muslos y que, además, murió en cuanto acabó de esparcir su semilla en el útero de Rose, por el agotamiento, quizá; Rose también comprendía que, si aquel rorro hubiera nacido vivo, este habría cambiado su vida para siempre.

Don Diego había traído a unas monjas para que la asistieran en el parto. Belrose no se fiaba de ellas, pero tenía problemas más urgentes entre las piernas, por lo que no le quedó otra que ceder. El niño nació muerto, al menos eso le dijeron las monjas.

Aquella noche, una parte del alma de Rose, ya vapuleada y castigada, también salió de entre sus piernas. Rose aprendió la diferencia entre que te golpeen el alma y que te la partan.

Madame Belrose suspiró y le dedicó una mirada a su ya no tan petit Hugo. Luego sonrió, aquel joven le había devuelto la esperanza, algo que creía haber perdido para siempre.

—¡Hugo!¡O comes más despacio o no te sirvo más sidra!

Hugo se golpeó el pecho para intentar tragar la gran cantidad de comida que se había llevado a la boca, apuró su vaso de sidra y eructó un «délicieux» en perfecto francés.

—Lo que te iba diciendo, estoy completamente enamorado de ella.

Rose suspiró. Conocía al truhan de su hijo como si lo hubiese parido, era consciente de sus falacias y embustes, pero sabía de buena tinta que a ella jamás le había mentido ni lo haría. La madame comprendía los entresijos del corazón, como también sabía que no elegimos de quien nos enamoramos.

—Hugo… no puedes hablar así. Tú tienes novia. Jane… Juana te adora, además todavía no me has contado quién es ella.

Hugo echó la cabeza hacia atrás y exhaló un largo y furioso suspiro.

—Lo sé, madre… —Luego se inclinó y volvió a rellenar el vaso de sidra—.

Yo no tengo la culpa y… lo siento mucho, pero ya sabes que he tenido mis dudas desde que salimos del orfanato.

Antes no sabía qué me pasaba, no sabía el porqué de mi desamor…

pero ahora lo entiendo. Quiero a Juana, de verdad que la quiero, muchísimo, pero no estoy enamorado de ella, ahora lo sé.

Rose se sentó enfrente de su hijo, tenía que desviar la conversación antes de que hiciera algo irreparable, ya que conocía a Juana y sabía que esta no dudaría en cometer alguna locura si se enteraba de que otra mujer ocupaba los pensamientos de Hugo.

—Llevas varias semanas yendo a la escuela —dijo Rose—. Y apenas me has contado nada. Hoy es sábado, Juana ha salido con Magda y las chicas, ¿qué tal si me pones al día?

Hugo asintió.

—Se llama Emma Remington y es…

—¿Remington? —preguntó Rose alzando una ceja.

—Sí, ¿algún problema con ellos? —preguntó Hugo con una excitada preocupación.

Rose soltó una profunda carcajada.

—Hijo…, los Remington son casi de la realeza. Se codean con la familia real y he oído que son muy cercanos a la reina Victoria. Además, tengo entendido que solo tienen una hija.

Hugo alzó los brazos y ensanchó su sonrisa al escuchar aquello.

—¡Pues mejor! Seré un aristócrata.

—Continúa… —dijo Rose entre risas.

—No sabría describirla con palabras, madre… Es como intentar explicar la Nascita di Venere de Botticelli .

—Hugo, tú ni siquiera has visto el cuadro.

—Lo sé, pero la meretriz que trajiste de Florencia lo describía como el cuadro más hermoso del mundo, y yo lo imaginé según su descripción. Además, no necesito verla, porque ahora mismo me llevaría una decepción, ya que la mujer desnuda de mi cuadro no es otra que Emma.

Rose asintió. Ella sí que había visto el cuadro en Florencia y no existían palabras capaces de definir aquella obra de arte, pero decidió dejar continuar a Hugo. Rose sabía mejor que nadie que el mundo era un lugar muy distinto cuando uno estaba enamorado.

—Intentaré describirla —dijo Hugo sonrojándose—.

Sus cabellos son como serpientes de color caoba que se enroscan sobre sí mismas.

Tiene unos ojos dulces como la miel y su rostro es duro, firme, severo, pero, a la vez, tierno.

Podría quemar el mundo con su ceño fruncido o iluminarlo con su sonrisa.

Tiene pecas en la cara, pero son tan bellas como las estrellas que pueblan el firmamento.

Viste como las demás, pero a ella le sienta diferente, como si sus vestidos hubieran sido tejidos expresamente para su cuerpo.

Y tiene la voz aguda, con un punto de autoridad que evoca a una madre, pero no a la propia madre, sino a la madre que quisieras para tus hijos.

Rose se sorprendió ante la bella descripción de su hijo.

—Un par de clases de filología y ya eres todo un poeta.

Hugo hizo una pequeña reverencia y saludó como haría un actor al terminar una obra de teatro.

—Es el amor el que habla a través de mí.

— Mon petit amoureux —dijo Rose sonriente—. ¿Ya has hablado con ella?

Hugo agachó la cabeza y, por primera vez, Rose vio miedo en el rostro de su hijo.

—No… no me atrevo.

—¡Hugo! —exclamó Rose golpeando la mesa—. ¡¿Ni siquiera has hablado con ella?!

—¡No es mi culpa! Cuando entró en clase por primera vez pensé que se sentaría a mí lado. —Hugo hizo una pausa y su semblante se enfureció—. Pero ese condenado de William Seymour, cuyo padre es marqués de no sé qué sitio…

—Todos en esa institución son hijos de duques, marqueses, condes o barones. La excepción eres tú.

Hugo se encogió de hombros.

—A la hora del fornicio todos somos iguales, no importan sus títulos, puesto que todos acaban en el mismo burdel de Londres, o sea en el tuyo.

— Touché —respondió Rose—. Continúa, me hablabas del hijo de Henry Seymour.

—¿Conoces a los Seymour? —Hugo no le dio tiempo a responder a su madre—.

¡Bah, qué pregunta más tonta! ¡Tú los conoces a todos!

—Hugo se acomodó en su asiento y siguió—.

Emma tenía que haberse sentado conmigo, ya que era el único asiento libre.

Pero el condenado de Seymour empujó a su compañero para dejar libre el asiento a su lado.

Y su escuálido compañero vino a sentarse conmigo.

—Hugo golpeó la mesa con furia—. Y yo tuve que presenciar cómo ese malnacido parloteaba con ella.

Rose suspiró. Su instinto le decía que su hijo acabaría armando alguna trifulca y que ella no podría impedirlo.

Si la historia traía alguna enseñanza era que se habían librado cruentas y sangrientas guerras por amor.

Además, Hugo llevaba años y años acumulando rabia en su interior, esperando el momento adecuado para liberarla.

Y él no iría a ninguna guerra, no tendría la posibilidad de desfogarse matando a gente que no le había hecho nada; no, Hugo buscaría su propia batalla, una en la que estuviera en juego el amor de una hermosa joven.

—Hugo, has de contemplar la posibilidad de que esa joven no esté interesada en ti…

Hugo negó con la cabeza.

—Ella se sentó justo en la fila de delante y en varias ocasiones la pillé mirando hacia atrás.

—Hugo alzó la mano para indicar que no había terminado—.

Sé cómo suena, y sé lo que me vas a decir.

Pero los siguientes días han sido iguales, ella se sienta siempre delante de mí.

Y hay clases en las que varias chicas se sientan solas, ella podría cambiar su asiento e irse con Ada Berkeley, Dorothy Stewart, Margaret Howard o Sarah Campbell.

Pero no lo hace, se sigue sentando con William.

—Quizá le guste William…

Hugo negó con el dedo y una siniestra sonrisa.

—No, no, no. Ella se sienta ahí para estar cerca de mí.

—Si tú lo dices… ¿Has hecho algún amigo? ¿O tu única motivación es poder decirle a esa joven tu nombre?

Hugo rio de forma irónica.

—Sí, un tal John North, no es mal tipo. Ahora nos sentamos juntos y él sí cree que le gusto a Emma.

—Si de verdad amas a esa joven… —Hugo asintió con presteza—, puedo ayudarte con algunos consejos.

Sabes que conozco bien a las mujeres. —Rose se levantó de la mesa y comenzó a recoger toda la cocina—.

Primero, no te presentes ante ella, veamos si es verdad que ella tiene interés en ti.

Deja que encuentre la excusa para saludarte.

Después, fortalece tu vínculo con el chaval de los North, su padre está bien relacionado con la nobleza.

Es probable que den alguna fiesta o bailes para afianzar sus relaciones, y a esos bailes irá la joven y soltera Remington, pero también irá su fiel amigo Hugo Belrose.

Y tú, hijo mío, puede que seas un poco tímido en la facultad, pero en lo relativo a bailes, jarana y libertinaje, ahí te mueves como pez en el agua.

Hugo se reclinó en la silla, estirando los tirantes con una expresión radiante de felicidad, hasta que Rose se la quitó de un plumazo.

—Y una última cosa…, no olvides a Juana. Ella te ama y sufrirá mucho si se entera de todo esto. Por ahora, mantenlo en secreto, y, sí algún día decides que tu corazón le pertenece a Emma y no a ella, yo hablaré con Juana y la haré entrar en razón.

Hugo asintió.

—¿Qué tienes pensado hacer hoy? —preguntó Hugo.

—Tenía pensado ir al teatro, ¿te apetece venir?

— Hamlet y Macbeth me gustaron mucho. ¿Qué obra vas a ver?

Rose sonrió, sabiendo que la obra en cuestión le venía como anillo al dedo a su hijo.

— Romeo y Julieta —contestó Rose.