Te odio: La reina del burdel de Londres 1
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La clase de filosofía estaba durando tanto como había durado el Imperio romano.

Hugo luchaba como un hispano contra el peso de sus párpados.

Sabía que Belrose había peleado duro para hacerle un hueco en la universidad y comprendía lo caro que era aquel sitio; además, también entendía que la prosperidad de su nueva familia dependía de su rendimiento académico.

La tabla que servía de asiento era tan dura como el discurso que estaba dando James Percival, el profesor de filosofía; de aspecto alocado, buen porte, rostro duro y cabello despeinado, estaba dando tal sermón que habría aburrido hasta a un cura.

Con la barbilla acomodada en la palma de la mano y usando el codo como soporte, Hugo intentaba, perezoso y desganado, prestar atención a aquel señor. Suspiraba y miraba de forma intermitente a derecha e izquierda en busca de distracciones, pero no encontró nada destacable.

A Hugo Belrose le habían colocado en una isla de la clase, alejado de los verdaderos estudiantes aristócratas cuyos padres ya se conocían antes de que sus vástagos hubieran venido a este cruel mundo.

Los compañeros de clase de Hugo parecían haber salido de una fábrica industrial.

Todos vestían igual, llevaban el mismo peinado, hablaban y actuaban igual.

Luego estaban las chicas; Hugo estaba acostumbrado a ver un desfile de hermosura y carne cada día, pero allí solo veía faldas largas y recatadas mujeres.

Sandman estaba a punto de rociarle su arena mágica a Hugo cuando un golpe en la puerta lo espantó. El señor Percival paró su monótono discurso sobre Aristóteles y se dirigió a la puerta con la misma intensidad con la que entonaba los sermones.

La fortuita interrupción resultó ser la de una alumna que se había quedado dormida, por lo que había llegado tarde al primer día de clase.

Mientras el profesor revisaba la documentación de la joven, esta no paraba de disculparse hasta que el señor Percival acabó de revisarlo todo.

Entonces la joven de voz melosa entró en el aula, y Hugo despertó.

Hugo no solo despertó de su aletargado vaivén entre sueño y realidad, sino que estimuló aquello que llevaba dormido en su corazón desde el día en el que nació; irrumpió el amor que impregna el alma de cada ser humano.

Aquel era el sentimiento que llevaba años clamando a gritos salir; su corazón por fin había empezado a latir como laten los corazones enamorados.

La joven fue presentada como Emma Remington y, desde aquel día, dicho nombre resonó en todos los pensamientos de Hugo; ya no le importaba nada más en su vida, salvo aquella chica.

Hugo dejó de verse como el protagonista de su historia, él ya no era dueño de su destino.

Ahora veía la realidad que tan oculta había estado a sus ojos desprovistos de verdadero amor. Ahora entendía el propósito de la vida.

Sus pensamientos, sus actos, su alma y su existencia pertenecían ahora a esa mujer desconocida que, sin embargo, podría destruirlo todo; y a él no le importaría que lo hiciera, pues su destino era amarla mientras ella viviera.