Te odio: La reina del burdel de Londres 6
35%

6

La facultad emergía ante el ceño fruncido de Hugo; aunque más ceñudo era el rostro del guardia con complejo de militar que cortaba el paso al joven de tez tostada. Llevaba un casco picudo y apretado junto con un chaleco escarlata repleto de botones dorados.

—¡Buenos días, señor!

El guardia le dedicó una mirada de desprecio a Hugo para, seguidamente, ignorarlo mientras se acariciaba el espeso mostacho que le adornaba la narizota.

—¿Señor?

—¡Largo de aquí! —bufó el guardia sin perder su compostura—. Esta es una institución decente y prestigiosa en la que…

Hugo no tenía paciencia para el clásico sermón de que él no era apto para estar en determinado sitio o acudir a determinado acto social.

Entregó la carta al guardia y esperó hasta que los ojos de aquel representante de la ley se abrieran de par en par.

El guardia leyó la carta al menos tres veces, miraba a Hugo y luego volvía a escrutar la carta.

—Debe de haber algún error… —murmuró.

—¡Sí, que usted debería frecuentar menos los fumaderos de East End! ¡Déjeme pasar, maldito paleto! —comentó Hugo al ver la palidez del hombre, sus labios azulados y sus uñas moradas.

El guardia desafió con la mirada a aquel joven, luego le devolvió la carta y, acto seguido, le dejó pasar. Hugo asintió y siguió su camino hasta toparse con el jardín que rodeaba aquel enorme edificio.

Esculpido en mármol blanco, la estructura disponía de tres plantas.

La fachada estaba plagada de ventanas, tantas como meretrices tenía el burdel de la madame .

Un enorme porche señalaba la entrada; dos grandes columnas, repletas de inscripciones en una lengua desconocida para Hugo, protegían la puerta.

Según se fue acercando, pudo observar que los extremos del ancho edificio sobresalían hacia el jardín como si fueran dos torretas de un castillo.

De pronto, comenzó a sentir una profunda sensación de rechazo con cada paso que daba.

Aunque ese pensamiento se esfumó en cuanto lo llevaron ante el decano, el señor Thomas Berkeley, de espeso bigote, con poco pelo en la cabeza, ataviado con una casaca negra, camisa blanca de algodón, chaleco granate y un plastrón azulado.

Aquel hombre también era conocido como Mosley, y puede que el hombre jamás hubiera visto al zagal de Belrose, pero Hugo conocía a todos los clientes que visitaban su burdel.

—Buenos días, joven —carraspeó Thomas—. Tengo mucha prisa, así que zanjemos este asunto de una vez, ¿qué haces en mi institución?

Hugo se quitó la boina, tomó asiento y le entregó la carta. El decano volvió a leer la carta, haciendo lo mismo que el guardia y, entre lectura y mirada, Hugo decidió darle un empujón a su situación.

—Aparte de la carta tengo también un mensaje para usted —dijo sin darse importancia—. Es de madame Roux.

Berkeley paró de leer de inmediato, en parte porque no podía apartar los ojos de Hugo, y en parte porque el temblor de su mano le impedía sujetar la carta con firmeza.

Madame Roux no era otra que Magda, que se había convertido en la cara visible del burdel. Eso le había permitido a madame Belrose permanecer en la sombra, como una verdadera aristócrata.

Todo el mundo hablaba del burdel de Roux y la mayoría suponía que ella era la que mandaba. Pero un reducido grupo de personas, las más selectas, sabían la verdad. Sabían que Belrose era la jefa y que no era sensato enfadarla.

Hugo había adoptado el apellido de Belrose y esto le abría puertas. La carta también ayudaba, ya que Rufus alardeaba siempre de estar bien posicionado y, además, estaba la oscura influencia de madame Roux.

—¿Cono… conoces a madame Roux?

—Claro, fue mi institutriz —contestó Hugo sin pensar, ya que es como mejor se miente—. Ella trabajaba para mi madre, hasta que decidió montar su negocio.

Thomas tragó saliva.

—¿Tú… conoces su negocio?

—¡Oh, claro! He estado allí muchas veces. Todo Londres habla maravillas del hotel de mi tita Magda.

El nombre de Magda disipó las dudas del señor Thomas, ya que pocos conocían el nombre real de madame Roux.

—Señor Hugo Belrose, tiene usted buenos contactos, no hay duda de eso… y, además el contenido de la carta es indiscutible. Yo no… no osaría discutir con lord…

Hugo se cansó del parloteo del rector.

—¿Cuándo empiezo, Tom? —preguntó estrechando la mano de Thomas con agitación.

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Thomas—. ¿Al menos sabrá leer y escribir?

Hugo se llevó una mano al pecho en señal de haberse sentido enormemente ofendido ante aquella pregunta.

—¡Ha de saber usted que no solo sé leer y escribir, sino que he recibido una más que satisfactoria educación por parte de mi antigua institutriz y de mi madre! Además, ¡estudié en un colegio católico!

Aquello pareció aliviar el tembleque y la palidez de Thomas.

—Menos mal —murmuró el rector—. Pero le advierto, aquí usted estudiará latín, matemáticas, filología, filosofía, historia y ciencias naturales. Sin dejar de lado las leyes y la política, por supuesto.

—¡No esperaba menos de una institución de tal prestigio como la vuestra!

Thomas suspiró, cogió su pluma y garabateó algo en un papel que entregó a Hugo.

—Aquí tiene una lista con todo lo que va a necesitar. Las clases comienzan el lunes veinticinco de septiembre. Sea puntual —gruñó el rector.

Hugo asintió con una enorme sonrisa, pues era, de forma oficial, un universitario.