Te odio: La reina del burdel de Londres 4
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Hugo se paseaba por Archer Street como si fuera el hijo de la mismísima reina Victoria. Vestido con un elegante traje oscuro y una larga levita negra atraía las miradas de las jóvenes damas que por allí deambulaban.

Una sonrisa habría asomado por su rostro cuando una joven, con un vestido pomposo cuyos colores desentonaban más que un día soleado en Londres, comenzó a cuchichear con sus compañeras mientras le dedicaban sendas miradas; pero Hugo había aprendido a diferenciar los halagos de los prejuicios, y su piel tostada atraía tantas miradas como su hermoso rostro.

Hugo se acercó a la dama y, con un suave gesto, inclinó su boina a modo de reverencia hacia ella. La joven, con los ojos palpitantes, se ruborizó y desvió la mirada. Hugo sonrió y continuó su camino: le encantaba flirtear con desconocidas.

Tras unos años trabajando en el burdel de la madame, Hugo había aprendido bastantes cosas sobre las mujeres. Su corazón era propiedad de Juana, y Hugo lo sabía, pero también conocía la sensación de alborozo que sentía cuando provocaba una sonrisa en el hermoso rostro de una joven desconocida.

La relación entre Hugo y Juana había avanzado mucho, sobre todo en el ámbito más íntimo.

Si bien Juana no trabajaba de forma activa en el burdel, conocía a todas y cada una de las meretrices, que la habían versado en el arte del amor.

Hugo había bebido de aquel néctar fogoso, se había empapado hasta hartarse de él y, aun así, sentía que faltaba algo entre ellos dos, algo que no podía definir, pero que tampoco podía encontrar.

Hugo necesitaba vomitar aquellos sentimientos dudosos, y solo había una persona en la que él confiase tanto como para abrirse en canal y desnudar su corazón: su fingida madre.

Belrose le había escuchado y, además, le había entendido.

Rose Fèvre era una persona veraz que no se andaba con ambages y, al escuchar las dudas de Hugo, le había brindado una solución, aunque tan dura como la vida misma: yacer con otra mujer.

Hugo no estaba dispuesto a hacerle eso a Juana, daba igual lo que se rumorease a sus espaldas, daba igual lo que algunos le llamaran.

Hugo confiaba en Juana, y sabía que ella no ejercía en el burdel; no podía romper ese lazo de confianza solo para estar seguro de que Juana era la mujer de su vida.

Ambos compartían el mismo pasado, ambos habían escapado y continuado sus aventuras juntos.

Disfrutaban el uno del otro en la calidez de las sábanas.

¿Acaso necesitaba algo más para estar seguro?