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El traqueteo de un carro tirado por un caballo blanco llamó la atención de Hugo. El cochero añadió al griterío el chasquido de su látigo; el caballo relinchó, pero también paró en seco.
Un oscuro sombrero de copa ocultaba los ojos de aquel hombre y, además, se podía apreciar por su nerviosismo que no se sentía a gusto en aquellas calles abarrotadas e inmundas; pero si el cochero no estaba cómodo, menos debía de estarlo la persona del interior del carruaje.
Oculto bajo unas telas negras, a juego con todo el carro, estaba el objetivo de Hugo.
Un hombre muy importante, demasiado como para dejarse ver por aquellos lares, y menos en compañía del pipiolo sagaz de madame Belrose.
Hugo no sabía su nombre real, ya que nadie solía usarlo en el burdel, la mayoría tenía un apodo y aquel hombre era conocido como Rufus.
Un guante blanco asomó por la ventana del carruaje y, entre los dedos, despuntaba una pulcra carta con un sello rojo estampado en ella. La voz, dura y desdeñosa, atravesó la ventana y llegó a los oídos de Hugo.
—En la entrada verás a un guardia. Él preferiría la muerte a verte entrar en tan distinguida institución…
pero tú eres un jovencito con demasiada suerte…
, así que aquí tienes. Con esto nadie te hará preguntas, pero te lo advierto: no me hago responsable de lo que te pase.
No tengo nada que ver contigo, mi nombre y el tuyo jamás aparecerán juntos en esta vida.
Así que aprovecha esta oportunidad y no me causes problemas.
Hugo cogió la carta con una abultada sonrisa.
—¡Pero bueno, Rufus, mira que eres estirado por el día! —replicó Hugo estrechándole con fuerza la mano—. ¡Te voy a dar un buen apretón de orejas cuando te vea esta noche!
—¡Insolente criajo! —vociferó desde el interior Rufus—. ¡George, aprieta el paso, quiero salir con premura de esta cloaca infecta!
—¡Sí, señor! —respondió el cochero de manera automática.
El carruaje se perdió de vista al final de aquella calle sembrada de boñigas de caballo y Hugo se escondió la carta en uno de sus innumerables bolsillos.