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Apoyado con la espalda en una pared y con la cabeza oculta bajo su inseparable boina, Hugo esperaba a su contacto.
Para matar el tiempo se había llevado su último ejemplar de Household Words.
Hugo no conocía la revista hasta que un día conoció al director en el burdel; este se la dejó olvidada en una butaca y Hugo se enganchó de inmediato.
Había aprendido a leer en el orfanato y, aunque allí tuvo que leer libros católicos como La Santa Biblia, era un entretenimiento que le agradaba.
Además, madame Belrose era una gran defensora de la educación y la lectura, por lo que obligaba a Hugo a leer todos los días para que, según ella, no se le pudrieran los sesos.
Hugo perdió el hilo de la lectura: la voz de la madame le resonaba en la cabeza.
Belrose le había hablado con tono serio esa misma mañana.
Por lo visto, aquella tarea era de vital importancia para el futuro de la familia, incluso le había instado a que se presentara como Hugh, en lugar de como Hugo, cosa que ignoró por completo.
Hugo sentía que adoptar un nombre inglés era un órdago hacia un cambio irreversible en su persona.
Aquello sería una traición a sus raíces españolas y, aunque él no dispusiera de un linaje venerable, se sentía profundamente orgulloso de ser quién era y de lo que había tenido que hacer para sobrevivir.
Hugo Salamanca no había nacido en Londres, sino en los resquicios de un malvado orfanato; la picaresca y astucia que Hugo había aprendido allí le habían conducido hasta Londres, un lugar igual de inhóspito que el orfanato.
Hugo podía sobrevivir allí; Hugh, no.