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Piccadilly Circus rebosaba de gente. Tanta muchedumbre habría hecho palidecer al petit Hugo, pero aquel joven había muerto y, en su lugar, había renacido un hombre.
Habían pasado seis años desde la huida de Hugo y Juana de la Casa del Amor. Corría el año mil ochocientos cincuenta y cuatro y Hugo vivía ahora en la capital del mundo, en la moderna Babilonia.
Londres estaba anegada de gente, aunque poseía algo más cuantioso que sus infinitos transeúntes: los excrementos. Incalculables heces y desechos se vertían cada día en la calle. Londres olía a mierda; una hedionda pestilencia que impregnaba las fosas nasales y quitaba cualquier atisbo de apetito.
Hugo estaba casado con Londres, había días en los que detestaba la ciudad y no pensaba en otra cosa que en largarse de allí para no volver jamás, pero también había días en los que la lluvia rutinaria le calentaba y la niebla lo amparaba como una amante borracha.
Era en aquellos días cuando el pícaro salmantino sentía un destello de ilusión capaz de disipar las tinieblas de las calles empedradas, cada vez que observaba con la boca abierta una gran construcción de algún nuevo edificio.
Vivía en la zahúrda más importante del mundo, pero había aprendido que lo que le hacía a uno feliz no dependía de la celda donde este guardase sus sueños, sino que era el hecho de tener la llave de la puerta, para así poder soñar con libertad.
El murmullo de la barahúnda que emergía de la plaza circular de Piccadilly sacó a Hugo de sus pensamientos. Una palabra se repetía y resonaba por encima de las demás: cholera .
En la última semana, una epidemia de cólera había infestado Broad Street.
Aquella calle pertenecía al Soho, el barrio en el que vivía Hugo.
El cólera había barrido medio Soho y, aunque la gente estaba asustada, la mayor preocupación de Hugo no era la salud, sino el negocio.
El doctor Snow había acudido al burdel de Belrose y les había asegurado a todos que estaban sanos, por lo que la madame había mandado a todos de vuelta al trabajo con efecto inmediato.
Hugo resopló, harto del murmullo inglés que le punzaba en los oídos de forma constante día tras día.
A Hugo le había costado más que a los demás aprender inglés, había algo en aquel idioma que le enfurecía en lo más hondo de su ser.
Era una lengua sin pasión, cuyas palabras no alcanzaban a expresar los verdaderos sentimientos del corazón.
Siempre que podía, Hugo conversaba en castellano, pero la madame le había prohibido hacerlo en público.
Juana había cambiado de nombre y ahora se hacía llamar Jane.
A los chicos se les consideraba hermanos e hijos de Rose Fèvre.
La hermana de Rose era Magda, la que, además, había acogido como sus hijas a Mary, Annie, Elizabeth y Katherine.
Juntas, aquellas ocho personas formaban ahora una gran familia que regentaba una fastuosa mancebía.
El burdel que Belrose había montado se había convertido en el más lujoso, deseado y emblemático de todo Londres.
Lo había llamado, de forma irónica para Hugo, La maison de l’amour , y allí acudían las personalidades más distinguidas de Londres: políticos, aristócratas y caballeros de toda suerte.
La sala del Harem, como ya la llamaba todo el mundo, era tan famosa, privilegiada y codiciada que hasta se había visto allí a gente de la realeza.
Se decía que, después de pasar una noche allí, se tardaba por lo menos un mes en volver al burdel.
El lupanar se encontraba en pleno corazón de Golden Square, en un enorme edificio de cuatro plantas que relegaba al estatus de cuadra a cualquier otro burdel del área del Soho, e incluso de todo Londres.
Hugo era una meretriz más en aquella nueva Sodoma, una que trabajaba por y para los intereses del lupanar, aunque solo aceptaba órdenes directas de Belrose.
Rose Belrose, que era como se hacía llamar ahora la madame, tenía una grandísima influencia en la ciudad, ya que como viuda negra que era, había tejido una enorme telaraña capaz de atrapar a las moscas más grandes.
Gracias a sus tejemanejes, Hugo había sido admitido en una selecta universidad de Londres: el Manchester College .
Ahora, la tarea de Hugo era, simplemente, ascender en la escala social, llegar a político y proteger el negocio familiar.